Una muerte encendida

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¿Por qué este soneto de Pellicer viene a mi memoria, destacándose sobre otros poemas del mismo autor?, ¿por qué mi memoria lo prefiere a los de otros poetas más esenciales para mí? Trataré de contestarme. Lo leí recientemente bajo el influjo de la luna diurna, es decir, en un terreno mestizo de la noche y el día. La luna llena se salía, en su sobrevida, de sus límites, desafiando con su vigor la autoridad solar. Llevando “el material de la noche”, iluminado, a pleno día. La luna femenina y nocturna restándole, sutilmente, su poderío al sol; poniendo la noche al lado del día, y no en forma sucesiva, después. Cuando observé tal fenómeno excéntrico, lo hice como si fuera la primera vez; mi madre estaba agonizando pero, más poderosa, clara y valiente que nunca, contemplaba la luna desde la cama, recordaba su vida y encaraba la muerte. Hice un poema dedicado a la luna diurna, se lo leí a mi madre, en él no hacía ninguna alusión a su situación. Un mes después, ya muerta mi madre, en un Vuelta antiguo, dedicado en parte a la reciente muerte de Pellicer, leí el soneto que desde entonces se ha vuelto una obsesión para mí. Ignoraba en aquel momento que era el último poema de un libro póstumo. En él se encuentra esa mezcla indisoluble de vigor y de anticipación de la muerte que tuvo la agonía de mi madre; en él se encuentra algo de lo que me decía la luna diurna: la vida y la muerte son simultáneas y no sucesivas: coexisten, lo mismo que el sol y la luna. En este poema no hay nada explícito, todo es subterráneo, hasta tal punto que dudo que pueda ser extraído a la superficie; no obstante, en él se encuentran toda la fuerza y la luminosidad pellicerianas, sólo que aquí se hallan en la noche y en íntimo contacto con la muerte.
     “El material de la noche florea.” No la noche, sino su material es lo que se expande, lo que se torna abiertamente fértil; el material del que está hecha la noche, que quizás sea oscuro, irradia luz y color: florea, pellicerianamente florea, y no baudelaireanamente: flores oscuras; flores del mal. La palabra “material”, al inicio del verso, le imprime, no sólo al verso, sino a todo el poema, un carácter arquitectónico, sólido, fuerte; en cambio, el verbo “florea”, con el que culmina el verso, nos da, ya de arranque, la otra esencia del soneto: su parte vaga, vaporosa, luminosa y activa. El segundo verso, “estoy luminosamente escondido”, lleva la simultaneidad a una síntesis que no anula los dos polos, y nos revela una forma desconocida de esconderse. Los dos últimos versos del primer cuarteto (“Tiene el jazmín de Arabia tanto fluido / que así es la perfección que redondea”) están llenos, nocturna y exóticamente, de una claridad olfativa. El primer verso del segundo cuarteto refuerza el vigor y el misterio de esa noche fechada (Lomas de Chapultepec, 4 de octubre de 1976) unos pocos meses antes de la muerte del poeta y en su casa (¿noche de luna?): “Algo que nace, como que aletea.” El verso tiene una vaguedad inaugural, tiene la frescura que le comunica la fragancia del verso anterior, la novedad de lo recién creado y todavía desconocido. Lo recién creado es algo aéreo, minúsculo y encendido, con lo cual “el universo ejerce su tarea”. El verbo ejercer y la palabra tarea, términos acarreados del lenguaje laboral, unidos a esa gran palabra universo, nos dicen todo lo que representa este pequeño alumbramiento. El último verso de este cuarteto, misteriosamente, le da la vuelta al poema. Es la única interrogación del soneto, casi en el medio mismo del poema. Es una pregunta irresoluble: ¿Dónde estará la fuente del olvido? Esta pregunta ¿se podría traducir así?: ¿Dónde estará el origen de la nada? No lo sé. En todo caso, esta pregunta es el umbral por donde entra la muerte al poema; una muerte encendida: “En el incendio inútil de una rosa / pereció perseguida mariposa” nos dicen estos dos versos, plenos de aliteraciones y rizos y con rimas contiguas y sonoras. ¿No nos persigue la muerte incluso recién nacidos? ¿Incluso iluminados por el incendio, inútil ante la muerte, de la belleza? El último verso de este terceto es hermosísimo y no menos misterioso: la noche, lo horizontal, “puso en pie nombres callados”. ¿La noche sacó del anonimato al silencio? ¿La noche despertó nombres dormidos? ¿Le trajo al poeta los nombres de sus difuntos? Veamos el último terceto: “Todos los sueños estaban despiertos”; seguían siendo sueños, sólo que despiertos, lo mismo que los nombres seguían callados, pero de pie. Y todo esto lo hizo la noche, esa noche. Los dos últimos versos del soneto —los que trastocan el orden al que nos acostumbra el pensamiento lógico (y no el poético), en los que se usa el polisíndeton— quizás sean los que tengan más relación con esta temporada dominada por la muerte de mi madre: “y la vida con los ojos cerrados / y la muerte con los ojos abiertos”. La vida, no por viva y encendida menos a punto de terminar, y la muerte más dispuesta a su presa que nunca, despierta, con los ojos abiertos.
     No soy un lector constante y exhaustivo de Pellicer. Cualquiera de sus lectores conoce este soneto de Reincidencias. Releo unos cuantos poemas que me bastan para considerarlo un poeta extraordinario. No es uno de mis poetas íntimos, como sí lo es, por ejemplo, entre los Contemporáneos, Villaurrutia. Sin embargo, este soneto de la noche con los ojos abiertos, de la noche encendida, será toda mi vida uno de mis poemas íntimos. ¿Cuál es su tema? No tiene título, y si lo tiene es tan genérico como “Un soneto”. ¿Lo provocó algo tan minúsculo como el surgimiento y la muerte nocturna de una mariposa? A veces creo que sí, pero en contacto con la poesía, en un jardín, bajo el firmamento, en la víspera. ~

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