Demoliciones

AÑADIR A FAVORITOS

También la mansa nostalgia tiene sus enemigos. En mi último viaje a México, al pasar por donde viví parte de mi niñez —una casa de la Colonia del Valle copiada de un diseño de Walter Gropius—, justamente cuando iba a mostrarle a mi hijo con orgullo el lugar preciso del recuerdo, capté con alarma que, en vez de casa había ahí un agujero parecido al que se abre donde se alzaban las Torres Gemelas de Nueva York, pero, claro, de modestísimas proporciones y con basura. Todo recuerdo es un tesoro salvado a la destrucción. La casa de mi memoria juvenil convertida en cascajo y muladar, eso era aquel hoyo.
     La ciudad me tenía reservada otras sorpresas. Primero, un hotel gigantesco donde antes se erguía el discreto Hotel del Prado. Este nuevo hotel no es que esté mal, sino que es ordinario, lo común por todas partes, lo esperable y lugarcomunesco (¿de dónde sale que, a mayor altura del lobby, mayor precio del cuarto?) El Hotel del Prado era otra cosa, ése sí tenía sabor peculiar, originalidad, refinamiento en el arte de vivir (que es, supongo, lo que esperamos de un hotel). Dirán ustedes que ese hotel lo tumbó el temblor, me dicen a mí que no: que aunque quedó dañado, se podría haber salvado, pero se aprovecharon los deterioros para demolerlo.
     Así que temo por el Hotel Reforma, otro lugar que, puesto que tiene valor artístico e histórico, está amenazado de destrucción. París es París porque no tiran nada, todo lo remozan y mantienen para dar lugar a la gloriosa ciudad palimpsesto. México es México porque todo lo hemos demolido, para ganar algo de dinerito (que es, al parecer, lo único en que podemos pensar). ¿Se imaginan ustedes lo que sería ese Centro Histórico nuestro si hubiera tenido un mínimo de mantenimiento periódico? Todavía podrían, sin embargo, salvarse muchas construcciones antiguas y modernas (por ejemplo el edificio del Cine Hipódromo), pero parece muy ingenuo concebir esperanzas: los bárbaros están entre nosotros, los hemos maleducado con diligencia y son ya producto nuestro.
     Poco después, la misma historia: pasábamos junto al parque de beisbol, el Parque del Seguro Social, y ya no estaba allí. En su lugar, pues sí, el hoyo de siempre. Pero al mirarlo una carga de profundidad detonó en mi memoria y fantasmas muy viejos salieron de nuevo al campo de juego. Fue más o menos así:
     Vinicio García, palabras mágicas de un conjuro, Vinicio García, el nombre resonó con nitidez allá adentro en la caverna de la memoria, volví la cabeza, atrás, atrás, entre ecos y más ecos del espacio de la niñez. No llegaba solo el fantasma, con él aparecía un sistema articulado: el sol inmenso en el diamante, los trajes a rayas, todas las figuras perfectamente quietas, inmóviles, y bajo la gorra de lana, la mirada reconcentrada de Mamerto Dándrich y de Martín Dihigo, y por allá la sombra homérica del zurdo Ángel Castro con el tolete en la mano, y Epitacio Mala Torres frotando la esfera de plata, entre Ramón Bragaña, el Chile Gómez, Joshua Gibson, monumentales los tres, ocre la manopla, inmóviles todos, y de pronto la voz del Mago Septién anuncia, incorruptible en el caracol del oído, el principio del mundo: una gloria en el hueco de la mano, la esfera blanca echa a volar, allá va, bola de nudillos y la gravitación universal del hit and run y el destino griego del 3 y 2 entre señas jeroglíficas de la gran tortuga, el sacrificio ritual, Prometeo roba la tercera, y Beto Ávila, manso como trovador provenzal, entra de caballito. Y así sigue. Una canción muy vieja, se desplaza en peregrinación de la memoria. Un oasis, un árbol de placidez que vino a visitarme.
     Supongo que el beisbol, donde quiera que se siga jugando, es aún tan apasionante como cuando jugaban en el Viejo Parque Delta los legendarios peloteros mexicanos y caribeños mencionados en el texto, pero yo no tengo ya la pureza infantil necesaria para captar su grandeza. Ésa es, claro, otra demolición, pero interna. El beis, de cuando en cuando, por la televisión, me sigue gustando. ~