De entre los muertos

La bruma y el detective

Mauricio Montiel Figueiras

Salto de Página

Madrid, 2025, 160 pp.

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Vértigo, dirigida por Alfred Hitchcock en 1958 y ambientada en San Francisco, centra su trama en John “Scottie” Ferguson (interpretado por James Stewart), detective retirado que se obsesiona con Madeleine (Kim Novak) mientras la vigila por petición de su marido. En esencia, Vértigo o De entre los muertos es una reflexión sobre el deseo sexual, el trauma y la incidencia inconsciente que el pasado tiene sobre el presente. En esta película las mujeres son prácticamente instrumentos en el periplo del héroe: la mujer asesinada, la actriz que participa en el complot y se enamora de este y la exnovia como una figura materna. Esa suerte de maltrato a los personajes femeninos es deliberado por parte de un cineasta fascinado con esa temática.

Y es que, en la película de Hitchcock, las mujeres juegan un papel trascendental: la estabilidad y el caos, el bienestar y el dolor. El protagonista, enfermo de sí mismo, buscará la complejidad en Madeleine ignorando la comodidad que representa la exnovia y, sobre todo, ignorando la realidad que encarna Judy, interpretada por la misma Kim Novak como la chica contratada por el marido de Madeleine para sustituirla. Es decir, Scottie antepone la fantasía a lo real. Prefiere construir un fantasma que enfrentarse a una vida verdadera que carece de lo mórbido, la sensualidad y el peligro propios del cine noir.

En La bruma y el detective, Mauricio Montiel Figueiras construye una inquietante y compleja pieza de literatura noir, que nos brinda tanto imágenes fílmicas como reflexiones filosóficas y metafísicas. Su libro se inspira libremente en la citada película de Hitchcock, inspirada a su vez en De entre los muertos de Pierre Boileau y Thomas Narcejac. Tanto en la novela corta –De entre la bruma– como en los trece relatos que se entrelazan bajo el título de El detective, Montiel Figueiras acude a Vértigo aunque en sus cuentos se concentra en el trauma de un investigador que ejecuta varias pesquisas para resolver algunos casos extraños, uno de ellos relacionado con un niño asesinado, al tiempo que tiene que lidiar con el horror y los recuerdos de su propio hijo pequeño desaparecido. Y en su novela, el protagonista es el hijo único del detective Scottie Ferguson que interpretaba James Stewart, investigador privado al igual que su padre, que se sumerge en una trama de obsesión sexual y romántica surgida a partir de su relación amorosa con una sensual joven de ascendencia china de bellísimos pies níveos.

Más intrigante aún es que Montiel Figueiras deconstruye no solo Vértigo de Hitchcock, sino algunos de los filmes de David Lynch, en particular Sueños, misterios y secretos (que bien podría ser el título alternativo de su libro), como se llamó en español la enigmática Mulholland Drive. Un filme cuyas fuentes del relato oscilan entre la tradición del cine negro, el thriller psicológico a lo Hitchcock, las alusiones sexuales y psicológicas y el entramado de los sueños a lo Sigmund Freud. Lynch edificaba en Mulholland Drive una historia detectivesca (la protagonista emprendía la búsqueda de su identidad perdida) que entrelaza una serie de desdoblamientos, lo mismo de su persona que de su vida bifurcada. Un sueño dentro de otro, nada menos que en los terrenos de la propia fábrica de sueños que es la industria del cine en Hollywood en Los Ángeles, California.

En cambio, los territorios en los que se sumerge el protagonista de Montiel Figueiras se encuentran en un escenario físico muy específico: la ciudad de San Francisco; el mismo espacio de Vértigo, donde su antihéroe acude a varias de las locaciones de la película: la Misión Dolores, la estatua de fray Junípero Serra, la Torre Coit, la Pirámide Transamérica, el bosque Muir Woods en la icónica escena de las secuoyas, el Golden Gate o las sinuosas calles circundantes y más. Y asimismo, el protagonista de De entre la bruma se hunde en terrenos del deseo y la memoria, es decir: como lo hacen Hitchcock y Lynch. En la misma ciudad que ha sido escenario de otra joya cinematográfica del cine y la literatura noirEl halcón maltés de John Huston, protagonizada por Humphrey Bogart como el detective Sam Spade. Al igual que Scottie, un sabueso, un cazador…

Relata el narrador:

Tres, decía mi padre, son las principales reglas para ser un buen cazador urbano. La primera y la más importante es estar dispuesto a desaparecer, a mimetizarse con las personas entre las que uno se desplaza al grado de permitir que la individualidad se disuelva en la colectividad, a pactar con la posibilidad de ser invisible como un paisaje familiar que se deja cubrir por un velo tupido de bruma para convertirse en un perfil ambiguo y anónimo. La segunda es conocer la ciudad por donde uno debe emprender la persecución, no como la palma de la mano según reza el lugar común, sino como una geografía que se ha introyectado por completo y que por ende forma parte integral del cuerpo: el cazador, abundaba mi padre, debe convertirse prácticamente en una extensión del espacio por donde deambula para que la presa no advierta su presencia. La tercera es armarse de la paciencia indispensable para aguardar a que el objetivo que se persiga haga el movimiento en falso que pueda conducir a su captura o a su exhibición ante la persona que ha contratado al cazador para tal efecto.

En ese sentido, transpolando la intención de la cita y de la novela de Montiel Figueiras al cine, su libro también transmite ese sabor nostálgico de la compleja trama emocional de Chinatown de Roman Polanski, relato que involucraba un enorme negocio inmobiliario, secretos familiares, codicia e incesto, ambientado en 1937 con Jack Nicholson como el detective Jake Gittes. O la búsqueda de sí mismo que, sin saberlo, emprende el detective Harry Angel –interpretado por Mickey Rourke en Corazón satánico de Alan Parker–, contratado por un tal Louis Cyphre(Robert De Niro) para localizar al fantasmal cantante Johnny Favorite en la Nueva Orleans de 1943.

El arte de la provocación juega un papel decisivo en la novela corta de Montiel Figueiras y en sus trece relatos; en ellos, a diferencia de Lynch y Hitchcock, gravita sobre todo la obra de James Ellroy, en particular Destino: la morgue, incluso la del primer Ray Bradbury, el de las Crónicas marcianas y el de sus incipientes relatos policiacos. Es decir: lo siniestro como límite de lo bello; contraste que permite arrojar una enorme carga dramática al relato en momentos específicos y que sirven para detonar la incertidumbre del suspenso y lo sexual que conduce irremediablemente hacia las costas del deseo, como es propio en los sueños más vívidos. Flujo libidinal que construye un torrente incontenible de dolor, redención, trauma, deseo, curiosidad y fervor carnal.

La narrativa, por lo tanto, se desliza hacia ámbitos que surgen de una mirada apasionada, recurso necesario contra la amnesia, contra el impulso de la muerte que acecha a la vuelta de la esquina, o bien, dentro de la misma geografía de San Francisco. A mayor deseo, mayor destructividad de la contraparte amorosa. El universo de las duplicaciones, la alteridad y la transferencia de roles.

Finalmente, De entre la bruma y su desenlace furiosamente romántico resulta en un ensamble de situaciones unidas por el trauma, el dolor como experiencia sensorial, la sexualidad a flor de piel, el suspenso y la elección de la fantasía que elabora una mente atormentada por la realidad misma. Los protagonistas de aquella y de los cuentos de El detective prefieren construir un fantasma que enfrentarse a una vida verdadera que carece de lo mórbido, la sensualidad y el peligro, tal y como lo hacía el Scottie de Vértigo o De entre los muertos, frase que, por cierto, condensa este magistral y fascinante libro de Mauricio Montiel Figueiras. ~


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