Teorema de Zaid

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Hace unos años Gabriel Zaid publicó una breve colección de poemas y versiones que tituló Sonetos y canciones (México, Ediciones El Tucán de Virginia), que da cuenta de su regreso a la poesía, por dos vías paralelas. Primero, como el título genérico anuncia, por el lado de la tradición (esto es, de los modelos elaborados por la escritura); y, segundo, por el lado de la interlocución, de la actualidad dialogada de la voz (es decir, de las entonaciones que actualiza el discurso). Pero tratándose de Zaid, de la agudeza de su talento crítico, ese afincamiento en la tradición del soneto le sirve para subvertir la forma tradicional, y no en vano los llama “sonetos en prosa“. Y, por otro lado, fiel a su búsqueda de una inmediatez del diálogo poético, la oralidad de la canción pasa por la traducción, por las versiones, a través de otros poetas, a cuyas canciones y coplas, se diría, les devuelve una palabra nuestra.
     De inmediato hay que decir que estos siete “sonetos en prosa“ son poemas de una concentración poco común, pero no porque sean herméticos sino por su peculiar intensidad, descontada de la tradición de plenitudes, propia del soneto; por el gusto, característico de Zaid, de las paradojas de sustracción. Y este es el eje poético de su sistemática (irónica y lúcida a un tiempo) puesta en crisis del principio de no contradicción. Leer a Zaid es disponerse a este sobresalto: todas las cartas están sobre la mesa, pero demuestra siempre el ligero absurdo, o el escándalo mayor, del contrasentido de las reglas previstas. Ya el primer poema se titula “Despedida“ y se declara “Contra la corriente“. Así, al volver a la poesía, Zaid nos espera con estos adioses, en el sentido contrario, y anunciando, además, que vuelve “para decirte no sé qué“.
     La ironía es parte, claro, del drama latente pero, sobre todo, de la intensidad que corroe la forma lógica del soneto con sus preguntas sin respuesta y sus declaraciones de no saber. No saber qué decir en el soneto, que supuestamente debe decirlo todo, es parte de esta vuelta al poema por vía negativa, por el rodeo autoirónico del espíritu paradójico. Esta desimetría es típica del ejercicio retórico de despojamiento que ha practicado Zaid, como si buscase poner en duda (en prosa) a la misma lógica poética (sobre todo su versión decidora dominante en la fecundidad sin sombras de tanta poesía). Y desde estas antítesis y antagonías, el poeta empieza, en efecto, a hablar su propio idioma. Se trata de un lenguaje a la vez severo y cernido, que enumera y figura con laconismo pero con flexibilidad. Su viva inquietud interna diversifica al poema y se plantea como una demostración secuencial, procesal, cuyo desarrollo tiene la agudeza de un teorema.
     Los otros sonetos en prosa, así, acumulan pruebas, documentan ejemplos, repasan figuras sintomáticas, para persuadirnos de su motivo y para demostrar, en sus propias evidencias, el carácter teoremático, por llamarlo así, de su lógica interna. “Te amo, eternidad/fugitiva“, concluye el soneto “Agua rizada“; pero en su propia demostración demanda: “Dichosa interrupción: detente“. El tiempo, nos dice otro soneto, está “suspendido, mientras no se demuestre lo contrario“. Lo contrario, en efecto, sería dado por el poema, por sus “Ráfagas crueles de lucidez“. La ironía, incluso la sátira, son el significado latente de estos ejercicios en la inversión de lo literal: “Ante el revuelo atronador, renace/ la gratitud furiosa/ en la demencia de las víctimas“. Estos poemas hablan con figuras no de decir más sino de decir menos, para decir con exactitud mayor las pérdidas del sentido. Zaid ha venido escribiendo una Comedia de la Modernidad, como quien desmonta el aparato retórico de nuestro tiempo con el mínimo pero durable fulgor de la chispa poética que generan las palabras para encender el fuego (perdido, pero cierto) de la tribu (cierta, aunque perdida).
     La poesía de Gabriel Zaid se cumple contra la corriente y en sentido contrario. Es, por eso, una pregunta por la poesía misma. Una suerte de anotación hacia el Poema extraviado entre los discursos que han terminado reemplazando a las palabras. En ese sentido posee una trama moral: declara que la indistinción del habla es una irresponsabilidad; y responde por el drama crítico de recobrar la palabra, por el consciente desamparo de nombrar (casi) en vano. Esta lucidez de Zaid despoja al objeto en la luz cenital del poema, y lo muestra en su forma desnuda, descarnada, ósea. Pero tampoco se demora en esas evidencias; convoca, más bien, con la agudeza del deseo, con la necesidad de la interlocución, con las demandas de la temporalidad, la posibilidad del instante revelador, de la fusión dichosa, de la inteligencia religadora. Sólo que el poema demuestra ese camino (teorema de otra lógica) y no busca reemplazarlo con la lírica, la figuración, la sustitución, con la retórica indulgente de la poesía al uso. Los milagros, parece decirnos, son posibles pero no están hechos de palabras: en último término la poesía, en efecto, pertenece a la vida; el poema es su demanda de plenitud, ese “no se qué/ de las horas felices“.
     Como acertijos grabados al margen de la poesía, los poemas de Zaid declaran que la verdad poética es un modo de hablar felizmente no previsto y, a veces, del todo imprevisto. Se podría decir que, tanto en su poesía como en sus ensayos, Zaid ha perfeccionado el ejercicio de la duda a nombre de la inteligencia mutua, esa claridad tan improbable como irrenunciable. –


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