El reverso de la escritura literaria

Alfabetos desesperados

Catalina Porzio

Laurel

Santiago de Chile, 2020, 192 pp.

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Había una vez un coleccionista de arte que tuvo el lujo de invitar a su casa a Leonora Carrington, pintora de la cual tenía un gran acervo. La artista no tardó en distinguir, dentro de la colección, una obra que no reconocía, y al acercarse tuvo la seguridad de que se trataba de un plagio. Airada, la surrealista tomó un marcador y escribió en el reverso de la obra “este cuadro es falso. la autora. lc”. Tiempo después, la colección (cuadro falso incluido) llegó a las manos de la Galería de Arte Mexicano, donde su falsedad se hizo canon y la obra se quedó ahí, empolvándose por un cuarto de siglo. Eventualmente llegó el artista Gabriel de la Mora y, en aras de su proyecto Originalmentefalso, añadió la obra al acervo del mismo, reintegrándola así al mercado como pieza suya. Así llegamos a la creación de esta ficha: “L. C., 2011. Marcador sobre tela en pintura falsa invertida, 91.5 x 61.6 cm.”

Quise empezar la reseña de un libro sui géneris con esta anécdota que lo conecta con un proyecto y una estética singulares, porque lo primero que hace es estimular una serie de preguntas: ¿cuál es el sustento para la legitimidad de una obra de arte?, ¿podemos decir, efectivamente, que una pintura es falsa cuando cumple el ser óleo sobre tela y parecerse, aunque sea mínimamente, a un original?, ¿cómo estableceríamos este tipo de procesos en la escritura literaria, y de qué manera se podría justificar su filiación al arte? Estas cuestiones han sido exploradas hasta el lugar común por el conceptualismo y posconceptualismo anglosajones y sus derivados latinoamericanos, como Cristina Rivera Garza o Hugo García Manríquez, con mayores o menores grados de efectividad, y la sola enunciación de estos temas en el espacio público indica el momento de irse a dormir. Sin embargo, las técnicas y los recursos que han surgido de este tipo de preguntas se mantienen vigentes, y han dado lugar a procesos productivos que pueden reintegrarse a discursos menos dependientes del procedimiento conceptual y más “aterrizados”. Ejemplo de esto podría encontrarse en Otro día… (poemas sintéticos), de Verónica Gerber, en las escrituras afiliadas al net.art de Belén Gache, y en el libro que nos ocupa en esta ocasión: Alfabetos desesperados, de Catalina Porzio.

En una entrevista de radio, la autora define su libro como “un conjunto de citas y de ideas en torno al lenguaje frente a la necesidad de comunicación ante situaciones adversas”, y Alfabetos desesperados no se percibe exactamente como un libro de crónica, ensayo, poesía, o incluso como un compendio de textos aislados, sino que toca los linderos de cada género en momentos diferentes e integra el miasma de referencias, ideas, historias e imágenes que contiene en una serie de conceptos que agrupan cada objeto a la manera de un glosario. Así, nos encontramos con apartados como “memoria”, “enfermedad”, “parodia”, “quebranto” y “pelo”, y este acomodo indeterminado facilita que un momento nos lleve a la reflexión intelectual, para que el siguiente nos conmueva a través de un texto vuelto íntimo por medio del despojo de su contexto: si podemos decir que hay alguna lírica en este volumen, es una que se desprende del encontrarse con un fragmento de una historia y no saber qué sigue. Porzio, diseñadora gráfica y especialista en edición por la Universidad Diego Portales, exhibe en esta forma de construir discurso un interés fundamental por el libro como objeto vinculante: en lugar de entender sus apartados como partes temáticas que buscan cierta unicidad, los textos que contienen están reunidos por un vínculo semántico a veces escaso (una palabra, una expresión, un episodio de tortura, un gesto de bondad dentro de la catástrofe).

Así como otros libros que poseen este formato de compendio, de Robert Burton a Walter Benjamin a Kenneth Goldsmith, Alfabetos desesperados apunta todas sus referencias a un problema fundamental: las formas de comunicación que encuentra el ser humano cuando el lenguaje se ve socavado por un límite, sea la imposibilidad física de hablar o la violencia política de la censura. Para desgranarlo, la autora/compiladora nos ofrece referencias de un amplio cast de personajes históricos de muchos caminos de la vida, de sobrevivientes al Holocausto a familiares de desaparecidos por la dictadura de Pinochet, de autores que se mueven en la oscuridad como Giorgio Manganelli a activistas que denuncian de forma clara y precisa como Angela Davis. Nuestra lectura de estos textos, pasados por el ejercicio de recontextualización que Porzio ha curado, hace que el encuentro con ellos sea en sí un ejercicio intelectual: en lugar de leer, como en un ensayo, lo que una voz autoral nos ofrece sobre estas citas o, como en un poema, ser enfrentados con el poder de la escritura en un contexto estético, este libro hace de la cita y la relación intersemiótica elementos más bien operísticos. En lugar de darnos, simplemente, mensajes, historias o conceptos teóricos, nos presenta voces que se suman para mostrarnos un friso amplio de lo que es la comunicación en crisis. El centro del libro es, entonces, la importancia de la gestualidad y de lo físico como posibilidades de vinculación más allá de la palabra dicha o escrita.

Mencionados, entonces, el linaje formal y las curiosidades conceptuales que aportan interés a este libro, valdría la pena regresar a la historia de la pintura falsa. Uno podría preguntarse si, al tener “L. C.” unos cuantos trazos que fueron, en efecto, ejecutados por Leonora Carrington (aun al ser para censurar la pintura), esto convertiría a la pieza de De la Mora en una especie de doble plagio: una obra falsa que, al ser tocada por la artista, se convierte en la original, y, al ser recontextualizada, termina como un original de un artista diferente. El ejercicio de Porzio, tomar de manera prolija palabras de múltiples fuentes y ordenarlas para generar un efecto personal, aún manteniendo la cita, ¿no podría abrirse a este mismo problema? ¿En dónde reside, entonces, el poder de Alfabetos desesperados: en la escritura misma de los autores citados, en la convivencia entre los textos, o en el acto editorial que la autora ha realizado para ordenarlos, posicionarlos unos junto a otros, y darle un nombre a cada sección?

Me gusta pensar que, frente a libros como este y otros ejemplos que ya he mencionado en esta reseña, no nos encontramos (como hubieran querido Rivera Garza en Los muertos indóciles o Goldsmith en Escritura no-creativa) con una nueva noción del autor y la escritura, pasadas por el mundo hiperconectado en el que vivimos, sino que, por el contrario, observamos el punto de caducidad de las nociones modernas de autor y autoría. Este libro, tanto en propósito como en forma, es más cercano a textos medievales o isabelinos en los cuales la escritura se veía más como una posibilidad de abarcar conjuntamente una realidad por medio de percepciones individuales (y por lo tanto, imperfectas), que a la búsqueda de un discurso unificante en el que se llegue a una conclusión estable por medio de retórica. Aun con pocos momentos donde la autora asoma su propia voz, generalmente para narrar historias que ha leído/escuchado en alguna parte y tampoco le pertenecen, este libro se percibe de mayor contundencia que, por ejemplo, Sendero de suicidas (FCE, 2021), poemario escrito por Rubén Rivera que ganó el Premio Aguascalientes este año y depende tanto como el texto que nos ocupa de la presencia de otros autores, aunque de una manera completamente distinta.

Valga la comparación: donde Porzio utiliza múltiples referencias para construir un discurso en el que se pronuncian y mezclan momentos, articulaciones de sentido y gestos autorales específicos, con el propósito de llevarnos hacia un lugar distinto, Rubén Rivera utiliza una enunciación cómodamente poética, los métodos formales y conceptuales que son arsenal básico para cualquier poeta mexicano post-Ómnibus, para mostrarnos una serie de monólogos dramáticos que retratan by numbers a escritores que acabaron con sus propias vidas. Estos retratos, sin embargo, no tienen personalidad alguna, no nos muestran nada de los autores que hablan, y cosifican directamente a los autores que retratan al buscar conectarse con ellos por medio de comparaciones burdas y simplonas: cosa que Catalina Porzio, incluso utilizando las palabras exactas de los autores con quienes trata, no hace. Pero, en fin, esta no es una reseña de Sendero de suicidas, y aconsejo a quien quiera saber más de ese libro remitirse al texto de Zel Cabrera en el blog de la editorial “Libros del Perro” (loslibrosdelperro.com/blog/).

Dicho todo esto, y celebrando como celebro la existencia de un libro que se acerca a formas de escritura usadas de manera prolífica por autores como Maggie Nelson, Anne Carson o María Negroni, pero logra distinguirse completamente de ellas al limitar la voz autoral, la opinión y la persona literaria en pos de una enunciación apenas visible (posibilitada sin duda por la especialidad en edición de la escritora), queda decir que Alfabetos desesperados será un libro atractivo para una fracción sumamente específica del mundo interesado en la literatura. Es un libro que reta y descoloca, que problematiza el concepto de género literario y llega hacia otro sitio al cual muchas veces se intenta aspirar por medio de la teoría, aunque esta siempre termina ahogándose en su propio reverbere. Sin embargo, no dejo de preguntarme qué pensará el lector que entre a este libro sin pensar en las complejidades que enuncia desde su materialidad y desde su forma, más allá de lo que presenta como escritura en sí. En este montón de citas ordenadas de manera extraña, sacadas de contexto, reutilizadas para convertirse en una contemplación de la posibilidad limítrofe de comunicarse frente al estado de crisis, se alcanza a ver la posibilidad de llegar a un arte donde el artista es, más que la figura definitiva y preponderante de la obra, un juego semiótico más, un gesto que nos lleva hacia un lugar diferente, algo original que surge en una galería llena de imitaciones. ~