Entrevista a Andrés Trapiello

Entrevista a Andrés Trapiello. “Me siento más lejos de la muerte y más cerca de la infancia”

AÑADIR A FAVORITOS

Andrés Trapiello tiene uno de los proyectos más sólidos y singulares de la literatura contemporánea: la novela en marcha Salón de pasos perdidos, cuya entrega más reciente es Quasi una fantasia. Ha escrito libros de referencia sobre la literatura y la Guerra Civil –Las armas y las letras–, sobre escritores que le gus- tan –Clásicos de traje gris–, sobre Madrid. Ha publicado novelas como La noche de los Cuatro Caminos. Una historia del maquis, Al morir don Quijote Ayer no más. Ha reivindicado y rescatado a muchos autores, ha hecho que leamos a otros más conocidos de una manera distinta, ha modernizado el lenguaje del QuijoteLa Fuente del Encanto: Poemas de una vida (1980-2021) (Fundación José Manuel Lara) es una autobiografía poética que mezcla la memoria, la reflexión sobre el oficio y los maestros, y la antología. Con una combinación de dominio técnico y sprezzatura, muestra una conexión erudita y a la vez apasionada e íntima con varias tradiciones literarias, la capacidad de apreciar la naturaleza y el transcurso del tiempo.

Es peculiar la forma del libro: un relato autobiográfico, sobre su vida y el papel de la poesía en ella, como lector, como escritor y también como una manera de fijarse en las cosas. Y en ese relato se intercalan poemas, muchos publicados, otros inéditos. ¿Cómo se le ocurre, cómo lo ha ido escribiendo?

Un día Ignacio Garmendia me pidió un libro de poemas para la colección Vandalia de la Fundación Lara. Yo no tenía en ese momento ningún libro inédito ni una antología me parecía útil, habiendo ya algunas. Le propuse este, que llevaba en mi cabeza desde hacía algún tiempo. A la manera del Preludio de Wordsworth. En español no recuerdo nada parecido, acaso el breve ensayo “Historial de un libro” de Cernuda. Le pareció bien. Llegó el momento de entregárselo e incumplí ese plazo y dos o tres más. Estaba un poco avergonzado, porque suelo ser bastante cumplidor. Después de muchas requisitorias, aproveché que se estaba editando el último tomo del Salón de pasos perdidosQuasi una fantasia, y lo escribí de principio a fin en un par de meses. Es un libro sencillo, como si se lo estuviera contando a un amigo o a una persona que me importa. Si está todo un poco mezclado, es porque la vida es mezcla y yo no he sabido contar esas cosas de otra manera. Además, el lector seguro que lo va ordenando y seleccionando mientras lee, quedándose con unas cosas y olvidando otras. Los libros no viven en sí mismos, como la maquinaria de un reloj, sino en el corazón y la cabeza de sus lectores, a menudo tanto o más desordenados que los del autor. No obstante, me habría gustado haber tenido más tiempo. Al libro le faltan algunos capitulillos. No pasa nada. Wordsworth fue añadiéndole fragmentos al suyo, algunos muy hermosos. Lo de Cernuda no es muy extenso y tiene mucho de ajuste de cuentas y autovindicación. Me interesa menos. Si hay ocasión iré añadiendo al mío esos remiendos que echo en falta. De no haber sido por Garmendia, seguiría en los incumplimientos. Y añadir esto: los libros, cuando los empiezas, te dan algún quebradero de cabeza. Luego, cuando están escritos, la verdad es que no te explicas cómo han podido escribirse, ni siquiera que hayas sido tú quien lo haya hecho. Así de misteriosa es la poesía.

“Solo he vivido para la poesía, únicamente he tratado de vivir lo más poéticamente que he podido, sin preocuparme gran cosa si la prosa se oía más que la poesía”, escribe. ¿Cómo se comunican su poesía y el resto de su escritura? ¿Cuál es la mayor diferencia?

Una de las cosas que se me olvidó reproducir en el libro, por las prisas, es el poema de Unamuno “El armador aquel de casas rústicas”, de su Cancionero. Cuenta en él cómo Jesús, tras caminar sobre las aguas, dice a sus discípulos unas “aladas” palabras que estos encontraron maravillosas. Como si formaran parte del sueño del que les sacó. Esas palabras, al ser transcritas, perdieron todo su encanto. Y dice entonces Unamuno que el libro es “una tragedia del alma”, porque dichas, no escritas, es como eran mágicas. El encantamiento está en la palabra dicha, la poesía en la vida atenida a la bondad y a la belleza, palabra en el tiempo decía Machado. Si la escribimos es tratando de descubrir el encantamiento del mundo. Esto sirve para los poemas, claro. Pero también para el resto de la obra. El aliento poético, el principio de bondad y belleza, está en todo lo que tiene que ver con la creación. Y en la vida igual. Por lo general si llevas una vida sencilla escribes con sencillez, si llevas una vida barroca escribes barroco. Si vives como Azorín, lo natural es que escribas como Azorín; si vives como Valle-Inclán, escribes esperpentos. No significa nada; hay quien detesta a Azorín y quien adora a Valle. Lo importante es que cada cual escriba conforme a su naturaleza. Si tu naturaleza es barroca, lo natural en ti es ser barroco. Lo que escribo, en mi caso, sea lo que fuere, trata de parecerse lo más posible a lo que soy y lo que soy condiciona la vida que llevo, y no al revés (que también se da el caso de los que se fabrican un personaje y tratan de parecérsele). Vivir poéticamente no es fabricarse una vida como obra de arte ni hacer de la vida una obra de arte, al modo de Baudelaire, y a imitación de este, Oscar Wilde. Ni el arte imita la vida ni la vida imita al arte. El arte, la poesía, la música, es vida, algo vivo. Si no es así solo puede aspirar a ser uno de los saleros de Benvenuto Cellini o alta decoración a lo Mondrian.

“La poesía es en cierto modo la restitución de algo que todavía no es pérdida”, escribe. ¿Puede explicarlo un poco más?

En el momento que empiezas a escribir, generalmente movido por una emoción del momento o por una revelación íntima, lo haces para que esa emoción o ese fulgor permanezcan, y no se evaporen como se evapora todo. Así les ocurre a todos los poetas, grandes y pequeños. A veces llegas al hecho poético en el último momento. Pero el poeta siempre llega a tiempo. La poesía es presencia pura, el pasado y el futuro están en el mismo plano. Y si el poema es feliz no solo no hay pérdida, sino algo muy firme, muy real. La visión de los Montes Azules, en una lejanía incierta, contemplados desde su palacio en Recanati, le hace escribir a Leopardi “El Infinito”, sin duda porque no se resignó a que esa visión tal y como él la sentía se perdiera, y quiso compartirla. Ve el infinito fuera de sí en el paisaje, pero también en su abismo interior, y de esa doble resonancia nace el poema. O el Duero de Machado; el río le debe hoy a Machado tanto como al Urbión. Y cuando la poesía canta lo que se pierde… es para fijarlo eternamente. No hay presencia mayor de la vida que en una elegía, y don Rodrigo Manrique sigue tan presente entre nosotros como el hijo que escribió las Coplas.

“Nunca he sido tan feliz como cuando me han ido echando de los sitios”, escribe. Varias veces habla de que uno escribe eligiendo una especie de camino. En su caso parece que, sobre todo al principio, había una cierta incomodidad con algunas de las tendencias más de moda. ¿A qué se debía, siguió siendo así?

A mí me han ayudado mucho echándome de los sitios de los que, queriendo, me costaba irme. De la casa paterna, del pce(i), de la universidad, de una revista en la que trabajé de negro, de tve, hace poco de un par de periódicos (en este caso fueron expulsiones técnicas)… Unas veces era por falta de energía, a veces por miedo. O porque de pronto le entra a uno vergüenza, como al adolescente que le da corte dejar un guateque, pensando que alguien se lo va a afear. Es posible. También es verdad que las expulsiones en general me las he ganado a pulso. Esto en la vida real. En la literatura y el arte, en cambio, me he ido siempre yo, dando un portazo, más divertido que enfadado: del arte abstracto, de la literatura experimental, de la tontería ultramoderna, de las modas, de las imposiciones de los críticos, de la movida madrileña, de la memoria histórica… Solo siento que no me hayan metido en algunos clubes exclusivos, para irme también, y presumir un poco. Es broma. La verdad es que sí, en las cosas del arte y la literatura me ha divertido ocuparme de “las preciosas ridículas”, ellos y ellas. Las reacciones fueron sin embargo a veces desmedidas. No lo entiendo, porque en el mundo moderno de la cultura los buenos mutis son los que se hacen aplaudir. Que Duchamp le pinte bigote a la Mona Lisa gusta mucho; ahora, que le pintes bigotes a Duchamp, menos. Cuando escribí esto mismo hace cuarenta años tampoco gustó, no sé por qué, porque era bastante duchampiano. Se ve que me quedaban secuelas del vanguardismo, pero hace ya mucho que no me tira la inclinación, que decía Ferlosio, ni piedras en el estanque. Y si lo parece, pues no. Gaya decía: “No soy polémico, resulto polémico.” Las polémicas me aburren. Al que le guste Duchamp, todo para él. Además, ya no tengo ningún sitio de donde irme ni nadie me puede echar de ninguna parte. A mi edad uno ya solo responde ante sí mismo y ante unas pocas personas dispuestas a comprender y perdonar todas tus manías, limitaciones y equivocaciones.

A veces parece que hay una reticencia hacia la teoría y los grandes esquemas. Y a la vez una reivindicación de lo concreto de muchas maneras: de la elección individual, de cierta artesanía del oficio, de la lectura, de la naturaleza (por ejemplo, en poemas como “El gorrión”, en lo que dice del ruiseñor, en “La piedra y el suelo”, en lo que dice de los sentidos), es como un empirismo que lleva a la iluminación.

Lo cierto es que la teoría y los grandes esquemas son los primeros que se quedan pequeños, pasados treinta o cuarenta años. Excepto para los estudiosos de la cultura, no suelen tener interés. La poesía que escribimos trata de parecerse también a la poesía que hemos leído y nos ha emocionado. No hay otra. Todos hemos empezado imitando los poemas que nos emocionaban porque veíamos que hablaban de nosotros mejor que nosotros mismos. Y los poemas que a mí me han gustado son siempre sencillos, desde la Ilíada hasta un breve poema de Emily Dickinson, desde Leopardi a uno de Machado o Juan Ramón. Son poetas muy hondos, pero se nos dan sin muchas teorías ni grandes esquemas. Y la emoción a veces no es más que el temblor de un adjetivo bien escogido junto a un sustantivo, o darle color, un color concreto, a una emoción que parecía abstracta. Algo que tiene más que ver con el instinto (la intuición) que con la ciencia y la academia. Claro que no creo tampoco en el “ingenio lego”. En todo caso, la teoría y el esquema deberían notarse poco, como los glóbulos rojos. Si se ven, es porque te estás desangrando, y eso acabará sin alma.

También se opone a algunos tópicos un poco académicos: a la idea de que con la vida cotidiana no se puede hacer literatura, a la de la intraducibilidad de la poesía, al rechazo a la rima…

¿Qué son la Ilíada y la Odisea sino la vida cotidiana de un puñado de griegos, incluso de dioses? Ni siquiera los dioses pueden privarse de vida cotidiana. Don Quijote no tuvo otra cosa. La vida es solo vida cotidiana, te llames Bonaparte o Nadie, como Ulises. La vida cotidiana de Ulises fue una odisea, las aventuras fueron su pan de cada día… No sé. La literatura está muy sobrevalorada. El principal enemigo de la poesía es la literatura, cuando la literatura trata de “literaturizarse”. Véanse el Endimión o el Hiperión de Keats. Desaparecen al lado de sus extraordinarias composiciones circunstanciales, como su “Oda a un ruiseñor”, poema, por cierto, nacido de un hecho cotidiano al que tampoco dio mucha importancia: olvidó el original, en un trozo de papel, entre las páginas de un libro, y lo encontró un amigo al cabo de un tiempo. La poesía y los poetas suelen echarse a perder por la literatura, por echarle literatura a la poesía y a sus poemas. También la gente, creo, confunde “vida cotidiana” con vida prosaica. Y no son lo mismo. Hay quienes viviendo una vida excepcional por su cargo (el presidente de un país, un papa, pongamos por caso), llevan una vida enteramente prosaica, y quienes viviendo en el anonimato de sus rutinas humildes llevan una existencia única y deslumbrante. Sin ir más lejos, Emily Dickinson. Ella por cierto usaba la rima y la métrica de una manera singular, muy personal. No hay que olvidar que la poesía fue primero canto, canción. En ella la rima era tan importante como la métrica, una manera de ayudar a la memoria a recordar los versos. Mucha de la poesía del siglo pasado acabó con una y otra alegremente, como la música prescindió de la melodía, y acaso ello haya contribuido por un lado al hermetismo y por otro al alejamiento de los lectores, hasta ser minoritaria. Decía Frost que escribir poesía sin rima era como jugar al tenis sin red. En fin, esto nos llevaría muy lejos.

Hay poetas que siempre le acompañan: Juan Ramón Jiménez, Machado, Unamuno. También Dickinson y Pessoa. Del primero dice que le gusta todo, hasta sus defectos y sus manías, que no cambió su escritura sino que le cambió la vida. ¿Por qué son tan importantes para usted?

Todos ellos, y algunos pocos más, nos enseñan a capear la realidad, a no desesperarnos, a buscar un sentido a la vida, cotidiana o no, desdichada o feliz, a redimirla de su ramplonería, y a vivir con naturalidad. Comprendo que haya escritores que quieran vivir “artísticamente”. Acabo de leer el ensayo de Todorov sobre Wilde, Rilke y Tsvietáieva como poetas de “lo absoluto”. Antes que ellos otros, Hölderlin o Baudelaire o Eliot, lo fueron también. Yo, no sé por qué, desconfío un poco de quienes buscan lo absoluto en los absolutos, en legiones de ángeles, en el Infierno, en el Mal, en lo sublime… No sé, se ve que a mí el alma de poeta me la hizo un pobre. Admirando a algunos de esos poetas, me conmueven más aquellos que me descubren lo misterioso en lo más familiar y cercano y lo que de humano tiene todo misterio.

Dice que los tres vértices de la poesía son el amor, la muerte y el tiempo. Los descubre en la infancia, y la infancia es importante en el libro. Luego, por ejemplo, habla de “comprender que la muerte es algo que uno lleva dentro”; la idea de la vida como una representación que es estreno sin dejar de ser ensayo hace pensar también en la muerte y el tiempo. ¿Predomina alguno de los temas en su poesía?

Decía precisamente Rilke que hemos de vivir de modo que merezcamos nuestra propia muerte. Nadie, por el hecho de haber nacido, merecería morir. La vida es demasiado hermosa como para que, habiéndosenos dado, se nos arrebate, a menudo entre sufrimientos muy grandes y desgarros. Solo el amor, hacia las personas y por muchas otras cosas, ciudades, libros, el arte, desde luego, pero también hacia las causas justas y los ideales nobles, nos resarce de la terrible injusticia de la muerte, o sea del supremo desamor. El hecho de que seamos finitos hace que nuestra lucha contra la muerte sea siempre una lucha contrarreloj. Unos se distraen más que otros, a unos se les pasa la vida más rápida que a otros. El poeta es quien acaso vive con mayor atención e insistencia, con un ojo puesto en el amor y otro en la muerte, sin tiempo que perder. La boutade de “lo importante es pasar el tiempo” de Baroja solo tiene sentido si se completa: “lo importante es pasar el tiempo… bien”, con provecho, entre personas de las que aprender, cumpliendo nuestra vida… Solo así la muerte tendrá sentido, para el creyente tanto como para el que no lo es. Y solo así esa muerte que llevamos dentro no nos asustará demasiado. Decía Unamuno algo muy hermoso y verdadero: vive tu vida de modo que tu muerte sea una injusticia. Al principio en mis poemas la muerte se colaba por todas partes, como el aire frío de una puerta mal cerrada. No me hacía a la idea de la muerte o no me resignaba a ella. Pero se ve que la muerte se va acostumbrando a cada uno de nosostros y con los años es ya solo como esos líquenes secos adheridos a la corteza de un árbol, que solo parecen cobrar vida cuando llueve. Cuando muere alguien cercano y querido vivimos más intensamente la pérdida, pero acaso con menor desesperación. En mis poemas de estos últimos años miro las mismas cosas, el amor, la muerte y el tiempo, con otros ojos y una conformidad nueva. Ojos de viejo y ojos de niño a la vez. Es una paradoja, lo sé, pero es así.

A veces asociamos la poesía a una actividad solitaria, y esa búsqueda de soledad está en el libro. Dice algo así como que no es misántropo, pero no le gusta tener que estar con la gente. Y a la vez es un libro sobre ciertas formas de la complicidad: en la admiración o cercanía hacia algunos poetas del pasado, en la amistad, en el amor.

Decía Ramón Gaya: “Me gustan mucho las gentes, pero espero poco de ellas.” Gaya era la persona más solitaria que hayamos conocido, pero tenía un pequeño grupo de amigos, que admiraban su trabajo y la nobleza de su vida, muy difícil y esforzada. Amigos casi todos tan solitarios como él. El buen amigo es el que te da su compañía sin destruir tu soledad. A mí me gusta la gente también. Mucho. De no haber sido así no llevaría más de cuarenta años madrugando para ir al Rastro. Allí no voy buscando solo libros y papeles viejos, busco sobre todo a la gente, las historias… Estas me gustan por lo poco literarias que nos llegan, y las gentes por lo mismo. Pero con los años ha ido uno desarrollando una pequeña misantropía. No sé por qué. Me aburren bastante los ambientes literarios, los hoteles de escritores, los trasnoches, los ciclos de conferencias, los festivales literarios, más de dos artistas por hectárea… En Extremadura se dice que la dehesa la hace sostenible una oveja por hectárea. En una hectárea en la que estemos dos escritores, sobramos uno, y antes de saber quién es, me voy yo. Qué le vamos a hacer. Por parecer normal, hago como que me interesan esos ambientes, pero la verdad es que no puedo con ellos. Pero, claro, la mayor parte de mis amigos son gente de este mundo, escritores, editores, profesores… Pero como son buenos amigos, de literatura y poesía hablamos lo justo. Sabemos que eso es parte de la intimidad de cada cual. Y más a nuestras edades. Esas cosas se las maneja uno solo. Y somos pudorosos. Uno puede intentar escribir una carta como Rilke… ¡pero mil! La soledad en un escritor es solo una defensa. No le teme a la soledad. En su cabeza lleva toda una sociedad, que decía Balzac. Y en su corazón más aún.

Cita una observación de Pla que dice que quienes se dejan influir por los grandes maestros demuestran tener una personalidad insignificante. ¿Hasta qué punto comparte esa idea?

Se sabe si una gran frase es una bavarderie cuando le das la vuelta y no notas mucho la diferencia. Hay que tener mucha personalidad para dejarte influir: Velázquez por Tiziano, Mozart por Haydn, Galdós por Cervantes, Juan Ramón por San Juan de la Cruz y Bécquer… Eso solo si hablamos de grandes. Hay quien dice: “Yo no me he dejado influir por nadie”, y piensa uno: ¡lástima! Otros creen que dejarse influir por un escritor del Ampurdán es mejor que dejarse influir por Shakespeare u Homero, y van buscando influencias escondidas, secretas y que creen muy originales. Nos pasamos la vida dejándonos influir: por la familia, por los amigos, por la mujer, por los hijos, por el paisaje, por la ciudad en la que vivimos, y claro, por lo que leemos, por lo que vemos y escuchamos… ¿Dónde está el problema? Además, los poetas, pintores, músicos y demás son como los perfumes: no huelen en todos de la misma manera. A Unamuno le gustaba Gabriel y Galán, ¿y qué? En España hemos conocido una o dos generaciones de escritores que por menos de un Joyce o un Faulkner no despegaban los labios. Cuerda los parodió con mucha gracia en Amanece que no es poco.

Dice que al principio, cuando escribía un libro, tenía una idea más temática. Y que ahora un libro de poemas es el libro de los poemas que escribe en un tiempo. ¿En qué cosas está más cerca y en qué cosas está más lejos del poeta que era de joven?

Paradójicamente, ahora que estoy entrando en la vejez, me siento más lejos de la muerte y más cerca de la infancia, que es lo mismo que decir más cerca de la vida, más lejos de lo sombrío y más cercano de la luz. Allá donde veo una, me pongo de camino muy contento. Mirando las estrellas, por ejemplo, estas noches de agosto. ~