¿Será mejor el Zócalo del 2000?

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Desde estas páginas cuestionábamos la necesidad de un concurso para la remodelación del Zócalo, como a nivel doméstico uno podría cuestionar la prioridad de pintar el patio o rentar una moto antes de comprar un refrigerador. Proponemos ahora dar una vuelta por la exposición de los proyectos finalistas del concurso para el Zócalo, que tuvo lugar en el Museo de Arquitectura del Palacio de Bellas Artes.
     Quince proyectos seleccionados, entre los 180 presentados, por José Luis Cuevas, Andrés Lira, José Luis Martínez, y los arquitectos Carlos Ortega, Félix Sánchez y Eduardo Terrazas, pasaron a la final. El jurado, reunido en los últimos días de marzo, se complementó con Manuel DaCosta-Lobo, Fumihiko Maki y Rogelio Salmona.
     Excluyendo algunas propuestas —con fuentes surtidores, pirámides de cristal sobre el Templo Mayor y esquemáticos dibujos sobre el pavimento— que cuesta entender qué virtudes tuvieron para llegar a finalistas, se detectan algunas preguntas y respuestas comunes entre los participantes de esta última etapa. Quedará por saber si estas coincidencias proceden de unas bases de concurso que inducían a la mesura, o de las preferencias del primer jurado. Como preveíamos, los concursantes han vertido prudentemente sus ideas sobre este maravilloso vacío urbano, inundándolo, plantando árboles —jacarandas—, hallando sus ejes y enfatizando su carga simbólica
     Prácticamente todas las composiciones, más que propuestas o estrategias, restringen o anulan la circulación vial delante de Catedral y Palacio Nacional, canalizando la circulación procedente de la Avenida 20 de Noviembre por el lado derecho hasta la calle 5 de Mayo. En algunos casos, Madero se peatonaliza antes de llegar a la plaza.
     Casi todos compartimentan la intervención, bien sea con una doble franja arbolada al poniente o parcializando el frente de los lados de Catedral.
     El recurso obvio y casi siempre inútil de “dibujar” en planta un nuevo pavimento haciendo gala de composiciones geométricas espirales, áureas o reticulares está presente en buena parte de los proyectos. Eventualmente unos postes de iluminación, esferas, columnas o astas rigidizan la retícula de la plancha pavimentada en un banal intento por reordenar. Algunas propuestas alteran la horizontalidad de la placa pavimentada continua actual o inventan topografías arbitrarias.
     La relación con el Templo Mayor genera dos posiciones antagónicas: unos apuestan por la continuidad del plano de fachada existente y cubren o corrigen unas ruinas que no debieron perder su condición subterránea; otros abren los valiosos restos arqueológicos a la plaza lateral de la Catedral, generando un nuevo y digno acceso al Templo Mayor.
     Todos liberan la Catedral de su reja circundante, olvidando que se van a topar con la Iglesia, como ya ha sucedido.
     Entre los proyectos exhibidos cabe destacar, a pesar de su ingenua confianza en la tecnología, el de Miguel Hierro, Emanuel Ramírez y Diego Ricalde, por sus plataformas móviles capaces de adaptarse a los distintos usos posibles, que se desplazan o levantan. Es una de las pocas propuestas que no pierde la unidad visual actual, ya que no incorpora arbolado.
     La propuesta de Miguel Ángel Junco, Alejandro Hernández y Daniel López quizá sea la más poética de todas las seleccionadas, donde un espejo de agua variable según las horas del día sugiere una nueva y sutil topografía —similar a la del segundo premio, pero más coherente al unir agua y curvas de nivel— entre las recurridas jacarandas del lado poniente, la retícula del pavimento que se tridimensionaliza con lámparas y un Templo Mayor tapado en beneficio de la continuidad del plano de fachada.
     Teodoro González de León propuso lo que siempre dijo que se debía hacer en el Zócalo y que casi todos secundaron: repavimentación y doble hilera de jacarandas del lado poniente y alrededor de la Catedral. Este proyecto, que quedó en tercer lugar, redibuja el pavimento teniendo en cuenta las pautas compositivas de sus límites y las fachadas de los edificios circundantes, cerrando, además, el frente del Templo Mayor con una celosía que da continuidad tangente al plano de fachada. Un contundente trazo barroco, más obvio que necesario, une las puertas de Catedral, Ayuntamiento y Palacio Nacional, con un cambio de pavimento.
     La propuesta de Alberto Kalach, José María Buendía, Felipe Buendía, Patricio Lavalle, Adriana León y Armando Oliver quedó en segundo lugar. Sin perder la limpieza visual de la plaza, aparece todo el repertorio de jacarandas del lado poniente, leve modificación topográfica, punteado de nuevas luminarias sobre un dibujo del pavimento y acceso sumido al Templo Mayor. Se trata de una intervención mínima y exquisitamente arquitectónica desde la representación, la elección del mobiliario urbano y el diseño de los pocos elementos que se incorporan, como el puente-puerta al Templo Mayor y los espejos de agua que rememoran la antigua Acequia Real.
     El proyecto ganador, liderado por Ernesto Betancourt y Cecilia Cortés junto con Juan Carlos Tello (con la colaboración de Patricia Aguerrebere y un grupo de estudiantes del Taller Max Cetto de la UNAM), tiene como mayor virtud la sutileza de su intervención. Está estructurado a partir de las habituales jacarandas junto a unas columnas de veinte metros, circundantes a las fachadas sur y poniente, aptas para desplegar emblemas y luminarias festivas. Unos postes sonoros del lado nororiente acompañan el nuevo acceso sumido al Templo Mayor, en una serena composición. Un plano inclinado abocado al asta de la bandera patria y una plaza hundida separan la circulación vial de la plaza, física y visualmente.
     Queda cuestionar qué sigue. Si la remodelación del Zócalo sólo queda en unos fuegos de artificio que celebren efímeras coronaciones —las elecciones presidenciales del año 2000—, o, por el contrario, que la realización del proyecto ganador conlleve la recuperación del Centro Histórico y, sobre todo, el inicio de un proceso de participación e intervención de la ciudad que tenga en cuenta su condición megalopolitana.
     En cualquier caso, lejos de poder garantizar que el nuevo Zócalo mejore el maravilloso vacío urbano actual, este concurso habrá manifestado la capacidad de la arquitectura para desatar una enorme polémica ciudadana. –