El arte de paternar

Parece imposible hablar de un solo Alejandro Zambra, pues su obra al menos dibuja a dos escritores distintos. En libros como Poeta chileno y Literatura infantil aquilata, con un nuevo aire, la cotidianidad vista desde la experiencia de ser padre.
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Entre otras virtudes, Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) es un escritor relevante porque su obra, al cumplir su autor cincuenta años, da principio de dos maneras distintas. Una, minimalista, con Bonsái (2006) y con La vida privada de los árboles (2007), apostó por empezar a escribir donde otros terminan, ofreciendo formas traslúcidas con afán de perfección, para ahorrarse, en cansino gesto posmoderno, las fatigosas subidas y bajadas de la montaña rusa donde, gracias a la tracción eléctrica de un armatoste de feria que bien podía equiparse con la tradición literaria, el tripulante o conductor era irrelevante: alegre ante el vértigo, se dejaba llevar y asumía que todo puede terminar en una aparatosa catástrofe o solo en una tarde tonta en el parque de atracciones.

Para hablar de un favorito de Zambra –y mío también–: Georges Perec fantaseó (o me dio la impresión de querer hacerlo) con que Un hombre que duerme (1967), en su brevedad y contundencia, hiciese innecesaria la edificación posterior de un verdadero mundo en La vida: instrucciones de uso (1978). Por ello, Bonsái esun libro argumental: si todo ya está dicho, que sea suficiente entonces con enumerar los argumentos: “No quería escribir una novela, sino un resumen de novela”, dijo Zambra en Bonsái.1 Lo que Leila Guerriero, en el epílogo de la última edición del libro, la de 2022, considera un golpe de genio, a mí me sigue pareciendo un típico gesto de adolescencia al desdeñar a la literatura antes de practicarla. Esa mueca es tan vieja, en todo caso, como Perec o como Stéphane Mallarmé. Tan es así que en Bonsái, la novela del caduco escritor a quien el protagonista sirve de amanuense, acaba por titularse “sobras”.2

Si Bonsái es agradable, bonitillo y da ternurita, La vida privada de los árboles, que le siguió, me alarmó por jactancioso. Tan satisfecho estaba Zambra del éxito de Bonsái, que se daba el lujo de comentar, en esa siguiente novela, el comentario, cuando esas exquisiteces solo se las puede permitir quien ha dejado grandes poemas (no es el caso de Zambra) o ensayos extraordinarios (en cambio, No leer, de 2010, está entre la mejor crítica literaria de este siglo latinoamericano). Lo diamantino en los Cahiers, de Paul Valéry, queda autorizado por La joven parcaEl cementerio marinoMi Fausto o por Monsieur Teste, y no al revés.

Convencido de que Zambra era de aquellos que prefieren comentar la literatura, empezando por la propia, antes que practicarla, tras No leer, que reseñé con simpatía, no volví a leerlo hasta el 2023, cuando fui invitado a Santiago de Chile para hablar –con motivo de los cincuenta años del golpe militar del 11 de septiembre de 1973– de las novelas escritas en torno a aquella asonada criminal. Leí, entre algunas de ellas, Formas de volver a casa (2011), donde el tono menor ya no ocultaba la arrogancia de sus primeros libros, sino era una decisión moral y estilística mucho más interesante, la de narrar, como diría algún psicólogo, las “constelaciones familiares” ante la Historia, donde se habla de los hijos de una clase media que sobrellevó los años pinochetistas, sin ir más lejos de la prudencia, el acatamiento, el miedo o la escasamente disimulada complacencia.

Para aventurarme a hablar de cómo Zambra I se volvió Zambra II, ante mis ojos de lector, debo cometer la primera de dos observaciones autobiográficas que me permitiré en estas líneas. Cuando, hacia 1974 y 1975, empezaron a llegar los niños y los jovencitos del exilio chileno a la Ciudad de México y algunos de ellos se convirtieron en mis condiscípulos, al mismo tiempo que en amigos íntimos, en las escuelas que solidariamente los acogieron, y empecé a frecuentar sus casas y conocer a sus familias, me sorprendió una pregunta insólita para un niño mexicano de esa época y de una ciudad ya enorme como el entonces Distrito Federal: “¿Y tú, ‘mi hijito’, de quién eres hijo?” Pues de mi papá y de mi mamá, respondía azorado, ignorante de que los recién llegados, que yo frecuentaba, eran representativos de la endogamia aristocrática de la dirección política en el exilio de la Unidad Popular. Venían de Chile, un país largo, pero con pocos millones de habitantes, provinciano en comparación a México y donde las élites políticas eran aún más cerradas que aquí.

Formas de volver a casa, de Zambra, leído casi cincuenta años más tarde de esa experiencia adolescente mía, me pareció una resuelta disonancia frente a la sinfonía dinástica de cierta literatura chilena (a veces de la mejor) que va de los Edwards a los Gumucio, por ejemplo; explicación tranquilizadora, porque el Chile que conocí personalmente a partir de mi primer viaje en 1990, al cual le han seguido más de diez visitas, no era exactamente aquel retratado en las remotas sobremesas familiares del exilio, ni desde luego lo es actualmente: siempre he creído que el drama Allende/Pinochet fue un coletazo de la Guerra Fría fatalmente ajeno a lo que fue y es Chile.

Pero ¿cómo el orfebre Zambra, autor de Bonsái, tomó el aire, balzaquiano por genealógico, de Poeta chileno (2020) y de Literatura infantil (2023)? La explicación me parece estar en unas pocas páginas de Facsímil. Libro de ejercicios, donde Zambra, con mayor provecho que en sus meditaciones arbóreas de la primera década del siglo, se empeña, pero en serio, como estilista: entre Perec y Valéry, ahora sí, le saca provecho al comentario, imitando y parodiando la Prueba de Aptitud Verbal que hasta 1994 se les aplicaba en Chile a los aspirantes a la educación universitaria, con un par de páginas que siguiendo la onda expansiva de Formas de volver a casa, donde el autor de ese otro experimento, en el “Texto no. 3”, le pide a un hijo imaginario que pueda, precisamente, “experimentar, cuando quieras, la libertad de actuar sin mi vigilancia, el placer inmenso de ensayar una vida sin mí. E incluso, decidir, por ejemplo, si fuera necesario, borrarme” y se pregunta, el padre en potencia, “no sé si mi vida tendría sentido sin ti” y “no creo que mi vida tenga otro sentido que acompañarte”.3

Poeta chileno se desprende de esas frases por completo y cuenta la historia, a la vez legendaria y contemporánea, de un hijo poeta –Vicente– que tiene un padre y un padrastro (poeta fracasado) en distintas épocas de una vida, la suya, que apenas alcanza unos veinticinco años al final de una novela transcurrida en los años de oro de la Concertación entre la Democracia Cristiana y la izquierda al comenzar el siglo XXI, culminando con las protestas estudiantiles de 2011. Novela mayor que es una averiguación en la llamada copaternidad o en la “padrastría” (palabra inexistente para la rae, según Zambra), como la que yo ejercí durante una década con un niño santiaguino en la Ciudad de México (segunda observación autobiográfica que hizo que Poeta chileno, por reflejo e identificación, me conmoviera hondamente).

En Poeta chileno, la paternidad es condición de la que se desprenden el erotismo, la ruptura matrimonial, cierta calculada y bienvenida misoginia, así como una reescritura de la saga del poeta chileno, que ya no es la de Pablo Neruda y Gabriela Mistral, y el centenario Nicanor Parra comparte apellido y protagonismo con el librero Sergio Parra, pero todavía aparecen viejos recios como Armando Uribe o bardos comunistas olvidados y los versos de Raúl Zurita o Gonzalo Contreras o Jorge Teillier brotan sembrados con buena mano. Todo ello en el ánimo de desmitificar al “poeta chileno” en su equivalencia prototípica con el chef peruano, el futbolista brasileño o la modelo venezolana.4

Pero Poeta chileno, tan reseñada y alabada que me doy cuenta de que llego tarde a la fiesta, es sobre todo el cuento de esa educación sentimental del joven poeta Vicente (iniciación amorosa incluida), pasmado ante antologías poéticas de su generación que equivalen aquí y allá a las guías telefónicas, dice Zambra. El suyo es un libro a contar entre las no muy abundantes novelas sobre la paternidad que conoce la literatura moderna, escribiendo con astucia, sentido del humor y otro sentido que estaba fatalmente ausente en Zambra I, constreñido a la orfebrería: el sentido del suspenso. Ese recurso permite que la previsible reaparición del padrastro Gonzalo (frustrado en su vocación de poeta en parte por compartir apellido con el gran Rojas, el de Lebu y exiliado académico en Nueva York) sea manejada con harta pericia. El destino del hijo poeta Vicente será hacer del padrastro/poetastro, otra vez, un poeta, cumpliendo, de manera distinta, con la sentencia de William Wordsworth: el niño es el padre del hombre.

No suelo leer previamente las solapas o terceras de forros de Anagrama porque siendo por lo general sustanciosas y atractivas presentan a cualquier autor como “el nuevo Proust” o adelantan, pecado imperdonable, el desenlace de los libros y por ello creí que Literatura infantil, de Zambra, era una novela que dialogaba con Poeta chileno, como La vida privada de los árboles con Bonsái. Es, más bien, un libro de relatos donde el primero, que da título al libro, es una nouvelle de cien páginas en cuya sola reseña me concentraré, aligerando mi trabajo e impidiéndome festejar un texto como “Introducción a la tristeza futbolística”, un clásico de la curiosamente poco estudiada, en un mundo supuestamente patriarcal, condición masculina.

“Literatura infantil” es un “diario de paternidad” o una “carta al hijo” según dice con acierto la proverbial solapa, que en efecto no solo dialoga con Poeta chileno, sino que es la empática respuesta que Zambra da a las madres –como su esposa– que actualmente han declinado la maternidad en el verbo “maternar”, entrando el escritor chileno, radicado en México, en esa “política de la vida cotidiana” que obsesionó a los militantes de los años setenta, con aquel feminismo al centro, y ha renacido, en una dilatada metamorfosis, en este primer cuarto del medio siglo.

Cada generación alardea su revolución cotidiana, aunque algunas, según los tiempos, alardean más que otras. Justa fue la indignación de las madres nacidas en el cénit del siglo pasado o antes –digamos que la generación de mi madre– cuando aparecieron, hará una década, nuevas progenitoras que traían la novedad, nada menos, del “parirás con dolor” y denunciaban a la maternidad como una forma recurrente de la servidumbre voluntaria.

Por un lado, fue una buena noticia que las nuevas madres escuchasen a filósofas como Hannah Arendt o psicolingüistas como Julia Kristeva sobre la ausencia, hasta ese momento incomprensible, de reflexiones de hondura sobre la maternidad en el feminismo. Por otro lado, como lo demuestra “Literatura infantil”, la paternidad ha cambiado tanto, sobre todo desde 1968 y en las clases medias que son, como se sabe desde el XIX, el surtidor discreto pero seguro de las transformaciones sociales, que al verbo maternar siguió, casi de inmediato, su correlato masculino. Ya no es necesario leer biografías de escritores modernos o escuchar, en México, cómo fueron las infancias de los hijos de Efraín Huerta o de José Revueltas para saber que el padre como figura únicamente dominical, incluso en los medios más teóricamente afines al feminismo, es un papel en remisión.

El tono autobiográfico de “Literatura infantil” va más allá, lo escribe Zambra, de las convenciones manidas de los libros de autoayuda que solo “sensibilizaban” a los señores y se interna, sin pudor, en las cursilerías propias de Babyland, que, si se les permitían a las madres, no veo por qué han de estar vedadas a los varones, como cuando nuestro autor espera ser recordado con la frase “mi padre fue mi verdadero padre”.5

No por ser padre primerizo el narrador –respeto la convención de que no es precisamente Zambra el protagonista de su relato– deja de ser escritor y hace la diferencia entre la “literatura infantil” como exitoso género literario específico –alguna vez fui a la feria del libro del ramo en Bolonia y para mi sorpresa no había un solo niño sino miles de lectores adultos, célebres autores y grandes editores, junto a atareados agentes literarios– y “la infancia” cuya recuperación es el propósito de la literatura, según un Charles Baudelaire citado, en “Literatura infantil”, en compañía de Teillier, Bruno Schulz, Gabriela Mistral y Jacques Prévert.

Del Zambra genealogista de Poeta chileno pasamos en Literatura infantil a un Zambra sentencioso, que va desde admitir, con honradez, que la paternidad puede ser una monomanía hasta el fino hallazgo de que los hombres solo conocemos verdaderamente a nuestros amigos, no tras haber compartido años de “borracheras memorables”, confesiones y complicidades que parecían decirlo todo, sino cuando los acompañamos una tarde ejerciendo de padres.

Zambra entrevera su reflexión con la narración de cómo una aventurilla lisérgica lo lleva a anticiparse el modo en que gateará su hijo con un poema, el problema de cómo leen los niños si es que lo hacen y de cómo funciona la “amnesia infantil”, también conocida como “memoria nutricia”, es decir, la manera en que procesamos lo vivido antes de los tres o cuatro años de vida, cuando se empieza –dificultosamente– a “recordar”, ya que, fiel a sus clásicos, Zambra nos remite a Valéry: “Las lagunas son mi punto de partida.”6

La de Alejandro Zambra es una obra en la que, como en las novelas de Álvaro Enrigue o en los cuentos y poemas de Fabio Morábito, se presenta, como dijo Charles Péguy en sus Cahiers de la Quinzaine, a “los padres de familia” como los “grandes aventureros del mundo moderno”.7~

  1. Zambra, Bonsái, Barcelona, Anagrama, 2006, p. 88.
    ↩︎
  2. Ibid., p. 66.
    ↩︎
  3.  Zambra, Facsímil. Libro de ejercicios, pp. 79-80.
    ↩︎
  4. Zambra, Poeta chileno, p. 274.
    ↩︎
  5.  Zambra, Literatura infantil, p. 19.
    ↩︎
  6. Ibid., p. 85.
    ↩︎
  7. Charles Péguy, Pensamientos, traducción de Marcelo Sánchez Sorondo, Ciudad de México, Premiá Editora, 1992, p. 45. ↩︎


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