Cynthia Ozick y el templo maldito

Antigüedades

Cynthia Ozick

Traducción por Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino

Alpha Decay

Barcelona, , , 2025, , 112 pp.

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Hubo un tiempo en que Cynthia Ozick era también Henry James. A sus veintidós años era una joven miope que pretendía escribir una novela, pero a la vez se había convertido en el anciano escritor. No le faltaba nada, ni la calva, ni la barriga, ni el bastón. Ozick dio los detalles de esta mutación en “The lesson of the master”, y puede parecer gracioso, pero la influencia del maestro resultó ser su perdición. Después de siete años trabajando en una novela, tuvo que abandonarla porque no acababa de encontrar su voz. Luego pasó otros siete años escribiendo Trust y, aunque obtuvo buenas críticas, no tuvo el éxito que esperaba. Pensó entonces que llevaba años adorando al dios equivocado (la Literatura) y decidió bajar del altar al que hasta entonces había sido su santo patrón (Henry James). Además de liberarse de su alter ego, tendría que abrazar con más ahínco su propia religión. De ahí en adelante sería ella y solo ella, una escritora original, decididamente judía, tan digna de estar en el olimpo literario como James o más.

En las casi seis décadas que han pasado desde entonces, Ozick ha dedicado su carrera a no olvidar. Todos sus libros pueden leerse como intentos de preservar el patrimonio cultural judío en un entorno, el estadounidense, en el que corre un serio riesgo de desaparecer por asimilación. Al igual que otros escritores que se encontraron en la misma tesitura, como Saul Bellow o Philip Roth, la identidad judía ha ocupado siempre un papel central en su narrativa; a diferencia de ellos, la religión siempre ha tenido un peso mayor. Este aspecto no debería echar a nadie para atrás. El fuerte componente religioso de la obra de Flannery O’Connor y Marilynne Robinson, por ejemplo, no le resta un ápice de su valor literario. En el caso de Ozick, además, lo sagrado viene siempre de la mano de lo cómico (recordemos que en su relato “El rabino pagano” un hombre se entregaba a un romance con una ninfa de los bosques porque “las Escrituras no prohíben la sodomía con las plantas”). Así que, por favor, que nadie se asuste al abrir el libro y encontrarse con una cita del Deuteronomio. Estamos hablando de Cynthia Ozick, una de las mejores escritoras vivas y también una de las más divertidas.

En Antigüedades la escritora retoma los temas de siempre desde una perspectiva distinta. Esta vez el narrador es un anciano WASP con ramalazos de antisemitismo. Estamos en 1949 y aunque “los periódicos están plagados de truculentas historias de campos y hornos”, Lloyd Wilkinson Petrie “no sabe qué creer”. Antes que meterse en esas “contiendas públicas”, prefiere perderse en sus propias reflexiones. Le han pedido que escriba unas breves memorias para salvaguardar el legado de la Academia Temple, una institución venida a menos situada en el condado de Westchester, Nueva York. “Temple” significa templo, pero además guarda relación con los Temple, primos de Henry James. Aunque un día la Academia gozó de mucho prestigio, ahora el retrato de James está guardado en la caja fuerte de un banco y las estanterías de la biblioteca están llenas de cagarrutas de roedores.

La escritura de las memorias no será tarea fácil para Petrie. El lenguaje no le acompaña (ha trabajado toda la vida en un bufete y solo maneja términos jurídicos), sus compañeros de la Academia no están por la labor de dejarlo avanzar, y luego están los achaques propios de la edad, con los previsibles fallos de memoria. El punto de partida de Petrie es el cuaderno de viaje de su padre. Antes de que él naciera, su padre abandonó su trabajo en el bufete y a su joven esposa para ver de cerca las excavaciones en la ribera del Nilo. De aquella aventura descabellada nuestro protagonista conserva una serie de objetos, ¿antigüedades?, cuyo significado no acierta a comprender.

El lejano Egipto aparece también en la vida del narrador por otra vía. Durante unos años coincidió en la Academia con un enigmático estudiante que decía ser descendiente de la comunidad judía de Elefantina. Desde el principio se intuye que hay algún tipo de vínculo entre los dos, una especie de pasado común, pero todo lo que rodea a su relación se mueve en las arenas movedizas de la ambigüedad, así que es complicado sacar algo en claro. La presencia de este personaje en un entorno tan elitista, y antisemita, es tan improbable que el propio narrador llega a dudar de su existencia, y Ben-Zion no contribuye precisamente a su claridad mental cuando dice ser una aparición. En una autora en la que lo fantástico coexiste con total naturalidad con lo cotidiano (en “Levitación” una habitación llena de judíos se eleva por los aires en una fiesta) no puede extrañar que se trate de un fantasma. Ozick también nos tiene acostumbrados a los desdoblamientos (ahí tenemos a la gólem y Ruth Puttermesser en Los papeles de Puttermesser), así que la idea de que sea una suerte de doble del narrador tampoco puede descartarse. Más allá de cómo lo interpretemos, lo importante es el trozo de pasado que la presencia de Ben-Zion desentierra. Los judíos de Elefantina pasaron a la historia como mercenarios y fueron excluidos tanto por los gentiles como por el resto de judíos. Erigieron un templo en honor a Yahvé, pero, como estaba muy cerca de un santuario dedicado a una antigua deidad egipcia, fueron acusados de adorar a falsos ídolos. Ozick supo de este templo “maldito” por su hija y su yerno, arqueólogos de profesión, y por boca de Ben-Zion da otra versión de los hechos. De paso, aborda uno de sus temas por excelencia: la idolatría.

Una de las diferencias entre el narrador y Ben-Zion es el respeto que muestran por la historia y la cultura. Al elefantino le interesan los clásicos de la literatura inglesa como IvanhoeRobinson Crusoe y Adam Bede y él mismo se expresa como un libroEl narrador, en cambio, no sabe gran cosa de ellos y reconoce que jamás los leería por gusto. A pesar de las diferencias y del antisemitismo imperante en la Academia, la cercanía entre ellos será cada vez mayor: “Allí fue donde me encontré inesperadamente a solas con Ben-Zion Elefantin. Nos quedamos frente a frente, mojados y desnudos y temblando; pero la llamarada de su pelo estaba apagada por el agua, y tenía unas costillas tan esqueléticas como sus penosas rodillas.” La creciente intimidad entre ellos tiene tintes homoeróticos, pero solo si hacemos una lectura literal. Por desgracia, en el plano simbólico, los judíos escuálidos en las duchas nos remiten también a otro lugar. Ozick es una maestra de la yuxtaposición de planos y eso hace que este librito de poco más de cien páginas dé mucho más de sí que libros que lo triplican en extensión. También exige que el lector esté muy atento a los detalles. De hecho, en un momento de la narración, a través de la pluma de Petrie, Ozick apela a él directamente: “El lector atento (si tal lector existe a estas alturas) es mi testigo.”

Con todo, por muy atento que esté, es posible que cuando llegue al final tenga la impresión de que se le ha escapado algo. El escritor Joseph Epstein criticó en una ocasión los finales de Cynthia Ozick sirviéndose de una metáfora taurina. Según él, después de haber demostrado con creces su buen hacer en el ruedo, la escritora solía acabar con el toro lanzándole una granada. El final de Antigüedades es más enigmático que impactante, pero también creo que es el único final posible. Dada la edad del narrador y su desconocimiento de la cultura judía, es lógico que haya puntos ciegos en su narración y al final queden algunas incógnitas sin despejar. Solo alguien que esté muy familiarizado con la cultura judía (o haya leído las anteriores novelas de la autora) sabrá por qué una jarra cuyo cuello tiene forma de cigüeña puede resultar ofensiva para un judío. En cualquier caso, no hace falta que el lector descifre todos y cada uno de los detalles para disfrutar de la narración. Aquí y allá hay ejemplos de una prosa sobresaliente y frecuentes arranques de humor. Aunque no sea el mejor libro de Ozick (no deja de parecerme raro que el meollo de las memorias de un anciano con ciertas actitudes antisemitas sea el testimonio de un judío que conoció brevemente en su época escolar), Antigüedades contiene todos los ingredientes que han hecho de ella una de las escritoras más reconocidas y admiradas de nuestro tiempo. A diferencia de su protagonista, “cómodamente suspendido en la lasitud”, Ozick sigue escribiendo con el mismo vigor de siempre. Tenemos mucha suerte de que sea así. ~


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