A veces, cuando observa a una mujer, se convierte en ella y la conoce mejor, comprende sus impulsos ocultos. La mirada, junto con algún rasgo deslumbrador de la persona, hace que sucumba a la vida que experimentará. No es práctico, porque a veces debe resolver asuntos en la Secretaría como para cargar el peso de alguien. Le sucedió hace poco, al abordar un taxi; conducía una mujer de rasgos varoniles. Cuando le preguntó a dónde iba, su voz le pareció dulce, pero resguardaba un dolor soterrado, era algo que nadie más reconocería. Podía ver su carné adherido a la ventana, se llamaba Prisca Méndez. No estaba impreso su segundo apellido. Los ojos de ambos se encontraron en el espejo retrovisor y entonces pasó: se convirtió en ella, recogiendo personas en la ciudad llamándose Prisca.
Aquello duró una semana entera. Por fortuna, su jefe, el Subsecretario de obras, estaba fuera de la ciudad durante aquel peligroso periodo de taxista imaginario. Luego de acomodar todos los papeles que el Subsecretario debía firmar a su regreso, recibir las flores en su casa, vigilar la instalación de las nuevas persianas eléctricas y pagarle al afinador de pianos, el resto de la semana la pasó acompañando al chofer a los pequeños mandados. En esos trayectos fue más Prisca que el resto del tiempo; lograba ver la vida a través de los ojos de esa mujer, actuando como ella actuaría. Su puesto implicaba ser el secretario del Subsecretario. Las obligaciones eran pequeñas y repetitivas: coordinar la vida doméstica de las dos casas que poseía su jefe –la grande y la chica–. En la grande vigilaba que el jardinero, el chofer o las mujeres de la limpieza hicieran su trabajo, se encargaba de pagarles de forma quincenal. A veces hacía la tarea del único hijo del Subsecretario a cambio de una jugosa propina que también garantizaba su silencio.
La mayor agitación de su empleo consistía en llenar el refrigerador de la modelo que vivía en la casa chica con los mismos productos bajos en sodio, sin azúcar, que vendían en distintas tiendas especializadas. Lo más importante era asegurarse de que no existiera comunicación entre la casa chica y la grande. Aunque ambas mujeres se conocían, era necesario mantener sus vidas paralelas, con él y el propio Subsecretario como únicos comodines. La modelo fue la culpable de esa extraña tendencia a encarnar mujeres y vidas ajenas.
De manera estricta, su puesto tenía un lugar fijo en las grandes oficinas de la Secretaría, recién construidas. Así fue durante el periodo de la administración pasada, cuando su padre aún vivía y ocupaba la misma plaza de toda la vida, adherida al sindicato. Gracias a esa plaza su padre le había permitido dedicarse a la difícil profesión de actor de teatro, pues la heredaría, tal y como ocurrió.
Aunque no era mucho dinero, aquella plaza podía robustecerse, evolucionar conforme siguiera los protocolos marcados en el escalafón de la Administración Pública. Pero, así como podía crecer, también estaba sujeta a la conveniencia cada cambio de gobierno; el actual no lo requería en la oficina, sino resolviendo la vida doméstica del Subsecretario, cosa muy favorable, pues podía seguir la carrera de actor. Su jefe estaba al tanto de aquellas ambiciones y sabía lo difícil que era vivir del aplauso del público, tan caprichoso; incluso había ido a un par de sus presentaciones mostrándose solidario y entusiasta.
Cuando conoció a Brenda Bowles le pareció más guapa en persona; su imagen aparecía en las revistas de moda, incluso había comenzado a actuar en telenovelas. Ella no tenía chofer –a diferencia de la esposa legítima– y el departamento en el que vivía era modesto comparado con la casa grande. La indicación que recibió del Subsecretario fue la misma para ambas casas: ocuparse de ellas, pero Brenda valoraba la independencia y solo requería comida estrafalaria. Procuró parecerle simpático y volverse indispensable; no le costó trabajo, pues Brenda Bowles, pese a su fama, era bastante sencilla de trato, si la lista de sus alimentos estaba completa.
Entonces comenzó la época de sequía. Así la nombró. No conseguía ningún papel en el teatro, tampoco pedían su voz para anuncios comerciales ni su presencia como extra en filmaciones. La sola idea de que una modelo le diera propina a un actor, le pesaba. Su pobre rol de secretario del Subsecretario comenzó a entristecerlo al grado de sentirse pequeño e insuficiente. Le parecía ilógico que, pese a los doce años de experiencia en distintos escenarios, no lograba que se fijaran en él. Peleó con su agente, que además era su único amigo. El descontento iba más allá, pues durante la sequía se le hizo odioso el hecho de que siempre hubiera tenido los mismos papeles que requerían rasgos físicos que él cumplía: le daban roles de maleante o de loco.
Se sentía desesperado, culpaba al prejuicioso ámbito del espectáculo. Envidiaba a los compañeros de generación cuando aparecían en cartelera y, al mismo tiempo, detectaba la gran crisis de los espectadores, que casi no acudían al teatro y se limitaban a consumir mediocres productos televisivos. Gracias a su difunto padre no padecía hambre, pues tenía la plaza heredada en la Secretaría y un techo asegurado, pero estaba hambriento de actuar. Cuando lo rechazaron para interpretar al capitán Garfio en una modesta producción de corta temporada, desesperado, decidió pedirle consejo a Brenda Bowles.
–Mándame unos cuantos videos sencillos donde interpretes algún personaje que te interese y con gusto te digo lo que pienso –ordenó ella, como si fuera la gran actriz.
Aquello trajo una serie de revelaciones muy dolorosas al margen del ego herido. Se dio cuenta de que no tenía a nadie que le ayudara con la tarea encomendada por la modelo y ese detalle propició que su orfandad se volviera casi tangible. No tenía a quién acudir. Y de no ser por su trabajo, no hablaba con nadie. Además, descubrió que el tiempo de la sequía le había agriado el carácter. Cuántas expectativas había puesto en su talento; se reprochó la soberbia y la estupidez. Dentro de poco dejaría de ser joven y ni siquiera obtendría los acostumbrados papeles de maleante. Para colmo, una modelo sin preparación teatral le daba consejos, no solo propinas.
Al fin se atrevió a pedir ayuda a una vecina. En tres horas hicieron los videos para Brenda Bowles. A manera de agradecimiento, intentó invitarla a cenar, pero ella se rehusó pues debía hacerse cargo de su padre, que ya dependía de ella. Propuso prepararles una cena, pero la chica lo cortó en seco.
–No me lo agradezcas, no es nada –y se metió a su casa.
Él se quedó un poco decepcionado de no poder amistarse ni con los vecinos, pero creía que los videos impresionarían a Brenda Bowles gracias a sus gestos bien estudiados y su elocuencia. Con suerte ella lo recomendaría, le abriría una puerta.
–Tu interpretación es sosa. Escogiste personajes trágicos, pero no veo su dolor en ti, repites las frases y no las siento, no me conmueven.
–Eso es muy grave –dijo él.
–Creo que no comprendes a tus personajes, o no los abarcas. Pareces actor de escuela, ¡sal y observa a la gente en la calle!, ahí está el verdadero dolor en todo momento; fíjate en sus miradas, la mayoría lo esconde ahí. La única manera de reproducir un dolor real en escena es comprenderlo y hacerlo tuyo.
Los comentarios de la modelo fueron grandes petardos llenos de verdad; le parecieron tan profesionales y coherentes que no dejó de observar aquellos ojos verdes en busca de su dolor. Ella fue el primer ensayo en aquella técnica que debía aprender. Brenda Bowles de inmediato se dio cuenta, como una veterana actriz.
–¿Ya lo viste? Aquí está, obsérvalo –le dijo, acercándose y poniéndose muy seria. Durante un par de minutos, no logró sentir nada más allá del aliento oloroso a café recién bebido de la modelo–. No te desesperes, siénteme.
Venció su nerviosismo y se concentró en esa mirada. Poco a poco, la soberbia fue transformándose en inocencia, el contorno de los ojos antes firme e impasible fue cediendo, dando paso a un brillo distinto, casi infantil. Un pequeño nudo en la garganta tomó forma mientras ella parpadeaba y, segundos después, unas inmensas ganas de llorar lo sacudieron. La modelo sollozó.
–Así. Siénteme.
–Pero…
–Sin palabras, no lo arruines. Primero siente, luego interpretas el texto.
Acto seguido, acabaron en la cama, consolándose.
–Espero que sepas que esto no se repetirá, te ayudé a ver el dolor y luego uno necesita compensar. Ni una palabra a nadie. Recuerda que pierdes más tú que yo –le advirtió.
Al salir de la casa chica se sintió liviano, casi feliz; no por haber estado con la novia de su jefe, claro, sino por razones estrictamente artísticas. Tampoco se creía poseedor de méritos especiales, pues aquello había ocurrido de forma tan natural que, más que una aventura clandestina, lo veía como un favor mutuo entre colegas.
Amaneció altivo, desordenado. En el trabajo se mostró imperioso con el chofer y la propia esposa del Subsecretario. Cuando pasó frente al gran espejo de la casa grande, se descubrió a sí mismo imitando la forma de caminar de Brenda Bowles: mentón elevado, espalda muy erguida y zancadas amplias, seguras, con un ligero meneo de cadera. Aquello lo espantó, pero sintió un verdadero terror al constatar que había subido de peso; de pronto todos eran más delgados y esbeltos que él. Conforme el día avanzaba, crecía su incomodidad con la ropa: le parecía corriente, vieja, y además le apretaba en los peores lugares. Siguió trabajando, aunque le molestaba todo: le faltaba volumen aquí y allá, mientras la carne le sobraba en otras partes. Decidió saltarse la comida y salir a correr por lo menos dos horas.
Ya en casa, mientras cenaba palitos de apio, sintió por Brenda una ternura tan inesperada que dejó el plato a medio comer, temió haberse enamorado, pues la comprendía, sentía su dolor, producto de una guerra eterna contra su propio cuerpo. Quedó tan impresionado como satisfecho; creyó haber alcanzado un grado más alto en su carrera al tocar la esencia de la modelo, donde, además, no encontró mucha afinidad con el Subsecretario, aparte de la obsesión por comer sano y la alegría de conceder entrevistas.
Al día siguiente, volvió a sí mismo, pero comenzó a poner en práctica esa observación minuciosa al salir a la calle. Su nueva facultad era muy selectiva. No le interesaban los hombres, los encontraba insípidos, tampoco cualquier mujer. Aunque ahora era capaz de ver el dolor de la mayoría, solo podía sentir aquel que se asomaba, involuntario, en los gestos más cotidianos. Supo que estaba ante un nuevo tipo de actuación, donde no requería telones, proscenios, gente de iluminación, ni vestuario, mucho menos las órdenes de un director quisquilloso. En esta nueva carrera –que le pareció mucho más artística y satisfactoria– no dependía de un público ni de contratos, las obras podían extenderse el tiempo suficiente como para crear una empatía cada vez más grande. Ya no añoraba los escenarios, pues los tenía enfrente.
El gran teatro imaginario lo montaba él a su antojo, donde era al mismo tiempo actor y espectador; cumplía con todas sus obligaciones, pero bajo la personalidad de alguna mujer, actuando como ellas lo harían. No requería aplausos, su mayor aliciente era llegar al centro de lo humano, tocar la carne tierna de cada personalidad, ese centro agridulce, saborearlo y reproducirlo. Cuando creía haber llegado a la gran verdad detrás de cada una, sentía una enorme satisfacción y detenía la obra.
Encarnó los papeles de una barrendera, una cantante de ópera, una vendedora de bienes raíces, una maestra de kínder, la publicista de la Secretaría… y ahí comenzó a perder el control. Se dio cuenta cuando soñó con campañas que arrojaban tremendas cifras de popularidad. La avidez de aquella mujer, esas invencibles ganas de lucirse y brillar lo asquearon. Eran las mismas que él había experimentado antes del nuevo arte. Además, hasta ese momento él había podido suscitar la caída del telón, volver a sí mismo con facilidad. Luego conoció a la manicurista que atendía a la esposa del Subsecretario, y aquello por poco desata funestas consecuencias para su honor, pues en una junta no logró dejar de mirar las uñas del propio Subsecretario, corroídas por el salvajismo de arrancarse la cutícula a mordiscos en momentos de decisiones trascendentes. Se sintió tentado a sacar sus limas y accesorios, pues esas manos impresentables no iban con el gallardo semblante de su jefe.
Si el dolor era la ruta para comprender a las mujeres, ahora debía poner atención y no meterse en una vida demasiado seductora que le quitara las ganas de regresar a sí mismo. En un elevador, pensó: Oh, no, eso no, no quiero ser una monja. Pero fue inútil. Sabía que, por haberla contemplado unos cuantos minutos de forma tan intensa, él sería una monja varios días. La delicadeza de su semblante y esa figura regordeta y satisfecha se habían apoderado de él. Fue una monja y se sujetó las imaginarias faldas negras contra la impudicia del viento. Comenzó a caminar con paso de santo.
Fue el colmo, pues en toda una semana no había logrado dejar de interpretarla. El centro de la monja era violento, se salía de control en las ventas de buñuelos y rompope; acababa peleando con los clientes o las otras monjas a la menor provocación y, por otro lado, todo el tiempo quería rezar. Decidió poner fin a tan peligrosas actuaciones. Le costó mucho volver a su pellejo. Compró unos lentes oscuros creyendo que le impedirían observar el dolor de las mujeres; aquello no debía durar más.
Ahora está perdido bajo la esencia de tantas personas, al grado en que no reconoce sus propios gustos, sus manías. La etapa de actuaciones trascendentales le ha cobrado un alto precio, pues ni siquiera se tiene a sí mismo. El vértigo es constante a la hora de vestirse, le es imposible decidir qué ropa llevar, le parece que vive camuflándose, extraviado. Y ha empezado a padecer calambres en el bajo vientre cada veintiocho días. Le queda una sola opción: acudir a la casa chica.
–Disculpa la hora, Brenda, pero estoy desesperada. Perdón, desesperado. Ahora no soy yo mismo, soy todas al mismo tiempo, soy quienes he interpretado.
–¿No te protegiste?
–No sabía que…
–¡No te enseñé cómo protegerte! Ven, para que recuperes la virilidad.
Brenda Bowles le extiende la mano y lo guía a su recámara. Camina tras ella como si fuera a ingresar a un quirófano, convencido de que ahí le extirparán el problema. Presiente que la solución será la misma de antes; pero al abrirse la puerta, en la cama de la modelo está el Subsecretario, sin camisa y sonriente. ~