Un caballo salvaje

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“Iraq necesita un líder fuerte. Este país es como un caballo salvaje: lo que necesita es un domador enérgico. Aunque Sadam [Hussein] haya podido cometer algunos errores, siempre es mejor tener un líder fuerte que uno débil.”
     Las líneas que siguen presuponen que vale la pena explorar un poco las consecuencias de este razonamiento. Se trata del viejo dilema entra anarquía y tiranía, que con claridad advirtió Carranza al abrir el Constituyente de Querétaro. Antes que otra cosa diré que, ante el atascadero donde se han metido en Iraq las tropas del imperio, he oído en labios de más de dos o tres ilustrados una versión u otra de este mismo argumento, que privilegia la tiranía frente a la anarquía violenta. Es decir, habría sido mejor no andar meneando y dejar Iraq como estaba, id est, en manos del dictador.
     Pero no todo mundo opina lo mismo. Gran parte de los entrevistados por el periodista Jon Lee Anderson del New Yorker, en su libro La caída de Bagdad (Anagrama, 2005), consideran insoportable la opresión caprichosa y tiránica de Hussein y estiman no sólo falso, sino éticamente incorrecto, el argumento a favor del hombre fuerte.
     “Pronto me di cuenta de que el razonamiento [que nos ocupa] venía a ser un aforismo de rigor entre los lacayos del régimen”, escribe Anderson.
     Afortunadamente, el libro de Anderson no es de teorías, o siquiera ideas; el libro es, ante todo, de personas, de vida diaria en la paz y en la tormenta de la guerra. Eso es lo que lo hace fascinante: comprobar que los humanos somos esencialmente iguales, pese a las diferencias étnicas y religiosas. La inmensa variedad de tipos e individuos que palpitan en sus páginas, en el momento del violento choque de dos culturas, es lo que le da excelencia a este gran reportaje.
     ¿La guerra debe evitarse a toda costa? Soy de la opinión de que sí, aun a costa de la tiranía de Hussein. Toda guerra tiene un lado absurdo y otro trágico, pero en esta de Iraq esos perfiles parecen hacerse más acusados: al tornarse más y más irreflexiva e inmotivada, la guerra se hace más trágica, más insoportable. Por ejemplo, la muerte violenta de decenas de miles de niños, mujeres, ancianos, hombres y mujeres, todos civiles, todos víctimas inocentes ¿de qué si no de la prisa y de la ambición?
     Siempre ha habido guerras y siempre ha habido pintores, pero el primero (quitando a Callot) y hasta ahora el único que ha testificado lo que vio en una guerra ha sido don Francisco de Goya. Ésa es la medida de su grandeza. Y qué manera de documentar. Goya es puntual, exacto, veraz. No es sentimental ni amarillista. Se diría que es neutro en su acerada crítica: todos los participantes se perfilan igualmente atroces. Y, sin embargo, qué fino es el arte de su aguafuerte, en qué forma tan delicada han envuelto su denuncia. Catorce años, de 1808 a 1822, le llevó la factura de los grabados, que abarcan, no sólo la guerra contra la ocupación francesa, sino la restauración de Fernando vii en el trono —el peor rey que ha tenido España, una verdadera bestia (sólo recordemos que trató de volver a imponer la Inquisición, disuelta ya por las Cortes de Cádiz).
     Dos años después de terminados los grabados, en 1824, al iniciarse la persecución contra los liberales, Goya, que era “afrancesado”, liberal, tuvo que salir al exilio en Burdeos, donde murió. Moratín, que estaba en Burdeos, lo describe en una carta: “Llegó [Goya] sordo, viejo, torpe y débil y sin saber una palabra de francés y sin traer un criado (que nadie más que él lo necesitaba) y tan contento y deseoso de ver mundo.”
     El pueblo en armas, decía mi abuelo que peleó en la Revolución, es invencible. Lo prueba que el ejército de Napoleón, invencible en Europa, se rompió los dientes ante el pueblo español (fue cuando nació la expresión “guerra de guerrillas”). Lo prueba también la espantosa guerra de Vietnam, y ahora las sublevaciones por la ocupación militar de Iraq que documenta maravillosamente Anderson en su libro.
     (En estos días, la serie completa de los aguafuertes Los desastres de la guerra de Goya puede ser vista, junto con otras muchas obras del mismo artista, en el munal, en la calle de Tacuba, frente al Caballito.) –