Ulises Culebro, ilustrador (2)

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“La imagen es mucho más rica, abierta y poderosa que la palabra”

Ulises Culebro es ilustrador, dibujante y artista, pero también es periodista, pues día a día deja plasmado su punto de vista sobre la realidad en el diario en el que trabaja en Madrid, El Mundo, al igual que lo hizo en La Jornada de México, en una trayectoria que ya lleva unos 25 años y que promete ser cada vez más prolífica, adentrándose en mundos como el del cómic. En la segunda y última parte de la entrevista nos habla principalmente de su profesión de ilustrador y comunicador.

¿Te consideras un periodista que utiliza los dibujos como soporte de su trabajo?

Siempre me he sentido periodista, desde el momento en que pisas una redacción y te pones a publicar, estás diciendo cosas, eres como un filtro ante la realidad y produces información que es leída masivamente, entonces es un trabajo periodístico.

Pero los ilustradores tienen más libertad para crear, ¿o no?

Tenemos herramientas menos controlables, y el beneficio de una interpretación más amplia, con lo cual podemos tocar de manera más irreverente ciertos temas que escritos podrían ser considerados ofensivos, lo cual no quiere decir que nuestro trabajo no ofenda ciertas susceptibilidades. Muchos trabajos para eso se hacen, para criticar y cuestionar. Me parece una ventaja que la imagen pueda ir más lejos todavía que un artículo muy profundo por la sencilla razón de que es un vehículo muy poderoso: necesitas muy pocos segundos para entender una imagen. Si se intenta decir lo mismo con palabras, probablemente el lector tenga que sentarse a leer un artículo muy largo para entender algo parecido a lo que dice la imagen. En el fondo decimos lo mismo que la gente que escribe pero aprovechándonos de que la imagen es mucho más rica, mucho más abierta, mucho más poderosa que la palabra. Se pueden trasmitir emociones, se puede tener una posición perfecta con respecto a lo que quieres decir, puedes hilar muy fino, puedes ser muy poético o muy estridente… Es una herramienta divertidísima.

¿Como se llevan, en tu trabajo actual, el artista y el profesional, el ilustrador y el editor?

Se llevan como pueden, es una relación imperfecta. Por ejemplo, acabo de terminar un trabajo que me ha costado bastante: ilustrar la carta del director del periódico que sale el domingo. Es un artículo muy largo que escribe cada semana, casi un ensayo. En este caso es una dura crítica a la legislatura del presidente Zapatero, y se basa en elementos económicos y políticos muy concretos. A pesar de mirarlo desde una barrera militante distinta –yo miro desde la izquierda–, es un texto terriblemente bueno. Para ese trabajo me planteé muchas cosas, y hubo un pequeño debate en la redacción en torno a por qué me tardaba tanto en entregar… Entonces salía la etiqueta del artista: “Es que el artista hasta que no termina su inspiración…”. Y es que llegar a una conclusión determinada en un trabajo visual es exactamente lo mismo que en un trabajo escrito. Es pensarlo mucho, desarrollarlo, y mi receta es hacer muchos bocetos, pensar muchas ideas y tener muchas dudas. Cuando ya lo tengo más o menos claro es cuando desarrollo el trabajo, y la idea es que quede como una ensalada fresca y crujiente, que parezca que lo has hecho en cinco minutos, porque el chiste es eso, que el resultado sea como una frase ingeniosa, espontánea, dicha con una imagen muy elocuente. Si consigues ese resultado, se obtiene la magia de una buena imagen: un discurso muy complejo que puede ser leído de manera muy fácil.

¿Alguna vez entró en colisión una idea tuya con la línea editorial del diario?

Es un conflicto permanente. Lo que pasa es que me he ganado el derecho a decir las cosas como las pienso. Casi siempre veo la producción de un mensaje visual como un problema a resolver, y cuando lo resuelvo y creo que está terminado, la única forma de modificarlo es cuando los argumentos que están en contra me convencen de que no está bien resuelto. No puede existir una discusión donde el argumento sea “No me gusta” o “Yo soy el jefe y por eso no sale”. Yo pienso en unos hechos, los interpreto y busco qué quiero decir. Si se trata de temas en donde hay una línea muy definida del periódico es más incomodo resolverlos, pero termino haciéndolo. He encontrado que en un periódico conservador hay la suficiente pluralidad como para poder entender un discurso totalmente diferente a lo que oficialmente se cree que es la línea editorial del diario.

¿Te suele pasar que alguien se sienta molesto por alguna ilustración tuya?

A lo largo de mi carrera he recibido reproches de todo tipo. He sido demandado en múltiples ocasiones en los tribunales por mi trabajo, y he ganado todas las demandas, porque casi todas han tenido que ver con casos de corrupción probados. Ha habido gente muy irritada, colectivos que se me han puesto en contra, algún alcalde de Madrid habría llamado airadamente para impedir que yo le “insultara” cuando lo único que estaba haciendo era retratarle más o menos como era, en México intentaron amenazarme o comprarme para que no dijera lo que decía… En el fondo me llena de orgullo sentir que aquellas personas que socialmente son más poderosas, o que se sienten más impunes, se han sentido muy incómodas con mi trabajo. Y me parece divertido.

¿Cómo te llevas con la publicidad?

Mi experiencia con la publicidad ha sido intermitente y poco satisfactoria. La publicidad se paga mucho mejor que la prensa, pero siempre tienes una gran pandilla de ejecutivos que quieren justificar su sueldo con el trabajo que tú estas haciendo, entonces es muy cansado estar lidiando con jovencitos cocainómanos para que te aprueben una idea, y que luego quieran hacerla suya o te la quieran cambiar. En el trabajo creativo hay que evitar que la solución de un problema se convierta en una asamblea, porque entonces se convierte en un Frankenstein de mucha gente que cree que piensa y es un desperdicio grande de recursos. Es como la industria discográfica: el 90 % del costo de conseguir un buen producto musical se lo lleva la gente que no lo produce, y muy poco se dedica al beneficio de los creadores. Entonces, me alejo de la publicidad porque es un arte de mentir que no me gusta. También he visto muchas ideas plasmadas por mí en periódicos que han sido convertidas en anuncios publicitarios: me he quemado la cabeza para resolver un problema de comunicación muy concreto y de pronto alguien ha considerado que esa idea valía dinero, me la ha copiado y la ha convertido en un anuncio. Por un lado me divierte, pero me lo tendrían que haber encargado a mí, porque me hubiera dado más dinero [risas].

Algunos dibujos tuyos parecerían tener influencia de un ilustrador argentino muy talentoso, Carlos Nine…

Pues mira, la primera vez que vi algo de Carlos Nine fue en México, cuando yo comenzaba, hace 25 años, en una revista que se llamaba Humor, y 22 años después, en una conferencia que fui a dar una universidad en Buenos Aires, conseguí su dirección y fui a visitarle. Es uno de los más importantes dibujantes vivos que hay en el mundo. Me encanta su trabajo, es un verdadero virtuoso del dibujo, y es un tipo extravagante y muy divertido. Vive aislado en la Argentina, se ha peleado con casi todos los argentinos y sólo publica con los franceses. Cuando lo hablaba con amigos españoles me decían: “Lo que pasa es que Carlos Nine es muy difícil para trabajar”. Yo he conseguido que trabaje conmigo en El Mundo desde aquella borrachera en su casa. Con los dibujantes argentinos siempre he tenido una relación de gran admiración. Hay un puñado de personas muy muy buenas: Fontanarrosa, Nine… Conocí a Mordillo, a Quino, gente muy interesante que a mí me ha influenciado. Crecí leyendo Mafalda… Recientemente he tenido una gratísima conversación con José Muñoz, del dueto Muñoz-Sampayo, que ha hecho unos álbumes extraordinarios. Tanto Nine como cierto grupo de dibujantes argentinos son una influencia importante en mi trabajo. Una de mis múltiples influencias.

¿Te gustaría hacer historietas?

Sí, me han ofrecido que haga cómic, y estoy deseando hacerlo. En estos años voy a empezar a hacer cosas que no he hecho en mucho tiempo: libros con recopilación de mis trabajos, algún cómic… hace días me ofrecieron hacer un libro infantil y pensé que el personaje ideal sería Herodes. El cómic tiene un elemento interesantísimo de provocación, y junta dos cosas que a mí me encantan: el discurso casi cinematográfico y una capacidad muy divertida de fabular verbalmente.

¿Cuál es tu opinión sobre la animación y las nuevas tecnologías?

Yo he crecido mirando las caricaturas de Tex Avery, que es contemporáneo de Walt Disney, pero un poco más duro. Cuentos de animación tradicional. Hace unos doce años estuve en el estudio de Don Bluth, en Irlanda, una gran empresa de cinco plantas con 250 trabajadores, haciendo grandes producciones de dibujos animados y me parecía muy interesante. De ese tiempo hasta ahora han evolucionado tanto los medios tecnológicos que ya no tienen nada que ver con el cine animado tradicional. Es interesantísimo, pero al mismo tiempo se convierte en una especie de posmodernidad de la técnica: la forma está empezando a sustituir al fondo. Te encuentras películas hermosamente producidas, con personajes sofisticadísimo; se ha conseguido un nivel de aplicación de texturas y de complejidad de movimientos tal que puedes inventarlo prácticamente todo, y al mismo tiempo las ideas y los guiones con los que se trabaja se quedan pobres. Acabo de ver la película Avatar y no deja de ser fascinante ese universo maravilloso, pero el guión se queda en una historia del buen salvaje, el hombre primitivo que viene a ser dominado por las grandes multinacionales. Seguimos viviendo los cuentos de Andersen pero con nueva tecnología. Creo que falta todavía un buen guionista, aunque hay casos como Tim Burton, que hace cosas muy interesantes donde el guión es casi tan potente como la producción de la animación.

– Feliciano Tisera

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