La gran teoría política de la segunda posguerra –quizá la teoría política por excelencia– tuvo como principal cometido tratar de entender por qué la transición de los regímenes liberales a la democracia de masas del primer tercio del siglo XX fracasó. Esta teoría política se empeñó en intentar comprender por qué dicha transición descarriló y terminó alumbrando lo contrario a lo deseado: en vez de un régimen liberal con una vida democrática ampliada con la integración de las masas, lo que sobrevino fue la experiencia del totalitarismo –de signo fascista y comunista– acompañada por la tragedia de dos guerras mundiales. Así las cosas, en el reparto general de las tareas a realizar dentro de la gran familia de la ciencia política, la teoría política, que se afirmó como un campo de saber específico y autónomo después de la Segunda Guerra Mundial, se arrogó la reflexión sobre los conceptos, ideas y principios que habían degenerado en la experiencia del totalitarismo.
Ángel Rivero, profesor de teoría política en la Universidad Autónoma de Madrid y autor del libro que aquí se reseña, ha recordado al respecto que la teoría política no nació, por tanto, con una vocación prescriptiva. Esa tarea quedó reservada para la filosofía política, y no sin recelo, a la luz del desastre al que habían conducido los sistemas de ideas con vocación de totalidad. El propósito de la teoría política, recuerda Ángel Rivero, era mucho más modesto, pero no por ello menos urgente. No era dictar qué debe hacer el político, sino entender cuál había sido el rendimiento de las ideas que habían saltado del despacho del profesor o el intelectual, en un sentido amplio, al campo de la vida política activa.
Aunque este programa de investigación no se hace explícito en El curso perdido de la democracia de Ángel Rivero –entendemos, con buen criterio, para no asustar al lector con los peajes propios de la escritura académica– la introducción conduce al lector a un territorio dominado por el estilo de la gran teoría política, tal y como quedó definido en la segunda posguerra. Entre cuyas virtudes, dicho sea de paso, destaca una claridad expositiva que produce un efecto balsámico en el lector. Al menos para quien por gajes del oficio está obligado a lidiar con la prosa, mezcla de oscuridad y pura banalidad, que se ha apoderado de la disciplina con funestas consecuencias, pues está haciendo de la conversación académica un ejercicio a veces incómodo, otras veces insoportable y las más de las veces imposible.
Entrando en materia, el libro señala sin ambages un problema: una situación de declive de la democracia que ha instalado en la sociedad la percepción de que la democracia existente es una “democracia insuficiente”. Delimita un contexto histórico al que se circunscribe el campo de análisis: el mundo occidental posterior a la crisis económica de 2008. Se trata de un contexto importante en la medida en que señala dos fenómenos que se retroalimentan. Por un lado, la quiebra de la idea de progreso como afirmación de la civilización liberal que encontró su confirmación en la caída del comunismo soviético. Por otro, un tiempo fértil para el cultivo del populismo y el radicalismo que ayuda a entender el ascenso electoral de nuevos partidos de izquierda y derecha. Y explicita un método de trabajo propio de la disciplina: si el concepto de democracia ha perdido su capacidad para convocar a los ciudadanos con un significado claro y distinto sobre su naturaleza, se impone un análisis que arroje luz sobre qué usos e interpretaciones han sembrado la confusión que hoy domina nuestra conversación política.
La gran teoría política de la segunda posguerra utilizó de forma intensa pares contrapuestos de conceptos, a modo de antinomia, como instrumento de análisis para entender la quiebra de la democracia y el auge del totalitarismo en el periodo de entreguerras. Por ejemplo, Isaiah Berlin hizo famosa la contraposición entre la “libertad positiva” y la “libertad negativa”; Michael Oakeshott contrapuso “la política de la fe” a la “política del escepticismo”; Karl Popper enfrentó las ideas de “sociedad abierta” y “sociedad cerrada”; F. A. Hayek hizo lo propio con las ideas de “orden espontáneo” y “orden construido”. El profesor Ángel Rivero continúa este camino. Afirma que la confusión actual que se cierne sobre el concepto de democracia tiene que ver con la coexistencia de dos formas de entender el fenómeno –dos conceptos de democracia, por decirlo al estilo de Isaiah Berlin– que bajo el mismo nombre señalan dos formas muy distintas de entender un modo colectivo de ejercer el poder, su naturaleza y sus límites.
El libro, como su propio subtítulo indica –“Populismo, autocracia y polarización”– toma en consideración un amplio abanico de problemas que caracterizan los procesos de degradación de la democracia y que en otros tiempos propiciaron su quiebra efectiva. No obstante, si hay un hilo conductor que conecta todos los capítulos es la presencia de esta distinción, poderosa y brillante, de dos tipos de conceptos de democracia enfrentados. De un lado, la “democracia liberal” como procedimiento de organización colectiva compatible que asume derechos individuales como límite a la voluntad general. De otro, una “democracia iliberal” que presupone que el ejercicio de la voluntad general no ha de tener límites si quiere considerarse una democracia plena. El primer modelo ha llevado históricamente a sociedades libres; el segundo modelo, dadas las inclinaciones autoritarias de quienes lo reivindican, se perfila como el molde en el que se forjan las sociedades populistas y colectivistas donde las libertades occidentales se agostan.
Sentadas las bases de esta distinción –que opera como la clave de lectura que da acceso a todo el programa que despliega el libro–, el profesor Rivero nos lleva con mano maestra por el pensamiento de los autores de la tradición liberal que ya advirtieron, cada uno en su registro, el peligro que se cierne sobre las sociedades que olvidan que la democracia sin límites al poder siempre deriva en autoritarismo. En estas páginas se encuentran y conversan sobre el particular la escuela de Salamanca, Locke, Montesquieu, Tocqueville, Mill, Berlin, Sartori y Oakeshott, entre otros, de quien el profesor Rivero toma su receta para superar la polarización que debilita la política y degrada la democracia: la política como conversación. A saber, como proceso de toma de decisiones que busca, a través del consenso, integrar a quienes piensan diferente y tienen intereses encontrados en un proyecto común que haga compatible el ejercicio del poder colectivo con la salvaguarda de las libertades individuales y el pluralismo consustancial a las sociedades modernas. ~