La vida de ensayista de la escritora Zadie Smith (Londres, 1975) comenzó poco después de su nacimiento como novelista –Dientes blancos, 1999–. Recibió un primer encargo estando en Italia para escribir sobre Kafka en The New York Review of Books y, de un modo un poco azaroso, comenzó una colaboración no exclusiva, que se ha mantenido a lo largo de los años y que ha dado lugar a un montón de piezas. Muertos y vivos es el tercer volumen donde Smith recopila sus ensayos, después de Cambiar de idea y Con total libertad; si hablamos de no ficción, hay que añadir Contemplaciones, un libro breve escrito al calor de la lectura de las Meditaciones de Marco Aurelio.
Muertos y vivos reúne piezas publicadas en diferentes medios, The Guardian, The New York Review of Books, o un fanzine sobre su barrio londinense para recaudar fondos para un banco de alimentos. “Tienes en tus manos una miscelánea de ensayos muy diversos. Una apuesta delicada […] Al releer estos ensayos me doy cuenta de que muchas veces el punto de partida es el momento en que entro en un espacio real y/o conceptual y, básicamente, me topo con algo. Llego como invitada (a la galería, al libro, a la película, al país, a la protesta, a la idea), pero mientras intento describir lo que veo o lo que pienso, acabo siendo también una especie de anfitriona. Eso también puede ser delicado.” Si eres admirador de ZS o te gusta cotillear de vez en cuando en publicaciones anglosajonas, es bastante probable que hayas leído alguno de los ensayos aquí reunidos: “Shibolet”, por ejemplo, donde escribe de las protestas en universidades americanas contra la guerra en Gaza, fue bastante comentado. Otros, en cambio, aun sin estar escritos ex profeso para el libro, estaban sin publicar: una charla para estudiantes de escritura creativa o la despedida de Martin Amis que ZS leyó en el funeral del escritor. Y luego están las piezas escritas para el libro: “Familia europea” o el texto dedicado a Hilary Mantel.
Los ensayos vienen agrupados en epígrafes que dan una pista sobre su naturaleza: “Contemplando” agrupa textos sobre arte o artistas, “Recordando” aglutina los obituarios de Didion, Amis, Roth, Morrison y Mantel; en “Confesando” ZS habla de ZS, ahí está uno de mis favoritos, “La caída”, y otros sobre cómo escribe (¡gracias por compartirlos!). “Considerando” y “Reconsiderando” son los epígrafes de sus piezas sobre el mundo contemporáneo, sobre política, sobre internet (las redes sociales, mejor dicho). Ahí están algunos de los textos más deslumbrantes, como la defensa de la ficción. ZS no da sermones, no es hipócrita, no hace cherry picking, se rebela contra el encorsetamiento del pasado o de los artistas negros, a quienes se les exige siempre una representación de los suyos. No se limita a señalar las injusticias y las amenazas del mundo contemporáneo, desde el cambio climático al desmoronamiento de los servicios públicos en Gran Bretaña, o algunas de las cosas que están mal, desde el bombardeo de rutinas de skin care a niñas en redes sociales al vomitivo anuncio “Trump Gaza”. Las muestra, sí, pero no busca el aplauso ni el atajo, sino más bien ver todas las aristas, algo así como comprender cómo hemos llegado hasta aquí. Por muy segura que esté de lo dañino que es el iPhone –no solo porque es una herramienta que permite la vigilancia constante de quien lo usa o por la explotación de recursos y personas que requiere su fabricación–, sabe que es imparable: no es una Casandra dando la lata, pero no deja de argumentar con hechos. En todo caso, como ella misma explica en alguna de las piezas, lo importante de un ensayo no es tanto que llegue a una conclusión, sino el camino recorrido para llegar hasta allí. Como decía Christopher Hitchens, gran amigo de su amigo Martin Amis, lo importante no es qué se piensa, sino cómo se piensa. Hay otro elemento importante en este libro, y en casi todos los suyos: el humor; ZS es una escritora divertida, y lo es de manera transversal, es decir, que no se limita a hacer humor a partir de lo que cuenta (el retrato de su yo de diecisiete años, por ejemplo), sino también de cómo lo cuenta: giros inesperados o remates de frases a pie cambiado. A veces son breves: por ejemplo, incluye una entrevista publicada en El Cultural –las preguntas son de Andrés Seoane– en la que dice: “Me voy a retirar del juego de los comentarios durante un tiempo”, y añade una cáustica nota al pie: “Mmm.”
Hay algunas cosas que quedan claras tras la lectura de este libro, una de ellas es que ZS no es nada partidaria de juzgar el pasado con los estándares actuales: “Por muy catárquico que sea juzgar a los muertos a posteriori, en ese tribunal popular del ‘Lado Correcto de la Historia’, cuando ponemos un espejo delante del pasado deberíamos ver claramente nuestro propio reflejo.” Buscando algo así como una especie de unidad o de hilo que emparente los ensayos reunidos, doy con una defensa de la libertad, una declaración de amor al lenguaje como herramienta de pensamiento –ZS confiesa varias veces su obsesión por la claridad– y una entrega a la curiosidad. Y, por supuesto, la diversión. ZS no quiere un mundo monolítico en el que todos pensemos lo mismo, quiere un mundo un poco más justo, eso sí, donde todos tengan los derechos individuales básicos garantizados, pero plural. En el breve texto que introduce los obituarios de los escritores, por ejemplo, aclara que “había profundas diferencias” entre ella y los homenajeados; pero no lo dice como quien se lava las manos, sino precisamente para señalar que no hace falta cerrar filas, que se puede discrepar y no pasa nada. Suele enriquecer, de hecho. ~