Víctor L. Urquidi: Ecce Homo

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Conozco a Víctor L. Urquidi hace 35 años.1 Lo conocí gracias a uno de los singulares rasgos que lo distinguen: su calidad de estimulante comunicador intelectual, de punto de intersección de investigadores y textos, hábil para suscitar la curiosidad de sus allegados y colegas. Ocurrió que había yo publicado un atrevido ensayo sobre “El tapado y el tapadismo en México”, que Víctor leyó con avidez. Me invitó a platicar en su modesto despacho de la calle Guanajuato. Y de inmediato distribuyó —como es su inesquivable costumbre desde entonces hasta hoy— mi escrito entre aquellos a quienes podría interesarles. Así pude conocer a Don Daniel Cosío Villegas, a Ramón Xirau y a otros personajes que encarnaban a la sazón la mitología de El Colegio de México.
     Tuve el privilegio de celebrar, con los dos primeros, sabrosos diálogos en la modesta cafetería de la institución. Fuereño empezó a llamarme —cariñosamente, quiero creer— Don Daniel, y así me consignó en sus libros. En tanto que Ramón Xirau me ofreció generosamente las páginas de su deslumbrante revista Diálogos, que ulteriormente, y por mala decisión institucional, dejó de existir. Furioso por este torcido incidente, Xirau mudó hogar académico.
     Más de una vez pensé o imaginé enhebrar una suerte de “vidas paralelas” —a la Plutarco si se quiere— entre Don Daniel, por un lado, y Don Víctor, por el otro. Dejo de momento en el tintero —si se me permite esta envejecida metáfora— tal intención, debido a la tiranía del tiempo ahora disponible.
     Víctor no es sólo un fluido y caudaloso vaso comunicante. Manifiesta y transfiere ideas con un idioma pulcro, directo, que no tolera retorcimiento alguno. Él abomina de lo que Alatorre llamó, en reciente y jugoso artículo (Letras Libres, junio de 2004), el “politiqués”. Es decir, esa forma alambicada, circular, cantinflesca y —agrego— lacaniana y cuasi posmodernista de expresarse. Lenguaje muy apreciado por políticos, y por no pocos intelectuales latinoamericanos que predican, con solemne espíritu evangélico, lo que no alcanzan a comprender como cientistas sociales.
     Recuerdo que cuando me presentó a su fiel asistente Graciela Salazar, Víctor me dijo: “Es una de las pocas personas que sabe usar con tino la locución ‘por lo pronto’.” Un elogio mayor de Víctor para Graciela; casi un piropo sensorial, si se considera y aprecia el carácter del universo victoriano
     Y como añadidura a este lenguaje directo que lo distingue, Urquidi nunca supo enquistarse ni apoltronarse en un tema. Exploró todos los campos de las ciencias sociales y de las humanidades, desde la política económica de México a la evolución del pensamiento cepalino, desde la demografía a la confección de los escenarios prospectivos del planeta, desde el estudio del medio ambiente al retrato de personajes académicos que ya se fueron de esta vida. Víctor resiste cualquier enfeudamiento mental o institucional: es multidisciplinario y polivalente por formación e impulso personal. Parece profesar que una institución académica que se transforma en una multitud de almas solitarias se corrompe y desbarata, e ingresa a una entropía acaso irreparable.
     Por esta pluralidad de intereses muy cercanos a la realidad, presidentes y hombres públicos lo respetan, sin aproximarse a él en demasía, sin aproximarlo en exceso, por temor a infectarse con la verticalidad insobornable de Víctor.
     Evocaré algunos recuerdos para enriquecer la semblanza de este hombre con amplios atributos (malgré Musil).
     Primero, Caracas. Llegamos a la capital venezolana, el que habla como funcionario de la CEPAL, y él como miembro directivo de CLACSO. El hotel, colmado. Felizmente, mi reservación fue respetada; mas no la de Víctor. Sin vacilar lo invité a compartir habitación. Sin opciones, él aceptó. Después de comprobar la avaricia de las dimensiones del cuarto y la única cama estrecha que allí se encontraba, pedimos otra. Nos trajeron algo parecido a un catre militar. Le dije : “Usted duerme en la cama y yo en el catre.” Víctor rehusó sin cambiar de idea durante varias noches. Su modestia y entereza contrastaron, en mi juicio, con las palabras altisonantes que más tarde escucharíamos en Maracaibo —lugar del encuentro— en torno a la aletargada situación latinoamericana. En aquel momento evoqué una expresión que está en la Vulgata, y que Goethe repitiera al encontrarse con Napoleón: Ecce Homo.
     Después, Turín. Se verificaba allí una reunión dedicada a evaluar el pensamiento económico mexicano. Él llegó desde algún punto de Europa. Y yo, de Santiago de Chile. Recuerdo que, antes de partir, el empleado de la línea aérea me preguntó: “¿De qué nacionalidad es usted ?” “Israelí” le contesté. Sin embargo, el empleado anotó “iraní”… Eran los tiempos de la temible efervescencia jomeinista. Cuando mi maleta llegó a Nueva York en tránsito, suscitó el horror de los funcionarios de aduana. Allí se quedó cinco días. Llegué a Turín con lo que tenía puesto, tarde por la noche. Le comenté a Víctor mi aprieto. Y él, sin dudarlo, me facilitó camisa, calcetines e incluso una máquina eléctrica de afeitar de la cual se sentía muy orgulloso. El Ecce Homo repicó nuevamente en mi memoria.
     Algo más. En una oportunidad, estando ambos en Cuernavaca, me invitó a visitar a su madre. Yo ya había escuchado de su abnegada actividad como enfermera en la Guerra Civil Española. Me emocionó. Y me emocioné más cuando encontré a una mujer vivaz, ingeniosa, vital, bella, con un wit que le venía de sus raíces. Entonces pensé en aquel dicho castizo que, a veces, es injusto, pero que, en otras, es atinado: “Lo que Natura non da Salamanca non presta.”
     Debo confesar un suceso con el cual no me siento completamente a gusto. Cuando concluí mi investigación sobre el pensamiento cepalino —con las sensatas orientaciones de Víctor— y el libro estaba a punto de publicarse por El Colegio de México, le hice un pedido impertinente: que el corrector de estilo no perfeccionara —según decía—, o no castrara —postulaba yo— mi estilo castellano. Urquidi no dijo ni sí ni no a mi petición. Lo puse sin duda en un dilema agreste. No quería ni podía él fijar precedentes vengativos. Sin embargo, con esa conversación sin palabras que nos ha caracterizado desde siempre, entendí que él me entendía. En suma: el corrector se quedó sin empleo y el libro salió virginal a la luz.
     Reflexión final, pues el tiempo —que es inexorable y es angustia— se me acaba. Cuando se les ocurra a los historiadores evaluar el trayecto de este Colegio, con sus ciclos ascendentes y entrópicos, con su brillo y su opacidad, y de este modo asignen responsabilidades y etapas, en algo habrá absoluta coincidencia: en la figura señera, singular, única, irrepetible, de Víctor L. Urquidi. Fue él hombrepuente entre instituciones y entre disciplinas; fue y sigue siendo eficiente y confiable partero de múltiples proyectos, ideas, exploraciones, y, a la vez, vigilante portero de cualquier desvarío nacional o institucional. Y todavía posee flechas en su aljaba, como muy pronto comprobaremos con su Historia económica de América Latina en el siglo xx.
     Gracias, Víctor, por todo. Gracias por el estar y el ser con nosotros y en la vida de muchos de nosotros. Es un privilegio. Es huella imborrable. Gracias. –

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