El hoyo en la cerca: micromundos siniestros

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Aún en 2004, el director M. Night Shyamalan era considerado el nuevo genio de los relatos sobrenaturales con giros de trama inesperados. Ese año, sin embargo, el estreno de La aldea (The village) provocó un cisma entre los seguidores del director. Críticos que hasta entonces habían elogiado su cine escribieron sobre la nueva película con el tono de quien se siente personalmente agraviado. (Hasta el influyente Roger Ebert, usualmente más receptivo a propuestas que sus colegas más reputados veían con desprecio, publicó una diatriba en donde llamaba a La aldea “un error colosal”, con una premisa “que sería risible de no ser tan solemne”.)

La película habla de una comunidad que vive al interior de un bosque, temerosa de las criaturas malignas que acechan alrededor. Por la vestimenta, costumbres y habla de los personajes, se sugiere que la historia se sitúa en Nueva Inglaterra, en los siglos XVIII o XIX. Casi todos los aldeanos han tenido avistamientos fugaces de monstruos cubiertos con capas rojas de las que se asoman unas garras gigantes. Según cuentan los llamados “mayores” (los primeros habitantes), estas criaturas son capaces de devorar a quienes intenten atravesar el bosque para hacer contacto con los humanos de “afuera”. Los adultos no se cansan de advertir a los más jóvenes del peligro.

Buena parte de los detractores de La aldea la llamaron “absurda”, refiriéndose a los motivos escondidos de los mayores. Me escudo en los casi veinte años que han pasado desde el estreno de la película para –advierto– revelar giros: los temidos monstruos eran un invento de los fundadores de la aldea, quienes se disfrazaban así para dar más sustento a su historia. Shyamalan remata la cinta con un segundo giro: la historia sucede en pleno siglo XXI. Cuando a una invidente se le autoriza salir del bosque para buscar medicinas, el policía que la encuentra investiga el porqué de su aspecto arcaico. Así, descubre que en los años setenta un profesor de historia convenció a un grupo de alejarse de sus contemporáneos y fundó una comunidad que, en teoría, mantendría a sus descendientes seguros. Su fantasía utópica, sin embargo, no logra blindar a la aldea contra la tragedia, y un accidente causa la muerte de uno de los jóvenes. Astutos, los mayores utilizan esto para elevar el nivel de miedo: “aquellos de quienes no hablamos” –como llaman a las criaturas– se han cobrado una víctima. No hay nada que justifique volver a salir.

Como ha pasado con muchas películas que en su momento fueron divisivas, hoy La aldea es considerada una película incomprendida y subestimada. Yo confieso que es una de mis favoritas de Shyamalan. Nunca me pareció absurda –mucho menos inverosímil–. Incluso creo que la aversión que generó en varios termina por confirmar la tesis de la película: es preferible creer en un peligro abstracto y monumental que aceptar que hemos sido víctimas de un engaño pedestre y vulgar. Más allá de sus particulares –los disfraces estrafalarios, el remedo de inglés antiguo, la solemnidad que irritó a Ebert–, la película de Shyamalan tocaba un tema de horror: la práctica de sembrar paranoia con fines de manipulación.

Fue imposible no pensar en La aldea y en su reivindicación cuando, el año pasado, el mexicano Joaquín del Paso presentó su segunda película (primero en el festival de Venecia, después en el de Morelia). Titulada El hoyo en la cerca, narra el viaje de campamento de los alumnos de una escuela privada. Apenas bajan del camión que los lleva al bosque, son advertidos por sus profesores de nunca cruzar la cerca que separa su territorio del pueblo aledaño. Los locales –dicen los maestros– viven en condiciones tan malas que son capaces de cualquier cosa. Lo que en La aldea es un giro que busca sorprender a la audiencia, en El hoyo en la cerca se revela pronto: para hacer creíble el peligro, los profesores les dicen a los jóvenes que han sido invadidos por “alguien”. Reclutan a un pueblerino afectado en sus capacidades mentales para que juegue el rol de invasor y disparan escopetas al aire para fingir una “cacería” de locales malintencionados.

Podría pensarse que la comparación con La aldea trivializa la denuncia social al centro de El hoyo en la cerca. La primera película, dirán algunos, es solo un divertimento que juega con elementos fantásticos, mientras que El hoyo en la cerca aborda el racismo sistémico en México. Respondería que, aunque no lo haga explícito, La aldea tiene un sustento ideológico: critica a la tentación reaccionaria de volver a un pasado “mejor”. Sobre todo, emparento ambas películas porque me parece que El hoyo en la cerca gana cuando se acerca a la fábula y se aleja de la denuncia obvia. Sus mejores imágenes y secuencias son aquellas en las que Del Paso confía en que la sola premisa de un micromundo artificial y sellado es suficiente para generar terror. En el mismo sentido, la historia cae en el didactismo cuando el guion se preocupa por subrayar quiénes son los villanos. Sucede en la escena en que los padres de uno de los juniors (el papá, interpretado por el propio Del Paso) hablan despectivamente del único alumno moreno de la escuela –y lo hacen en presencia de él–. No es que el desprecio sea inverosímil (en la realidad mexicana es casi lo común), pero la puesta en escena, con el niño presente, apela a sentimientos más propios de un melodrama. La historia también tropieza cuando los diálogos traen a la superficie el subtexto de la película (“¡No rompamos el halo protector de las élites!”, grita un profesor en medio de un juego de roles). El título mismo de la película es una metáfora que cobra sentido a lo largo del relato; no era tan necesario insistir en su significado. Salvo por momentos así (en realidad, pocos), El hoyo en la cerca logra construir un universo siniestro que, por un lado, nos resulta cercano y, por otro, se inserta en una veta de la mitología del horror.

Las primeras imágenes de la película muestran un paisaje idílico –un bosque verde con volcanes de fondo bajo un cielo azul intenso– con músicaídemde fondo. Aunque secuencias más adelante sabremos que la historia transcurre en Santa Cruz Otlatla, en Puebla, estas tomas sugieren que ese lugar es una especie de paraíso en la tierra. Algo cierto, pero solo para los alumnos del Centro Escolar Los Pinos, una escuela privada católica para hombres que, por sus altas colegiaturas, “garantiza” a las familias que sus hijos van a convivir solo con gente bien. El nombre de la escuela puede simplemente hacer referencia a los árboles de la región, o bien, aludir a la casa que durante casi noventa años fue residencia presidencial. También puede ser coincidencia que los alumnos tengan apellidos como “Salinas” o “Calderón”. En todo caso, las secuencias siguientes dejarán ver que ese lugar de pajaritos cantores está cercado por una valla metálica. En la entrada hay un mensaje grabado en madera que refuerza la idea de que el alumnado es un grupo de elegidos: “Todo lo que no te lleva a Dios es un estorbo –arrójalo y tíralo.” Como detalle intrigante, al final de la película el mismo letrero tiene escrito un mensaje distinto: “¿No crees que la igualdad, como la entienden, es sinónimo de injusticia?” Ya sea un error de continuidad (lo dudo) o que la historia sugiera que el mensaje cambia para despedir a los niños, queda claro que el profesorado usa la religión como herramienta de segregación social. Por un lado, refuerza un conservadurismo ideológico que alienta el machismo, la homofobia y un racismo que se disfraza de caridad. A los pobres se les “ayuda” pero no se les ve como iguales. En el mejor de los casos, se reconoce que viven en condiciones precarias; en el peor –el que ilustra la cinta– se asume que esto los convierte en maleantes. Se da por hecho que son abusivos, estafadores y salvajes. Cuando los profesores proponen a los alumnos salir al pueblo para donar víveres, la visita toma el cariz de una ofrenda para asegurar la paz. Lo preferible es mantenerlos a raya, como a las criaturas del bosque en la cinta de Shyamalan.

Lo que lleva a otro de los paralelos entre aquella película y El hoyo en la cerca: las ventajas que ven ciertos líderes en inventar supuestos enemigos –entre más incivilizados, mejor–. Cuando uno de los alumnos se aleja del grupo –y eso amenaza con exhibir la estrategia para sembrar paranoia– uno de los profesores lo “desaparece” definitivamente. Al igual que en La aldea su ausencia se usa como pretexto para insistir en la conveniencia de fortalecer lazos. Del Paso, sin embargo, va todavía más lejos: una vez adoctrinados, los alumnos dan por hecho que su compañero ha sido secuestrado. Sin que sus profesores lo sepan, forman una jauría que irrumpe en las casas del pueblo y hacen algo que supera en barbarie a cualquiera de los comportamientos que habían atribuido a sus “enemigos”. En estas secuencias, la expresión extasiada de los chicos sugiere que la desaparición de su compañero es el menor de sus móviles. Son violentos porque pueden serlo –tienen todo de su lado, incluso la venia de Dios.

Es notable, por ejemplo, que uno de los juegos diseñados por los profesores, el llamado “rally de las banderas”, alienta a los niños a pintarse la cara, empuñar lanzas de madera y jugar a ser miembros de una tribu salvaje. En esas secuencias, El hoyo en la cerca evoca otro clásico del horror: los juniors de Los Pinos descienden al primitivismo de los niños náufragos de El señor de las moscas. En la adaptación que hizo Peter Brook de la novela de William Golding, uno de los niños propone que la bestia que ronda la isla sí existe –pero son ellos mismos–. “¡Tonterías!”, responde furioso el futuro líder de la facción asesina. Quien conozca la historia, recordará que los niños provenían de una escuela católica. Mientras que en El hoyo en la cerca la creciente brutalidad de los menores alterna con sesiones de rezo, a lo largo de la versión de Brook se escucha a un coro infantil entonando una canción griega que repite la letanía “Señor, ten piedad de nosotros”. Aunque los contextos de las películas son distintos, la yuxtaposición de beatitud y crueldad es más que perturbadora. Si el Dios cristiano está en todas partes, no queda duda de que su rival también. ~

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