El periodismo al servicio de la literatura y de la reflexión sobre nuestro presente: en Bad hombre la novelista y periodista Pola Oloixarac (Buenos Aires, 1977), finalista del Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa 2025, incorpora indagaciones sobre sus objetos de estudio, personajes reales que ella entrevista, dentro de una reflexión más amplia que es también una autoindagación y, finalmente, un recorrido por una etapa temprana de su propia vida. Acaso su inspiración para este tipo de ejercicio sea la obra, similarmente híbrida, de Emmanuel Carrère.
La temática gira en torno al fenómeno del Me Too y cómo ocurrió en esos casos específicos. La reflexión más amplia se centra en las mujeres que encabezaron la persecución de esos hombres (y de mujeres, de Pola misma), pero incluye también un relato autobiográfico que muestra la violencia contra las mujeres como una constante histórica, y un tema amplio que usualmente no se incluye dentro del “cartucho” Me Too: el de la realidad de la sexualidad femenina y su expresión en las últimas décadas.
El libro comienza con la difamación que Oloixarac sufrió por parte de una amiga en sus años universitarios, de modo que analiza también la reciente facilidad de las calumnias anónimas en nuestra época de medios masivos, que pueden condenar e incluso destruir, sin incurrir por ello en ninguna responsabilidad jurídica. Este inicio le permite hablar del mundo que fue suyo, el de los estudiantes de filosofía o de letras en la Argentina de los años noventa, donde la expresión femenina florecía de formas inéditas. Por otro lado describe, en el marco actual del periodismo latinoamericano y sus diversiones (reuniones internacionales, por ejemplo), una sexualidad más atrevida pero poco cuestionada, amparada por la autoridad que otorgaba el feminismo y el movimiento Me Too: la liberación femenina no exime del dolor que causan las relaciones amorosas desavenidas, un riesgo inmemorial. ¿Cuáles eran en el pasado los recursos femeninos contra la humillación y el desamor? Esas penas son inevitables, pero ahora esas mujeres ejercían su sexualidad con el mazo de la cancelación tras la espalda. En palabras de la autora: “Que una mujer con el corazón destrozado es como un dios vengador siempre se había sabido; solo que ahora contaba con un ejército grandioso e inexpugnable para serlo […] Lo que me interesaba eran estas mujeres que habían hecho de ser víctimas una forma personal de crueldad.”
Oloixarac también da ideas sobre la sexualidad argentina y sudamericana: el tipo del macho argentino por ejemplo, que describe con irresistible fruición:
El Perro ríe encantado. Me escudriña sonriente, quiere cerciorarse de que le hablo en serio.
“¿Me estás hablando en serio? Vos nunca cogiste con un peronista, ¿no?” Se me escapa una risa. Debo estar colorada. Él se tira para atrás y me mira divertido, encendiendo un cigarrillo.
Pasa a explicarme, con un tono didáctico, ligeramente compasivo, que los peronistas, los hombres de verdad como él, no tienen esas preocupaciones. Siempre están listos para la acción sexual: es su patria y su elemento. Veo entonces que el Perro viene a ser la encarnación de cierto arquetipo nacional: el macho argentino intelectual. En el país del Che Guevara y Rodolfo Walsh hay presión social para acercarse a ese ideal; ser un hombre de acción confiere una mística especial en el campo intelectual.
Es “el arte olvidado de los Grandes Gauchos Cogedores”. Cabe recordar cómo Oloixarac escandalizó a la sociedad argentina y enfureció al presidente de Argentina Mauricio Macri con un retrato psicológico suyo que incluía una percepción de su sexualidad (“Mauricio Macri, el gato que se convirtió en hámster”).
Oloixarac es pues una auténtica precursora de un ejercicio casi inédito: incorporar la sexualidad en su inteligencia del mundo. Por cierto, esa inclusión no solo atañe a sus temas, sino a su expresión y su estilo. En esta obra la aplica notablemente a la gran autora y promotora literaria argentina Victoria Ocampo, fundadora de la revista Sur en 1931, y su encarnizada búsqueda por colocar a su remoto país en la escena literaria mundial. Su pasión por atraer a su publicación a los autores que admiraba se acompañaba por un deseo inextinguible, más propiamente sexual, por los hombres más notables y los más hermosos. Este deseo impulsaba la búsqueda intelectual de Ocampo, y le atrajo desde luego sinsabores, como la arrogancia de Virginia Woolf. Es más común hablar de la sexualidad peculiar de hombres notorios: los insaciables Victor Hugo, Georges Simenon o Benito Mussolini, por ejemplo, o los reacios al sexo, como el propio Borges. Oloixarac menciona también al filonazi Drieu la Rochelle, uno de los grandes amores de Ocampo, cuyo suicidio e incluso sus nefastas inclinaciones políticas podrían atribuirse a su impotencia. Ocampo lo recordó con devoción por largo tiempo, hasta que los diarios de Drieu, publicados póstumamente, la humillaron al decir que la toleraba porque, junto con otras antiguas amantes, aseguraba su manutención. Oloixarac considera que el deseo femenino es una fuerza poderosa, que no se extingue por su condición –¿ocasional?, ¿frecuente?, ¿estructural?– de posible víctima.
La aurora de Bad hombre no hace teorías, solo cuenta esas historias. Entre estas, la de las mujeres de su familia materna, peruana. Su abuela llegó a Argentina con sus hijos y sus sobrinos huérfanos huyendo de la violencia masculina que se cebaba sobre ellas. A la bisabuela quechua, su marido irlandés, borracho empedernido, la golpeaba y humillaba por ser “chola”. A una tía abuela separada de su marido, su amante la arrastró del pelo, desnuda, por los corredores de su casa hasta la calle, mientras la golpeaba hasta darle la muerte. Frente a una historia semejante, el movimiento Me Too y su ambiente puritano y moralizante pueden resultar patéticos.
Oloixarac cuenta su breve contacto con un grupo de jóvenes literatos de San Francisco, California. Por su raza diferente (“latina”) le permiten entrar a su sociedad literaria con el pago reducido de solamente 2,000 dólares al año, pero para merecerlo la quieren forzar a “cancelar” a un amigo suyo colombiano: el pecado sexual de este es mínimo y de tipo privado y consentido, pero lo rechazan por su personalidad fogosa, su atractivo con las mujeres, su éxito literario y profesional, su Tesla. Nadie lo denuncia, en particular su novia lo defiende; su exclusión, consensuada sin posibilidad no solo de discutirla, sino siquiera de establecer los hechos, huele a una exclusión racial y social de otra época. De Pola y otras latinas no requieren su opinión ni reconocen que puedan tenerla: son demasiado atrasadas para comprender.
Otro caso que Oloixarac conoció directamente ocurrió en un retiro de escritores en la campiña estadounidense. Un entusiasta argentino era amante de dos escritoras al mismo tiempo. Cuando ellas se enteraron, lo denunciaron ante la policía, por daño emocional o algo semejante. Ni siquiera se trató de adulterio, al no haber matrimonio de por medio. La infidelidad, la mentira duelen, pero hasta ahora los afectados lo manejaban de forma privada, acaso aprendiendo de la experiencia. Claramente se percibe que la latina Pola no hubiera caído tan fácilmente en la trampa del argentino fogoso. La mojigatería y la indefensión voluntaria de las mujeres ahora gozan de apoyo judicial: una policía de las costumbres, no solo propiamente conservadora, sino talibana en ciernes.
Oloixarac no teme presentar solamente ejemplos negativos del movimiento Me Too. Los casos que sigue le permiten dar otras explicaciones sobre su razón de ser. Un impecable profesor universitario parisiense lo pierde todo por haber sostenido una breve historia virtual con una mujer que resultó no existir más allá de unas fotos sexuales que vendía por unos euros. ¿Quién orquestó su defenestración? Fue exonerado por falta de pruebas, pero ya era tarde, había sido arruinado, había perdido su moral, su reputación y la fe en el sistema que defendió toda su vida. Una investigadora de la policía esboza en su beneficio una explicación sociológica y demográfica del fenómeno: no hay más plazas que en la época de Sartre, pero centenares o miles de candidatos que se acumularon por décadas, confiando en que el medio universitario los acogería, esperan su turno con afán de venganza. De este modo, instrumentalizado por un “quítate tú para ponerme yo” (que en muchos casos funciona también como recambio generacional), opera el movimiento Me Too, con el costo frecuente de un descenso en la calidad de los proyectos culturales.
“Bad hombre” –así, en singular, una expresión de Donald Trump para criminalizar a los hombres latinos– tiene para la autora un sentido más completo. En primer lugar, la bisabuela Melchora llamaba “mal hombre” al asesino de su hija. Y, por otro lado –coincidencia reveladora–, nota que el movimiento Me Too y woke creó por su cuenta esa misma noción generalizadora del bad hombre, propiamente el latino peligroso que hay que alejar de la sociedad elegida y mojigata: Oloixarac no hace teorías, solamente ve la realidad con libertad, inteligencia y valentía.
Algún día, esperemos, la sociedad evaluará lo que ha sido la oleada del Me Too: ¿las injusticias pueden considerarse excesos aceptables de un movimiento nuevo, que era necesario, rectificador? ¿Qué porcentaje de culpables verdaderos fueron cancelados? El crimen suele acompañarse del cinismo: Oloixarac considera que muchos de ellos, oportunistas, se subieron al movimiento para esconderse dentro de él. La candidez de los inocentes, en cambio, los echa bajo las ruedas. ¿Puede reconducirse la búsqueda de la justicia contra los abusadores hacia las garantías de las vías legales? Claro, depende de si estas son y si se aceptan como confiables. ¿Y cómo definir el abuso en una época en que el “daño emocional”, indefinido, omnipresente, cuenta como crimen? Vasta temática en el corazón de nuestro caótico siglo, sobre la que Oloixarac ofrece esta obra para romper la barrera de la intimidación que busca silenciar reflexiones importantes. ~