El testamento de los sonámbulos

Este ensayo sobre la novela centroeuropea, traducido por Ulalume González de León, fue publicado en el número 71 de Vuelta, en octubre de 1982. Esta sección ofrece un rescate mensual del material de la revista dirigida por Octavio Paz.
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Un día, en señal de rechazo al rótulo simplista de “disidente de la Europa oriental”, que se obstinaban en pegar a mis libros, me definí como “un sobreviviente de la última generación de la gran cultura centroeuropea”. ¿En qué pensaba? ¿En la música de Bartók? ¿En Praga, cuna del estructuralismo? ¿En la pequeña aldea de Moravia donde nació Husserl, o en aquella donde Freud llegó a este mundo? Tal vez en todo ello a un tiempo. Pero pensaba sobre todo en la novela.

En la historia de la novela, Francia ocupó durante más de un siglo y sin interrupción el lugar más destacado del escenario internacional. Tras la muerte de Proust fue retrocediendo lentamente, pero con la lucidez suficiente como para lanzar, en los años treinta, la célebre fórmula: “la era de la novela norteamericana” (Hemingway, Faulkner, Dos Passos). Nadie advirtió entonces el surgimiento, quince años antes de Hemingway, de otra iniciativa cuya influencia sería aún más fuerte y durable y que hoy podría permitirme hablar, retrospectivamente, de una “era de la novela centroeuropea”.

Cuatro grandes novelas, dos de ellas escritas en Praga y otras dos en Viena, me parecen haber anticipado y determinado la orientación de ese género después de Proust: El castillo de Kafka (1922), El buen soldado Švejk de Hašek (1923), Los sonámbulos de Broch (su trilogía de 1931) y El hombre sin atributos de Musil (1930-1943).

Con la Primera Guerra Mundial se inició un proceso que aún está lejos de llegar a su fin y que ha resultado fatal para Europa, su cultura y su supervivencia. Las pequeñas naciones de Europa central, sumamente vulnerables, fueron las primeras en resentir sus efectos. La historia ha surgido ante ellas como un monstruo, implacable e inexplicable, contra el que nada podía la voluntad humana. La gran convicción que había sido el fundamento de los tiempos modernos se veía, de pronto, puesta en tela de juicio: ¿puede afirmarse todavía que el hombre, como lo creía Descartes, sea realmente el amo y señor de la naturaleza? ¿No será todo lo contrario? ¿Pero a qué amo obedece entonces, si Dios ha muerto?

Cuando la situación del mundo cambia, cambia también la forma en que la novela interroga al mundo. Proust (como Joyce) nos legó el incomparable descubrimiento de nuestro infinito interior de individuos: el universo de nuestra memoria. Pero Esch y Huguenau (los dos personajes principales de Los sonámbulos) entran en el escenario de la novela alrededor de sus treinta años de edad, sin que nada nos sea revelado del “universo” de sus memorias, es decir, de sus vidas pasadas, como tampoco sabemos nada de la vida de K. O de la vida de Švejk.

“Basta de psicología”, escribiría Kafka. Y la divisa de Broch sería: “Novela gnoseológica en vez de psicológica.” Este cambio de orientación no significa que la psicología esté fuera de lugar o no presente interés alguno en la novela, sino simplemente que ha dejado de ser la pregunta primordial que la novela hace al mundo.

Los grandes novelistas centroeuropeos se preguntan cuáles son las posibilidades del hombre en un mundo que se ha convertido en una trampa. ¿Qué posibilidades tiene el hombre –pregunta más concretamente Kafka– en un mundo burocratizado donde ya no existe vida privada y nos vemos vigilados hasta en el lecho del amor? Y Broch: ¿Qué posibilidades tiene el hombre en el seno de una historia que peldaño a peldaño desciende una escalera hacia su ocaso?

Ni la poesía, ni la filosofía, ni las ciencias humanas bastan para integrar una novela, pero la novela es, en cambio, capaz de integrar en ella a la poesía, la filosofía y las ciencias humanas. La novela encierra la oportunidad de lograr una suprema síntesis intelectual.

La Historia destruyó a la Europa central. Y la gran novela de la Europa central destronó a la Historia.

Hašek la juzgó de una futilidad absoluta. Musil la vio escondida como una fiera que se preparase a saltar sobre el mundo inconsciente. Broch la presentó como un engranaje de lo Irracional. Y Kafka anunció su ocaso, el fin de los tiempos modernos en que el hombre se ve desposeído de la naturaleza y de sí mismo.

Estos novelistas son veinte años, treinta años anteriores a la famosa polémica de Camus contra la Historia (una historia deificada, erigida en juez). Su obra constituye la formidable contracorriente opuesta a las “ilusiones líricas” y a la “escatología revolucionaria” que tan profundamente marcaron a la política y al arte (sobre todo el de vanguardia) europeos.

Yo me identifico (contra un Éluard, contra un Neruda) con esa contraco- rriente antilírica. Y me identifico en particular con la herencia de Broch porque este demostró (contra un Orwell, contra un Zinóviev) que la actitud antilírica (escéptica, desmitificadora) no autoriza al novelista a renunciar a las más altas aspiraciones estéticas: quiero decir, a la poesía. ~