Un mundo viejo

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Kenzaburo Oé, Salto mortal, Barcelona, Seix Barral, 1994, 817 pp.

 
     Desesperación, religiosidad, mito, aislamiento, juventud, enfermedad, muerte son palabras clave en el universo narrativo de Kenzaburo Oé. No hay estratagema ni olvido que ayuden a silenciar sus voces inconfundibles y vehementes. Ahí están, como prueba de que la novela contemporánea —o periférica, como gusta llamarla el propio Kenzaburo Oé— debe plantearse sin tregua cuestiones que tendemos a considerar resueltas… o algo por el estilo. Reconocemos estas presencias, su absoluta libertad de movimientos, en cada novela de Kenzaburo Oé. Se diría que a cada una le ha tocado su parte, que cada una tuvo ya su oportunidad como solista, o acaso en un dúo. Con Salto mortal —el primer libro que Kenzaburo Oé ha publicado después de recibir el Premio Nobel en 1994, y cuya traducción al español nos llega cinco años después de la versión original—, las cosas han cambiado: ahora todas esas voces cantan a coro. ¿Qué cantan?: la ausencia, o quizá la derrota, de un orden sagrado.
     Estamos en Japón; fecha probable, la década de 1980: una secta religiosa, encabezada por dos individuos que se hacen llamar Guía y Patrón, se ha empeñado en proclamar la necesidad del arrepentimiento frente al hecho inminente de que el planeta camina sin obstáculos hacia su destrucción. Se supone que no hay punto de retorno, y se supone que la destrucción de la humanidad y la naturaleza incluyen a Dios, cuya totalidad se manifiesta en ambas por igual y en cuyo estado se reconocen los síntomas de un enfermo terminal. Y ocurre entonces que el ala radical de ese movimiento decide apresurar el holocausto con la toma de una central nuclear y una serie programada de actos terroristas. Es difícil discutir con los hijos, al menos con los hijos ideológicos. En un acto televisivo lleno de aparente contrición, Guía y Patrón denuncian los planes apocalípticos del ala radical y algo más, algo grande: su teología es una farsa, una payasada que ha llegado demasiado lejos. En eso consiste el salto mortal. La novela comienza justamente diez años después, cuando Guía y Patrón vuelven a la circulación, otra vez en plan de profetas y promotores del fin de los tiempos, aunque ahora representando el papel de viejos anticristos.
     Si sólo se tratara del fanatismo religioso y de la tentación del terrorismo, Salto mortal ocuparía un lugar privilegiado entre las novelas que “no desoyen los gritos de alarma de la actualidad”. Pero se trata en principio, y sobre todo, de Kenzaburo Oé; es decir, de la desesperación, el mito, el aislamiento, la juventud, la enfermedad, la muerte. Conviene avanzar con cautela: no es una suma, aunque sí un intento por demostrar la unidad de estas realidades visibles. Poner por escrito el divorcio entre la humanidad y lo sagrado presupone un acto de fidelidad. ¿A qué? A la tarea de comprender lo que significa vivir en sociedad, bajo las normas de un Estado y atento a la marcha del universo.
     Lo que vemos, sin embargo, es un vacío. Nada tiene de extraño, pues, que los personajes de Salto mortal despierten una enorme desconfianza. Pongamos el caso de Kizu. Maestro de artes plásticas y pintor de fama mundial, Kizu ha vuelto a Japón después de una residencia de casi veinte años en Estados Unidos. Enfermo de cáncer, quiere encontrarse consigo mismo a través del reencuentro con su propio país. Estimulado por el descubrimiento y la culminación erótica de su homosexualidad, y siguiendo los pasos del joven Ikúo, una suerte de Jonás que alienta la rebeldía, Kizu se incorpora de lleno a la secta renovada de Guía y Patrón. Su escepticismo, su distanciamiento parecen a punto de flaquear ante la sospecha de que su cáncer ha cedido a la intervención de un milagro. La figura de Patrón alienta mayores suspicacias. En una entrevista publicada por Página 12, de Argentina, Kenzaburo Oé se refiere a él como “el líder cero, el líder inactivo”: un farsante que, encima de todo, oculta con celo ¡una llaga en el costado! Diez años atrás —debemos confiar—, Patrón ha entrado en trance y ha comprehendido a Dios en su totalidad. Después del salto mortal sus aptitudes místicas lo han abandonado. Conserva, sin embargo, su poder de atracción; las multitudes que lo siguen en busca de una segunda oportunidad juzgan que su pereza es recogimiento y que su falta de voluntad es una disposición hacia los asuntos divinos. Qué decir de Guiador, intérprete de los mensajes que Patrón recibe en plenos arrebatos, torturado y asesinado por exponentes duros del ala radical y convertido en mártir a la luz de su sufrimiento. Y qué decir de todas esas mujeres que han cumplido tan bien con el cliché de abandonar y aun ceder sus posesiones, aguardando impacientes el llamado que anuncia la solución final. Suena a novela futurista. No lo es. La realidad, en el caso de Kenzaburo Oé, marca el rumbo de la ficción; en su memoria se mantiene fresco el recuerdo del ataque con gas sarín que la secta milenarista Shinrikyoo de Oom perpetró en el metro de Tokio, y por el que murieron más de cuatro mil personas.
     La atención de Kenzaburo Oé se proyecta, sin embargo, más allá de los destinos individuales (en este sentido, no debería sorprendernos que Salto mortal sea la primera novela en la que Kenzaburo Oé haya renunciado a los claroscuros y a las ambigüedades del tono autobiográfico). Se trata de Japón y, por qué no, de la humanidad; y, de modo más concentrado, de la crisis espiritual que debilita y doblega los cuerpos de Japón y de la humanidad entera. ¿A dónde apuntan entonces los movimientos religiosos que, sin el menor miramiento, ciegos ante la crítica y la inteligencia, lanzan sus energías hacia el suicidio colectivo, el terrorismo y la destrucción; a dónde apuntan si no a subvertir el significado de lo sagrado hasta reducirlo a una gran bufonada? Kenzaburo Oé pudo conformarse con esta visión desconsolada, pero prefirió añadir algunos signos prometedores. Al final de la novela, luego de que el líder de la secta y dos de sus fieles se inmolan frente a una multitud de seguidores en un acto lleno de espectacularidad y fosforescenciasteatrales, leemos las palabras serenas y luminosas que el pintor Kizu, ya derrotado por el cáncer, le dirige al joven Ikúo: “¿Qué tiene de malo … que no puedas oír … la voz de Dios? … ¿Para qué necesitas … la voz de Dios? Es mejor … que las personas … sean libres.” Uno se siente tentado a decir que esas palabras son la fuente principal de los trabajos de la imaginación, los empeños del pensamiento y el credo humanista de Kenzaburo Oé. No hay excusa para desoír su advertencia oculta: este mundo invernal tan nuestro necesita ya hombres nuevos. –