Entrevista a Ramón González Férriz. “La nueva política asume todo lo malo de la vieja, y viceversa”

El ensayista y periodista acaba de publicar 'La ruptura: El fracaso de una (re)generación', un breve libro sobre el reformismo en España en la última década.
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Ramón González Férriz (Granollers, 1977) es ensayista y periodista. Entre sus libros están La revolución divertida (una interpretación histórico-cultural de las revueltas desde mayo del 68 al 15M), 1968. El nacimiento de un mundo nuevo, La trampa del optimismo (sobre los años noventa) y el reciente La ruptura (Flash), que combina la autobiografía y el análisis para contar la disgregación de un grupo de intelectuales reformistas. Fue responsable de la edición española de Letras Libres y director del semanario Ahora.

Se cumplen diez años del 15M. Tu primer libro, La revolución divertida, en parte trataba de eso. Dices que ahora eres menos crítico.

El 15M es una generación mirando al abismo que dice “el relato con el que he sido educado es falso”. No está asegurado que cada generación viva mejor que la anterior, ni que nunca te caes de la clase media. Es un movimiento de clase media: universitarios que ven legítimamente que se pueden caer de unas expectativas vitales que no eran necesariamente apoteósicas, pero que pasaban por la idea de que tenías una pequeña propiedad y acceso a determinados servicios y formación. Hubo un grupo de reformistas que intentaron traducir esa mirada en medidas políticas. Parte de la izquierda fue muy tosca y hablaba de acabar con la casta. Hubo gente más fina que dijo: vamos a ver con qué políticas podemos hacer un Estado más eficiente que impida que la gente caiga desamparada de unas mínimas condiciones vitales.

Pienso en algunas de esas reformas: transparencia, independencia judicial, una administración más autónoma del poder político, menor colonización partidista de las instituciones. ¿Se ha avanzado?

No hemos encontrado en una década el capital político para sacarlo adelante. Rajoy tenía mayoría absoluta entre 2011 y 2015 y no lo hizo. Porque no quiso, porque quería defender el territorio de los partidos, porque creía que eran cosas de intelectuales, que en realidad no eran tan relevantes, porque la burocracia tiende a defenderse a sí misma. Los mismos que proponían esas medidas nos darían la explicación.

Recuerdo moderar muchas mesas: el contrato único, el poder judicial, las guarderías. Todo eso parece expulsado de la política. Con la pandemia se hicieron cosas para las que había cierto consenso, como un ingreso mínimo vital. Es muy técnico, no tengo mucha opinión, pero ni siquiera eso ha salido muy bien.

Tras la crisis financiera decíamos: vamos a tocar lo mínimo para seguir apoyándonos en el turismo y la construcción. Después de la crisis política, pasa un poco lo mismo. Vamos a tocar lo mínimo para que esto siga más o menos en pie. Para qué te vas a meter en reformas cuando son un lío y costosas, y haciendo propaganda ya mueves las voluntades. Incluso si asumimos que eran las ideas correctas, no era el momento correcto. Y cuando en política una idea es buena pero no es su momento, no es una buena idea.

El hundimiento de Ciudadanos y la retirada de Pablo Iglesias hacen pensar en el fin de una etapa de lo que se llamó la nueva política.

No sé si era nueva. Podemos parecía que quería organizarse de una manera distinta a los partidos tradicionales, pero muy pronto nos dimos cuenta de que era un partido si acaso más jerárquico o autoritario. Y lo mismo Ciudadanos, que también quiso tener una organización diferente. No tenía los poderes territoriales dentro de los órganos de decisión. Podía parecer coherente con su proyecto para España, pero en el caso de Murcia hemos visto lo absurdo que resultaba.

No te gusta el nombre.

No era nueva política. Se tomó de Ortega y Gasset y su conferencia sobre Vieja y nueva política, una conferencia horrible en muchos sentidos: Todo esto está muerto, ahora vamos a venir nosotros y hacerlo nuevo y mejor. Si Ortega fue ingenuo, es normal que Pablo Iglesias y Albert Rivera lo fueran. Pareció que Podemos y Ciudadanos podían ser el partido más votado. Al final, la vieja política y los viejos partidos han mostrado una extraordinaria capacidad de resistencia y de conexión con los territorios.

La nueva política es vivir una volatilidad constante. Se habla de la patada al tablero. Cuando le das una patada al tablero cada tres meses, es que no hay tablero. Tendemos a sobreinterpretar lo que pasa. El rasgo principal de la nueva política es la volatilidad. Dura poco lo que aparentemente son movimientos tectónicos. Un político de Ciudadanos que era un hombre joven pero curtido me decía que cada vez que iban a negociar en el Congreso de los Diputados, con el PP, perdían, porque los del PP iban armados con ocho abogados del Estado. Es lo que le pasa también a Podemos con el PSOE. No creo que Pablo Iglesias tuviera un problema de autoestima, pero en el PSOE saben perfectamente cómo ganarte. Tienes un gobierno de coalición que tiene lo malo de los gobiernos de coalición, es decir, el ruido. Pero no hay un socio pequeño haciendo propuestas.

Solo el troleo.

A nivel legislativo, a nivel de agenda, nada. Y después está lo territorial. Partidos como el PP saben adaptarse, conformarse con la idiosincrasia local, fruto de muchos años de arraigo, muchas bases, mucha conexión con la sociedad. Puedes pensar lo que quieras de Ayuso, pero tiene una comprensión de la particular versión del conservadurismo madrileño. Feijóo sabe lo que vende en Galicia y Ayuso en Madrid. Pero consiguen ser organizaciones unidas, cosa que Podemos nunca consiguió. Ciudadanos planteó en 2019 que los pactos siempre iban a ir hacia el mismo lado. No estaba entendiendo que quizá lo que te servía para Murcia no te servía para Castilla y León.

Había mucho énfasis en la democracia interna pero surgen partidos cesaristas. Con el mecanismo de las primarias eso se traslada a los partidos tradicionales.

En el PSOE sin duda, en el PP hay gente que dice que también Casado hace una limpia del partido. No estoy tan seguro, pero en el caso del PSOE Sánchez adoptó enseguida los peores rasgos de la nueva política: vaciar el partido de contrapesos. Los contrapesos son la vieja política: cuando saltan González o Guerra. Pero apenas tienes contrapesos internos dentro porque te los has cargado. La nueva política asume rápidamente todo lo malo de la vieja, y al revés. El doctor Johnson, cuando le mandaron un libro, contestó al autor: “Lamentablemente lo que es bueno no es original y lo que es original no es bueno.” Eso se aplica a la nueva política.

Has publicado La ruptura. Trata de un grupo de personas más o menos afines a Ciudadanos y el PSOE, de edades y profesiones similares –periodistas, científicos sociales–, y de cómo la relación cambia y a menudo se estropea tras la moción que lleva a Pedro Sánchez al poder. Hay un componente generacional.

Hubo algo que es un proceso relativamente traumático en las sociedades y en las organizaciones: una sustitución de las élites de una generación por las de otra. Eso es complicado en una empresa familiar. No digamos ya en un Estado o en el periodismo. Los resentimientos que había en ese intento de hacer una sustitución de élites son los normales de cualquier organización humana. Los jóvenes tienen ganas de mandar, se convencen a sí mismos de que lo van a hacer mejor que los anteriores. Es natural y ridículo. Diría que en Podemos fue más acusado. Para ellos era: no solo lo vamos a hacer mejor que la generación anterior que hizo la Transición, sino que somos moralmente mejores que esa generación. Es un grado de arrogancia extraordinaria. Era Garzón diciendo que Santiago Carrillo fue un blando. Puedes decidir si Santiago Carrillo es una figura positiva o negativa, pero tienes que tener mucho cuajo para sentirte superior a Santiago Carrillo en esos términos.

Los que éramos más centristas no teníamos esa arrogancia moral. Quizá creíamos que por el mero hecho de ser un poco más modernos teníamos a nuestra disposición herramientas distintas. En teoría teníamos muy interiorizada la democracia. Probablemente teníamos más experiencia internacional que la mayoría de las personas de la generación anterior. Había una cierta sensación de que bastaba aplicar la idea de modernidad, con una pátina racionalista y eficiente, por decirlo como Ortega y Gasset, al Estado, los partidos y los periódicos. Tratábamos con gente de Nada es gratis o Hay derecho, más experimentada que nosotros, que nos hablaba de reformas, de regeneración, de políticas, de control. Y ahora creo que no era el tiempo para eso. No se pudo, o las inercias de los Estados, los partidos y los políticos y los periódicos eran más fuertes de lo que creíamos. Quizá el periodismo ha cambiado un poco más. Era un poco elitista la idea reformista, también.

Tomas un grupo pequeño de gente. Describes una alianza de centro y centro izquierda, más o menos.

Mucha gente, sobre todo de izquierdas, me dice que esa alianza nunca existió. Supongo que hay elementos biográficos. Hubo un momento en que dentro del PSOE estaba bien visto un cierto contacto con el mundo de Ciudadanos. Y ahora probablemente no esté tan bien visto, si es que alguien sigue pensando en Ciudadanos.

Hubo un pacto del PSOE y Ciudadanos para apoyar la investidura de Sánchez en 2016.

Yo entiendo que determinados cargos que ahora están en el gobierno o aledaños sientan cierta incomodidad cuando les recuerdan que sí existió esa alianza. Puede que me haya esforzado demasiado en verla.

A diferencia de lo que cuenta Anne Applebaum en El ocaso de la democracia, aquí las diferencias ideológicas no son tan grandes.

Igual se han ampliado un poco últimamente. El orden de los factores fue relevante. El primero es muy crudo: el poder. Mucha gente de Ciudadanos veía muy cerca el poder y de repente ese poder fue para gente del PSOE. No tiene nada de malo tener cargos. Pero luego ves el poder en manos de tu generación, y no son las tuyas. Eso fue doloroso para mucha gente y lo entiendo. Después vino lo que hemos llamado la polarización afectiva: No estamos en desacuerdo con las políticas, pero quiero señalizar que estoy muy enfadado con vosotros. Y con el tiempo surge también la necesidad de argumentar por qué unos se apoyaban en partidos como Bildu o Esquerra Republicana, Podemos, y otros lo hacían en Vox. Eso ha generado un poco más de divergencia ideológica de la que había inicialmente. Al principio no creo que hubiera una ruptura ideológica nítida. Había una continuidad con gradaciones. Eran parecidas las cosas que creíamos que eran deseables.

Andrés Boix señalaba que había pocos juristas y bastante gente de ciencias sociales.

Las élites españolas tradicionalmente han sido de abogados. El monopolio de la opinión pública lo habíamos tenido los periodistas, prácticamente. Con la crisis financiera se vieron las limitaciones de la comprensión de los periodistas y ese monopolio de la interpretación pasó en parte a los economistas. No es exactamente la función de un economista, pero les atribuimos la tarea de oráculos. Cuando la crisis financiera se convirtió en crisis política, acudimos a los politólogos. Hemos visto que tal vez tuvieran procedimientos más o menos científicos, pero que tenían ideología. Esa ideología tendía al centro izquierda. Nos fascinaba a los que veníamos de las humanidades, del periodismo. Había números. Pero casualmente a los politólogos independentistas les salía que el independentismo estaba bien y a los politólogos del PSOE les salía que lo que hacía el gobierno estaba bien.

Rafa Rubio ha escrito sobre la influencia de Twitter y la necesidad de posicionarse en esa generación.

La trascendencia de las redes sociales era mayor de lo que me había parecido. Conviertes la política en señalización moral. También empiezas a escribir tus artículos pensando en la recepción en Twitter. Me parece una parte integrante de la vida pública que se nos ha ido un poco de las manos. No solo serás acusado por lo que digas, sino por lo que no digas. Además, la gente es más agresiva o parece más agresiva en Twitter de lo que muchas veces es en persona.

Es curioso que en el libro no salga más el procés. En 2017 David Jiménez Torres cuenta cómo se había creado una especie de unión constitucionalista. La moción la resquebraja.

Mi sensación es que el PSOE en 2017 hace lo correcto. Hace lo que esperas de un partido constitucionalista. A nivel más micro hay una enorme incomodidad también, casi física. Eso se mezcla con mitos de la democracia española, con la idea de que el nacionalismo es un poco más moderno, es un poco más democrático. Pero cuando me han dicho que hablo poco del procés, insisto en que tengo la sensación de que en 2017 el PSOE  no rompe.

Por eso cambian las cosas con la moción. Sánchez pacta con los que acaban de dar el golpe institucional. Supuestamente es para convocar unas elecciones, pero resulta que no.

Estoy de acuerdo, pero déjame que repita argumentos que no son los míos. Te dicen: o esto o el país es ingobernable. O esto o una gran coalición que no quiere nadie. La sola noción de Esquerra Republicana manteniendo la gobernabilidad del país después del procés produce escalofríos. Pero intento ponerme en la piel de la gente afín al PSOE, que te dice, bueno: ¿entonces qué? ¿Qué hacemos? ¿Con quién gobernamos, o hacemos elecciones cada año? No vamos a llorar por la leche derramada, pero creo que lo mejor habría sido el pacto PSOE-Ciudadanos.

Creo que la culpa principal es de Pedro Sánchez, pero tampoco parece que Rivera quisiera entonces. Si tenemos la capacidad de hablar del poder en términos crudos, entiendo algunos argumentos. ¿Hemos de renunciar al poder? No digo que sean argumentos nobles, son feos y pragmáticos: tenemos acceso al poder, esta gente va a afectar poco al diseño de políticas. En los últimos días te pueden decir: ¿dónde están los indultos? ¿Dónde está la reforma del Código Penal? Ahora bien, entiendo perfectamente que el hecho de que un partido constitucionalista meta en los presupuestos a Bildu genera cierta incomodidad y desconfianza.

Luego está el comportamiento contrario: “Vosotros con Vox.” Vox es un partido despreciable, pero puedo entender por qué se busca su apoyo en Andalucía. Es desagradable y ojalá logremos que sea irrelevante, pero puedo entender ese caso. No sabemos si los cordones sanitarios funcionan. No sabemos exactamente qué hay que hacer con esta clase de partidos. Pero con esta simetría (tú pactas con Bildu, tú pactas con Vox) lo que hacemos es bajar el nivel de exigencia moral. Siempre lo hemos hecho, pero últimamente lo hemos convertido en el centro de la discusión política. Me gustaría un mundo en el que Esquerra Republicana y Vox no tuvieran un papel en la gobernabilidad. Pero las circunstancias son las que son.

Hacer un cordón sanitario a Vox, cuando no hay posibilidad de gran coalición, es decirle al PP: Yo puedo pactar con quien quiera, pero tú no. Si tu espacio está fragmentado, nunca puedes gobernar.

Creo que PP, Ciudadanos y PSOE son partidos constitucionales. Tienes partidos como PNV, Podemos o Vox, que a ratos son constitucionales y a ratos no. Tienes partidos que luchan claramente contra la Constitución, como Esquerra Republicana y Bildu. Podrías decir: bueno, los plenamente constitucionales aceptamos que pactes con el segundo nivel pero no con el tercero. Podemos es muy constitucionalista en las partes de la Constitución que le parece que le dan la razón y en otras no, y Vox lo mismo.

Dices que es raro hablar de poder.

Me fascina la crítica a la ambición o a la creencia de que tú puedes desplegar ideologías y que tengan un efecto en la realidad sin ocupar cargos relevantes en el sector privado o público. No creo que la mayoría de personajes del libro estuvieran obsesionados con el poder o con el cargo o ni siquiera que necesitaran un sueldo público para sobrevivir. Pero era gente que quería ocupar espacios para desplegar sus ideas. Me parece un absurdo la distinción que a veces se hace entre las ideas abstractas y los intereses materiales. La mayor parte del tiempo van juntos. Es simétrico en la izquierda y en la derecha. Hablar del poder en crudo genera una incomodidad, como si tuviéramos que ser almas puras o como si hubiera algo ilegítimo en aspirar a él.

¿El énfasis en el poder podría anular la agencia? También uno toma sus decisiones.

Igual que hablo del poder de una manera natural, porque existe, creo que las jerarquías existen. Cuando Ciudadanos y PSOE iban a pactar un programa de gobierno, todos nuestros amigos estaban muy contentos. Y luego, cuando Albert Rivera y Pedro Sánchez se pelearon, nuestros amigos se pelearon. Y cuando Rivera empezó a utilizar una retórica más derechista y más chulesca, nuestros amigos de Ciudadanos adoptaron esa retórica. Y cuando Sánchez dijo: “Paso de pactar con esta gente”, lo mismo. No me tomo a broma las jerarquías, porque funcionan.

Hay gente que se tomó la derrota con más tranquilidad que otra. Hay quien trabaja para el gobierno y contribuye a un proyecto en el que cree. Otros se dedican a perseguir periodistas por las redes, a presentar propaganda con coartada científica.

Hay gente a la que le cuesta mucho no abrir Twitter. Sin eso, habrá gente más militante, gente menos militante, entusiastas absolutos, gente menos entusiasta. Lo que llama la atención es la adicción a señalizar. Ya no aspiras a persuadir.

¿Qué opinas del aumento de la polarización?

La mayoría de las personas implicadas quieren la polarización. La gente cree que esto está muy cerca de ser un 45/55 o 49/51 y que hay que polarizar más, puesto que hemos decidido que el terreno común es irrelevante y que no va a haber búsqueda de acuerdo. Tampoco sé si eso es posible o deseable. Pero que dejen de hablar mal de la polarización. La izquierda y la derecha quieren polarización. Hay un plano irracional en el que la gente disfruta. Hay un cálculo un poco más racional: en democracia, si tienes la mitad más uno –lo digo de manera figurada, ya sabemos que no es así–, tienes el poder. Malo será que de vez en cuando no sea yo el que tenga la mitad más uno. Estaría bien dejar de hablar mal de la polarización. Es de esas cosas que nos gusta criticar pero que nos encantan. Nos hartamos de leer llamamientos al fin de la polarización que insultan al contrario.

¿Es la polarización distinta a como era en otras épocas?

Lo es en la medida en que tienes actores que aunque siguen siendo secundarios son más poderosos, como los partidos a la derecha del PP y a la izquierda del PSOE. Pero yo no sé si el clima de ahora es necesariamente peor que el de los años noventa o los años de Zapatero. Creo que es más difícil de controlar. Los periódicos ya no controlan tanto la opinión pública.

¿Que nos guste ayudaría a explicar la alta participación en las elecciones en Madrid?

No tengo una gran simpatía por Ayuso, pero ha hecho la clarificación ideológica más grande en mucho tiempo. Hemos vivido años pensando que los partidos tenían que ser bastante ambiguos. Pero con Ayuso sabías que votabas dos o tres cosas. Me parece absurdo plantearlo en términos de comunismo o libertad. Más bien ha sido a favor de una cierta apertura frente a una cerrazón completa de la economía y de la vida privada, si lo prefieres.

Decía Mónica García: “Yo no me puedo creer que a estas alturas se considere libertad salir de cañas.” ¿Cómo no va a ser libertad salir de cañas? Una cosa es que en un contexto determinado decidas restringir las libertades, pero claro que es libertad. Eso también forma parte de las culturas políticas. Una izquierda que no habla de la libertad me sigue pareciendo estupefaciente.

Aun así, diría que ahí hay un camino para la izquierda: de los cuidados, de la familia, de la vida cotidiana. Debes despojarte del autoritarismo bolivariano, lo que no es fácil. Cuesta mucho sacar adelante a los críos. Cuesta mucho si el abuelo se pone enfermo y necesita cuidados especiales: te rompe la economía familiar o te rompe la vida laboral. Son cosas que tienen sentido. ~