El idioma analítico de Cosío Villegas

En sus estudios históricos y en sus ensayos políticos, Daniel Cosío Villegas fue dueño de una prosa que, aunque familiarizada con el lenguaje experto de la economía, la sociología y el derecho, construía los textos a partir de recursos literarios.
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El historiador mexicano Daniel Cosío Villegas (1898-1976) perteneció a una brillante generación de humanistas latinoamericanos que emprendieron la profesionalización de la historia y las ciencias sociales a mediados del siglo XX, sin provenir ellos mismos de un campo académico especializado. Fue aquella una generación transicional, formada por intelectuales como José Luis Romero en Argentina, Sérgio Buarque de Holanda en Brasil o Leví Marrero en Cuba, que llegaron al campo académico con un estilo de escritura endeudado con la gran tradición ensayística latinoamericana.

La prosa de Cosío Villegas fue siempre ensayística: tanto en sus estudios históricos como en sus ensayos políticos. No se trataba de un ensayismo literario como el de Alfonso Reyes o Pedro Henríquez Ureña o filosófico como el de José Vasconcelos o Antonio Caso. Pero sí de un ensayismo que, a pesar de estar familiarizado con el lenguaje experto de la economía y la administración, la sociología y el derecho, construía los textos a partir de recursos literarios, tomados, sobre todo, de la narrativa.

A partir de la experiencia de Buarque de Holanda, el historiador y diplomático brasilero Luiz Feldman ha explorado el dilema de la renuncia al ensayo en el arranque de la profesionalización académica a mediados del siglo XX. Si en los primeros textos de Cosío Villegas, sobre cuestiones arancelarias, monetarias y sociológicas, ya se reflejaba aquel dilema, a partir de sus ensayos políticos fundamentales de los años cuarenta y, sobre todo, sus estudios históricos académicos, con la edición de los primeros volúmenes de la Historia moderna en los años cincuenta, la apuesta por una escritura a medio camino entre lo analítico y lo literario será evidente.

El volumen sobre la “vida política” –concepto que habría que repensar con mayor cuidado– de la República Restaurada adoptaba desde sus primeras páginas una composición teatral. Primero se describía la “escena” de la restauración republicana, tras el fusilamiento de Maximiliano en el Cerro de las Campanas y la entrada triunfal de Benito Juárez a la Ciudad de México el 15 de julio de 1867. Luego la “coreografía” o la danza de un México que, sin enemigos externos, debía reconstruirse políticamente a partir del legado liberal de las Leyes de Reforma y la Constitución de 1857. Finalmente, el “bailete” que montaban los propios coreógrafos del liberalismo mexicano.

Con evidentes juegos poéticos, Cosío Villegas llamaba “primera tormenta” a la crisis postelectoral de 1871 y la revuelta antijuarista del Plan de la Noria de Porfirio Díaz. Intentaba captar el reemplazo de militares por civiles y la reorientación del gasto de defensa en el presupuesto federal, en favor de la educación y las comunicaciones, con la frase “encógese Marte”. A las múltiples cortapisas que se pusieron a la Constitución del 57, para hacerla manejable por los gobiernos de Juárez y Lerdo, las definió como “relajamiento constitucional”, una expresión que en vano buscaremos en tratados jurídicos o políticos.

En los volúmenes sobre el porfiriato, que abarcaban 34 años en lugar de los nueve de la República Restaurada, Cosío Villegas tuvo que subdividir la “vida política” en “vida política interior” y “vida política exterior” y a esta última, a su vez, en dos tomos: uno dedicado a las relaciones con Guatemala y otro a las relaciones con Estados Unidos, España, Francia y Gran Bretaña. En la “Sexta llamada particular”, escrita en octubre de 1962, en medio de la Crisis de los Misiles en el Caribe –otra vez, como en el teatro, el historiador entendía los prólogos como llamadas a escenas–, que antecedió al primer tomo de la historia diplomática del porfiriato, hizo esta anotación que no carece de interés: “si he incluido esos países y he dejado fuera, digamos, a Rusia y a Cuba (tan de moda hoy), no es precisamente por miedo, sino por la razón pura y simple de que con esos países tuvo México sus relaciones políticas importantes”.

En el tomo sobre Guatemala la escritura alcanzó verdaderos destellos de humor. El sesudo Matías Romero era bautizado como “Matías, el Aventurero”, el acápite sobre la creación de la embajada de México en Guatemala, siendo canciller José María Lafragua, se tituló “Vulcano y Lafragua”, el capítulo sobre Justo Rufino Barrios, líder liberal guatemalteco, se llamó “Justo, caudillo y mártir”, como la novela de Miguel de Unamuno, y la famosa cumbre entre Guatemala y El Salvador, en el limítrofe volcán Chingo, para intervenir en la guerra civil hondureña, en 1876, se narraba a partir de la letra del tango “Ya no cantas chingolo”.

Títulos similares se repetían en el volumen sobre Estados Unidos: “Magdalena, la Ingrávida”, sobre los intentos de colonización y establecimiento de bases carboneras en la bahía Magdalena y de expansión de Estados Unidos hacia la Baja California Sur, en 1883, 1907 y 1911, o “Los tres mosqueteros”, que aludía a los tres funcionarios diplomáticos que quedaron en México, tras la revuelta de Tuxtepec, en las embajadas de Gran Bretaña, Francia y España: los encargados de negocios de Madrid, Sebastián de Movellán, de París, Ernest Burdel, y el cónsul británico Frederick Glennie.

Según Cosío Villegas, fueron aquellos funcionarios menores los que mantuvieron a flote las relaciones internacionales del país durante la transición de la República Restaurada al porfiriato. Conocedor de la burocracia mexicana, el historiador prestaba atención no solo a grandes figuras de la política exterior –los cancilleres Lerdo de Tejada, Lafragua, Vallarta o Mariscal, por ejemplo– sino a vicecónsules, encargados de negocios y oficiales mayores, como Emilio Velasco y José Fernández, a quienes no dudaba en llamar “héroes” de la diplomacia moderna en México.

Del gran esfuerzo investigativo de Cosío Villegas en el proyecto colectivo de la Historia moderna de México salieron dos libros suyos, Estados Unidos contra Porfirio Díaz (1956) y La Constitución de 1857 y sus críticos (1957), que tuvieron una importante recepción historiográfica. Mejor recepción, podría decirse, que la propia Historia moderna que, como recapitulara Charles Hale, recibió acusaciones de exceso de prolijidad y regodeo en detalles insignificantes por parte de Luis Chávez Orozco y otros historiadores. Muchos de quienes deploraron aquel exceso de historia en la obra de Cosío Villegas en los años cincuenta eran los mismos que una década atrás habían atacado sus brillantes ensayos políticos en Cuadernos Americanos,por una supuesta falta de perspectiva histórica.

En esos ensayos, “La crisis de México” (1947), “México y Estados Unidos” (1947) o “Los problemas de América” (1949), que luego se reunieron en el volumen Extremos de América (1949), rotundamente actual, se proponía una certera radiografía política de la naciente Guerra Fría en todo el continente americano. Valdría la pena juntar un glosario de los términos que Cosío Villegas utilizaba para caracterizar los diversos regímenes políticos en aquella América Latina de mediados del siglo XX. Es ahí, tal vez, donde habría que encontrar las claves de un lenguaje que, al final de su vida, el historiador aplicaría al propio sistema político mexicano.

Ahí hablaba Cosío Villegas de regímenes “más o menos tiránicos”, entre los que podrían incluirse los de Trujillo en República Dominicana, los Somoza en Nicaragua o los Duvalier en Haití, pero también, más en el “menos” que en el “más”, a Getúlio Vargas en Brasil y a Juan Domingo Perón en Argentina. Observaba una tendencia progresista y un respaldo masivo en el varguismo y el peronismo, que los distinguían de las dictaduras militares más tradicionales, inscritas en la estirpe caudillista de Porfirio Díaz en México, Juan Vicente Gómez en Venezuela o Augusto Leguía en Perú.

Además de los “regímenes más o menos tiránicos”, identificaba los “regímenes más o menos democráticos o revolucionarios” ¿A cuáles tenía en mente? Entre los democráticos, evidentemente a la Venezuela de Rómulo Betancourt y Rómulo Gallegos, al Chile de Gabriel González Videla, a la Colombia de Mariano Ospina y a la Cuba de los gobiernos “auténticos” de Ramón Grau San Martín y Carlos Prío Socarrás. Por último, los regímenes “más o menos revolucionarios” muy probablemente se refirieran al México de Miguel Alemán Valdés y a la Guatemala de Juan José Arévalo.

Así como en su estilo de historiador Cosío Villegas jugaba con giros de la narrativa y el ensayo, en sus textos políticos evitaba la jerga de la naciente politología. Su lenguaje se afincaba en la filosofía política clásica, pero incluso desde esos referentes operaba con gran flexibilidad ideológica. Siendo un liberal resuelto, rechazaba “las acciones anticomunistas” de gobiernos como los de Estados Unidos, durante el macartismo, o Chile, en tiempos de la dictadura de Augusto Pinochet, porque son “antidemocráticas y han llegado a ser hasta criminales”.

En sus últimos ensayos, El sistema político mexicano (1972), El estilo personal de gobernar (1974) y La sucesión presidencial (1975), refinó ese idioma analítico. En uno de ellos, por ejemplo, sostuvo que el México presidencialista y de partido hegemónico no era una dictadura ni una democracia. La “organización política” del país era “sui géneris”, “impura”, pero ni una cosa ni la otra, lo cual otorgaba a la experiencia mexicana, como país testigo de la primera revolución latinoamericana del siglo XX, una cualidad mediadora en la Guerra Fría.

En otro momento definía el sistema político mexicano como una “monarquía sexenal y hereditaria por vía transversal”, es decir, a través del dedazo y su acatamiento por el partido hegemónico. Partido “predominante” que, por no ser único, diferenciaba al régimen mexicano de la Unión Soviética, los socialismos reales de Europa del Este y Cuba. A su vez, ese partido producía una burocracia civil renovable, inexistente en las últimas dictaduras militares de América Latina y el Caribe.

Aquel talante en la escritura de Cosío Villegas no le impidió cuestionar frontalmente a presidentes de la república, como Luis Echeverría, en sus memorables columnas de los viernes en Excélsior. En una de esas columnas, la titulada “Don Luis: político o politólogo”, del 22 de noviembre de 1968, entró de lleno en el problema del lenguaje. Ahí decía que el buen político, y mencionaba a dos, Franklin Delano Roosevelt y Charles de Gaulle –¿por qué no habrá mencionado también a “mi general Cárdenas”, quien, a su juicio, fue el verdadero creador del partido oficial, con sus sectores obrero, campesino y militar?–, debía tener “ideas generales propias”, pero no aspirar a ser un científico político.

El historiador invitaba a concluir que la politología no era la única forma de pensar y escribir sobre la política de un país. Reprochaba justamente a los politólogos, obsesionados con las tipologías de los regímenes, no haber comprendido la naturaleza del cardenismo, que, a su juicio, se reducía con frecuencia a corporativismo. Peor que un político sin ideas era un político aprendiz de politólogo, que presenta el duro camino de la democracia en México como un “sendero tiernamente rosado”. ~


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