Rafael Lapesa (1908-2001)

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El 21 de marzo de 1954 el poeta Vicente Aleixandre leyó ante la Real Academia Española el discurso de recepción que Dámaso Alonso —que no pudo asistir a la ceremonia— había preparado para darle a Rafael Lapesa la bienvenida a esa institución. Alonso cerraba su discurso con un recuerdo del nuevo académico y de su tocayo de apellido, Amado Alonso. Éste, en trance de agonía, le encargó a aquél nada menos que el manuscrito de su obra inconclusa sobre la historia de la pronunciación española, y Lapesa concluyó el libro. De la pronunciación medieval a la moderna en español lleva el subtítulo "Ultimado y dispuesto para la imprenta por Rafael Lapesa". Admirable historia, pues el joven filólogo en realidad completó la enorme tarea de erudición de Amado Alonso con su propio saber lingüístico e histórico.
     Rafael Lapesa provenía, como otros profesores, autores e investigadores —no muchos, pero eminentes, como el propio Dámaso Alonso—, del tronco filológico de Ramón Menéndez Pidal y por lo tanto de los primeros estudios científicos modernos de la lengua española. Su obra es una de las ramas más fecundas de ese tronco.
     Apenas hay en el mundo un estudiante universitario de literatura y lengua españolas que no conozca su nombre. Pocos, sin embargo, debido a la rigidez y la obligatoriedad de la enseñanza, son capaces de disfrutar las excelencias intelectuales y estilísticas —que acompañan, trabadas con armonía, sus aciertos científicos— de su libro más conocido.
     Una amiga mía, la editora española Ana Franco, fue discípula de Lapesa en Madrid, en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense. Al día siguiente de la muerte de su maestro, ocurrida el 1 de febrero de 2001, ella me contaba cómo Lapesa corregía cuidadosamente los trabajos de sus alumnos, con pequeñas explicaciones —a manera de glosas— redactadas al margen con una letra menuda y legible, acerca de todo tipo de temas (cómo se hace una nota de pie de página, pormenores lingüísticos, explicaciones de detalle). En su artículo sobre Lapesa (El País, 2 de febrero de 2001), Manuel Seco cuenta algo semejante. Mi amiga estaba desconsolada: Lapesa significaba mucho para tantos estudiantes de literatura en España, como ella misma, y aun fuera de ella. Nos dimos el pésame mutuamente.
     Los artículos de El País acerca de Lapesa estaban firmados por Manuel Seco, Francisco Rico, Fernando Lázaro Carreter y Víctor García de la Concha, este último director de la Real Academia Española. Todos ellos dieron un testimonio doble: de admiración por el sabio y erudito, de reconocimiento a un hombre generoso. García de la Concha citó una carta de 1937 de Lapesa a Menéndez Pidal en la que aquél le cuenta a su mentor lo sucedido con los acervos del Centro de Estudios Históricos en plena Guerra Civil Española: "Cuando los brutales bombardeos de la aviación suponían un riesgo para los trabajos del Centro recogí […] todos los ficheros y originales que corrían más peligro. Vamos viviendo, convenientemente adelgazados, con buen ánimo para soportar todo lo que se nos venga encima. Yo tengo la suerte de poder abstraerme enfrascándome en el trabajo, aunque me es imposible leer con tranquilidad".
     A principios de los años setenta, luego de asistir a la Facultad de Filosofía y Letras como alumno muy irregular —de tres diferentes carreras—, mi vida universitaria oficial tocó a su fin en Letras Españolas. Ahí me tocó leer la Historia de la lengua española de Lapesa, por la que pasé como quien lee una novela. No puse el cuidado debido para entender como se debe, por ejemplo, los fenómenos de cambio lingüístico de la yod, que él tan bien explicaba en aquellas páginas. Con su Historia, yo más bien me demoraba en los pasajes literarios. Tengo en mi pequeña biblioteca doméstica dos ediciones de esa obra: la cuarta (1959, corregida y aumentada) y la séptima (1968, igual a la anterior, en un formato un poco más pequeño); ésta la compré no hace muchos meses en una librería de viejo. También en una librería de viejo compré su deliciosa colección de ensayos histórico-literarios titulada De la Edad Media a nuestros días (1982); a este libro le faltaba medio pliego, pero no descansé hasta que un amigo, el joven hispanista Pablo Lombó, me consiguió, en fotocopias, las páginas faltantes, sobre el "insigne fantaseador" (María Rosa Lida) y protonotario de los Reyes Católicos, Juan de Lucena.
     Lapesa escribió muchísimo más que esto, desde luego: decenas de libros, artículos eruditos y especializados, ensayos. Su Historia de la lengua española constituye un clásico; la primera edición es de 1942, de cuando Lapesa tenía 34 años de edad. La comenzó a redactar en plena Guerra Civil, cuando alfabetizaba milicianos de la República. Alternar esas tareas significaba para él, en sus propias palabras, "hacer algo por la España de todos".
     El martes de la semana misma en que murió en Madrid, fui a la biblioteca de la Facultad a estudiar su libro sobre Garcilaso, que nunca he podido conseguir y que siempre he leído de esa manera: en bibliotecas universitarias. Me pasé una tarde estupenda, tomando notas, leyendo y releyendo la prosa diáfana de Lapesa. (Algo similar nos ocurrió a mi esposa y a mí cuando falleció Emilio García Gómez, el gran arabista español: la noche en que murió estuvimos hablando de él hasta la madrugada).
     En algún momento de las semanas en que escribí un artículo sobre las justas deportivas de las Soledades gongorinas (aparecido en Letras Libres, en septiembre de 2000), me hubiera gustado ocuparme de la comparación entre Cervantes y Góngora que Lapesa examinó con sabiduría: en el Persiles cervantino (libro i, capítulo xxii) hay unos juegos "olímpicos" como los del poema de don Luis; pero ya no hubo espacio ni tiempo.
     Dos días después de mi lectura garcilasiana de Rafael Lapesa en la Ciudad Universitaria, él se extinguía, dormido, nonagenario, en su casa del barrio madrileño de Moncloa. Había nacido en Valencia en 1908. –