El psiquiatra británico Iain McGilchrist ha dedicado un voluminoso libro a demostrar que hay una estrecha relación entre el cerebro dividido en dos hemisferios y la historia del mundo occidental. El punto de partida es una historia narrada por Nietzsche en la que un gran maestro requiere para extender su influencia espiritual de un emisario, un visir que acaba volviéndose más poderoso que su mentor. El hemisferio derecho es el gran maestro y el emisario es el hemisferio izquierdo. Hay dos mundos generados por ambos hemisferios y dos formas opuestas de relacionarse con la realidad. Son dos formas de experiencia que luchan por el poder. La primera parte del libro expone las diferencias entre los hemisferios casi como si fuesen personas, es decir, una sola conciencia que encarna en dos voluntades diferentes y en gran medida opuestas, pero que se ven obligadas a coordinarse. Es una lucha por el poder de dos entidades desiguales, la superior es el hemisferio derecho pero que se encuentra sometido por el hemisferio inferior, que es el izquierdo.
El hemisferio izquierdo ve las cosas independientes de su contexto como piezas separadas de información, mientras que el derecho comprende la totalidad, tiene una visión amplia, vigilante y atenta a las señales del entorno. El hemisferio izquierdo es impersonal y abstracto, es estático y fragmentado en compartimentos. El hemisferio derecho identifica expresiones emocionales, no comprende lo abstracto más que en su contexto, y es el responsable de un sentido coherente y unificado del yo. El hemisferio izquierdo es conceptual, instrumentalizador y está centrado en la sintaxis y el vocabulario. El hemisferio derecho usa como su expresión natural a la música y se especializa en la comunicación no verbal. McGilchrist ve al izquierdo como el hemisferio del qué y al otro como uno del cómo. El hemisferio izquierdo construye las imágenes en forma lineal, secuencial y unidireccional. En contraste, el derecho es el único que entiende metáforas y se basa en la emoción y la experiencia. Del lado izquierdo dominan las razones, en el derecho lo hacen las pasiones. El izquierdo es el mundo de la individuación y en el derecho domina la coherencia.
McGilchrist habla de un chauvinismo del hemisferio izquierdo que cree que está en control, aunque se basa en el hemisferio derecho. Su superioridad se sostiene en incapacitar al hemisferio derecho. Mientras el derecho está en contacto con el mundo vivo, el izquierdo es como un libro guardado en un estante: es estático, selectivo, organizado, revisitable y encerrado en fronteras precisas; es como un extracto congelado de la vida que solo despierta al ser leído. Este hemisferio izquierdo es competitivo y busca el poder, es la esfera del habla frente al hemisferio derecho que no tiene voz pero en donde dominan los afectos.
He resumido aquí muy sucintamente la tesis de McGilchrist, que se fundamenta en una enorme cantidad de referencias neurológicas sobre la asimetría del cerebro, un hecho muy explorado. Lo que es propio de McGilchrist es que ha construido con la información científica dos grandes bloques que fundamentan su interpretación del funcionamiento del cerebro y que usa para explicar la naturaleza humana y el desarrollo de la cultura occidental como la expresión de estos dos mundos conformados por los hemisferios en que se divide la masa encefálica. También es característica de McGilchrist esta personificación de las dos esferas, aunque él advierte que no quiere reducir los hemisferios al comportamiento de dos personas. De hecho, como veremos, las ha reducido más bien a dos personalidades divinas, siguiendo a Nietzsche, a Apolo y a Dionisos. Otro problema que se desprende de su peculiar interpretación radica en que su descripción entera de los dos bloques fundamentales del cerebro humano tiene toda la apariencia de haber sido generada en gran medida por el hemisferio izquierdo de su propio cerebro, aunque constantemente critica el despotismo de ese lado. No nos explica cómo pudo liberarse de esa tiranía, que es la misma que le ayuda a construir una interpretación global enfocada en los hemisferios como piezas separadas y abstractas detectadas por la racionalidad científica. La teoría de McGilchrist se basa en los hechos reales que muestran que los dos hemisferios funcionan de manera diferente; pero el problema es que ha convertido esas diferencias en un modelo total para entender tanto la naturaleza humana, la conciencia y el comportamiento, así como la historia, la cultura y el pensamiento de la sociedad occidental.
En la segunda parte despega de las funciones neuronales para volar hacia los efectos de la asimetría del cerebro en todo el mundo europeo, desde la antigüedad grecorromana hasta nuestros días. Divide el mundo en dos esferas o tendencias, la apolínea y la dionisíaca, que como señalé corresponden a los dos hemisferios. La historia del mundo occidental refleja el creciente pero accidentado dominio del hemisferio apolíneo. Nos presenta una sofisticada reducción de la vida social y cultural a un determinismo neuronal que cruza los siglos y que se expresa en una dualidad casi mecánica provocada por las peculiaridades de los hemisferios. Se trata de una historia de Occidente vista a la luz de la polaridad neuronal, llena de recovecos, vueltas, tensiones e ilusiones, muy bien narrada y estimulante por sus numerosas sugerencias. Pero, a fin de cuentas, es una rígida reducción a un determinismo cerebral expuesto con la lógica y el rigor que atribuye al muy racional hemisferio izquierdo.
Describe con agilidad el periplo del hemisferio derecho, el que cree pero no sabe, y que tiene que depender del otro, el izquierdo, que sabe pero no cree. La historia es atractiva pero no es creíble desde mi punto de vista, seguramente emanado de la izquierda neuronal. Reconoce que, en el mundo antiguo, hubo cierto equilibrio, pero Apolo fue gradualmente dominando. Cree que en el Renacimiento hubo un predominio de la derecha dionisíaca, aunque al final hay un énfasis en el lado izquierdo. Cree que la Ilustración culminó en las ideas de igualdad, libertad y fraternidad, pero convertidas en abstracciones gracias a la izquierda apolínea. Con alegría cree que el Romanticismo manifestó el dominio del hemisferio derecho, pero la Revolución Industrial se convirtió en el más audaz asalto del cerebro izquierdo contra el mundo del derecho. Cree que con el Modernismo llega un exceso de conciencia y de lo explícito que predominan sobre lo que necesita permanecer implícito e intuitivo; hay una despersonalización y una enajenación que nos despoja del cuerpo y del sentimiento empático, a lo que se agrega una disrupción del contexto, una fragmentación de la experiencia y una pérdida de la mediación.
La conclusión del libro nos ofrece una descripción de cómo sería un mundo completamente dominado por la izquierda del cerebro: fragmentado, con las individualidades aplastadas, lleno de resentimiento, con un énfasis en la igualdad y la uniformidad. Políticamente, en este mundo habría un gobierno que buscaría el control total, que aplastaría la libertad individual y menospreciaría la responsabilidad de cada persona. Lo razonable sería remplazado por lo racional. Habría una falta de fuerza de voluntad como forma de autocontrol, pero una mayor voluntad en el deseo de manipular y en la codicia adquisitiva. Esta distopía ocurriría si el emisario traiciona a su maestro, y McGilchrist confiesa que es difícil resistir llegar a la conclusión de que el propósito del emisario se encuentra cerca. Reconoce que el emisario es un buen sirviente, pero un maestro muy pobre. Pero no todo está perdido debido a que hay tres aspectos de la existencia humana que debilitan al hemisferio izquierdo: el cuerpo, el alma y el arte, que son los vehículos del amor. Tiene una vaga esperanza en que la cultura oriental, que no ha sido sometida por la izquierda cerebral, pueda contribuir a liberar al mundo del despotismo del hemisferio apolíneo. Si Oriente se escapa de esta dominación, nos hace pensar que McGilchrist cree que la cultura es capaz de restaurar la hegemonía de la derecha cerebral. Pero su tendencia a intercalar extensas digresiones constantemente hace difícil entender dónde radica su esperanza en que nos escapemos de la tiranía.
En su traducción al español este libro tiene unas mil páginas. Quiero advertir al lector que si quiere acabar de entender la teoría de McGilchrist deberá leer en inglés las más de 1,500 páginas de la continuación de su argumento en su siguiente libro, The matter with things. Our brains, our delusions, and the unmaking of the world (2021). Yo ya comencé la lectura de este segundo volumen, pero no estoy muy seguro de terminarla, pues es muy repetitivo y está lleno de divagaciones. Una reseña escrita por el médico y filósofo Raymond Tallis (“Left-thinking people”, publicada por Literary Review en abril de 2022) nos indica que está dirigido a los creyentes del Evangelio de los Dos Hemisferios, y que contiene una crítica reduccionista al reduccionismo (algo que ya hace también en el libro que reseño aquí). No deja de ser inquietante esta expresión tan atractiva de un determinismo dogmático con tintes religiosos. ~