Szyszlo: Antología Personal

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Fernando de Szyszlo ha usado más de medio siglo de su larga vida realizando lo que mejor sabe hacer: pintar sin descanso, casi como si estuviese cumpliendo una alta obligación moral o un secreto placer. Hace muchos años, sabiendo que sus jornadas de trabajo podían exceder las ocho horas diarias –no es raro que aún hoy siga haciéndolo a veces–, le pregunté si también pintaba los fines de semana; me contestó que como era lo que más le gustaba hacer, lo prefería a cualquier otra cosa. Esta rigurosa disciplina se basa en la idea de que cada cuadro es, a la vez, un intento fracasado y un acercamiento a la obra maestra, que, según Cyril Connolly, es la única justificación del ejercicio del arte.

He visto muchas exhibiciones de Szyszlo a lo largo de los años y en diferentes partes del mundo y tengo, como simple espectador, una idea bastante clara de cómo ha ido evolucionando en esa incansable o infinita búsqueda que cubre muchas formas y técnicas: óleos, acrílicos, gouaches, grabados, litografías, murales, esculturas en madera, metal o fibra de vidrio, etc. Entre todas ellas, la que ha presentado en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, organizada por su directora Paloma Porraz Fraser, es un conjunto en el que el artista parece haber alcanzado lo que tanto perseguía: todas son obras maestras. Se trata solo de veintiséis piezas que tienen un carácter de antología personal de su obra plástica dentro de un período que va de 1975 a 2011. Incluso el más neófito puede advertir que estas piezas ofrecen un juego de recurrencias casi rítmicas entre la reiteración obsesiva de ciertos motivos y una serie de sutiles variaciones que las proyectan en nuevas direcciones. Su lenguaje es esencialmente el de la abstracción moderna, cuyos grandes y sobrios trazos recuerdan los de Hartung, Soulages y Rothko, o a veces los de Tamayo. Pero esa semejanza remite a una muy lejana fuente de inspiración: la del arte del antiguo Perú, especialmente el de las culturas preincaicas de la costa, como Paracas, Nazca o Chancay. Estas culturas produjeron tejidos y ceramios de una asombrosa perfección, cuyas formas presentan altos grados de abstracción formal, combinaciones cromáticas y rigor geométrico que pueden ser tan modernos como una tela de Klee. El arte de Szyszlo tiende así un puente entre lo contemporáneo y lo ancestral, recordando un poco lo que hacía –con otros propósitos– el poeta y artista visual Jorge Eduardo Eielson, compañero suyo de generación que exploró los caminos que llevaban de lo “primitivo” a la vanguardia.

El toque personal que Szyszlo agrega a ese vasto legado estético es la creciente atmósfera sombría, trágica y luctuosa que domina en sus telas (tal vez el punto al que quería llegar su búsqueda, lo que puede estar aludido por el título de la muestra: “Elogio a las sombras”, con sus ecos borgianos), gracias al diálogo que entretejen las amplias áreas y manchas negras, rojas o moradas; el efecto que producen está subrayado por el severo acabado mate que tienen todas las piezas en la exhibición.

Dos palabras podrían sintetizar las cualidades de su pintura: intensidad y elegancia.

Aunque sean abstractos, sus trabajos tienen un sutil nivel autobiográfico (por supuesto, nada anecdótico) que recoge algunas de sus experiencias vitales, como la trágica muerte de su hijo Lorenzo, su deslumbramiento por los paisajes de la costa peruana o su paso por ciertos espacios y ambientes donde vivió y trabajó. Hay símbolos que el espectador va reconociendo en sus distintas transfiguraciones y que tienen connotaciones precolombinas: el garfio, el anillo dentado o con escoriaciones como el de una piel herida y, sobre todo, las solemnes siluetas totémicas que parecen vigilarnos desde la infinita dimensión de lo que está más allá de la muerte.

Todo está realizado con la extraordinaria sabiduría del impacto emocional que los colores generan cuando están liberados de las inmediatas connotaciones realistas y establecen un juego autónomo de tensiones, contrastes y disoluciones. Este mundo creador está fuertemente asociado con una profunda experiencia de lo poético, que Szyszlo ha sabido recoger y transformar a partir de sus intensas lecturas de la literatura universal, algunos de cuyos textos recuerda gracias a su notable memoria, y del inagotable deleite que la música de Mozart le produce como la única compañía que lo anima mientras trabaja.

El sustrato indígena al que las obras de Szyszlo hacen referencia explica títulos como “Puriq Runa” o “Puka Wamani”. Pero está muy lejos de ser un pintor “indigenista”; al contrario, representa un esfuerzo por superar el espíritu provinciano que suele estar asociado a esa tendencia en este continente y por representar nuestra herencia precolombina como parte de un legado universal con un valor perenne. Por eso no es estrictamente necesario que quien visite esta muestra sepa detalles de la génesis o antecedentes de las obras: puede sentir la pura y misteriosa seducción de enfrentarse a lo que es bello, sin atenuantes. ~