El pulpo

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Esta pequeña bestia,
ataviada a la usanza del lecho submarino,
toda ella nervio y piel,
toda músculo y carnes barnizadas
con las mismas tinturas
que el limo y el sargazo, que peñas, atolones
y cuantas formas tejen el paisaje del mar,
se aglutina, serpea, flota como un fantasma,
como un lienzo en el bóreas
feroz de la corriente.

Se sabe por su especie, por su taxonomía
AnimaliaMolluscaCephalopoda–,
que es un animal; pero su trazo,
su engañoso perfil cuando relaja
los nervudos cordajes de su cuerpo,
lo vuelve más oscuro, lo coloca en el linde
de lo inclasificable:
podría ser una planta,
un blando mineral,
un ser de otra galaxia,
un cielo constelado que palpita
al ritmo vigoroso de sus tres corazones.

Al verlo interactuar
y advertir cómo encrespa
la revuelta espiral de sus tentáculos,
se llega a comprender que los antiguos
encontraran en él un monstruo aterrador
octopus giganteus, rezaba el buen latín–
capaz de sumergir grandes navíos,
de aventurarse a tierra y devorar,
como contaba Plinio,
las salmueras del cónsul con sus dientes
de trescientas sesenta pulgadas de espesor.

Tan sombrío y misterioso
como la densa noche
en que suele envolverse si hay peligro,
el pulpo vive siempre entre dos mundos,
habitando lo mismo nuestros mares
que el agua fabulosa de la mitología.
Lo demuestran así: la realidad tangible
y aquel pintor de Edo
que lo soñó abrazado
a la bella mujer del pescador. ~

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