Grieg y el pato

La ciudad de Bergen, al sur de Noruega, tiene una bahía rodeada de montañas a la que llegan barcos procedentes de todo el mundo, cargados con las mercancías más variopintas.
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¿De dónde sacó Edvard Grieg las imágenes del amanecer africano que le inspiraron La mañana, el primer movimiento de su Peer Gynt? ¿Se las describió alguien que las conocía muy bien? ¿Es la música un camino de ida y vuelta?

La ciudad de Bergen, al sur de Noruega, tiene una bahía rodeada de montañas a la que llegan barcos procedentes de todo el mundo, cargados con las mercancías más variopintas.

Es un espectáculo muy hermoso ver desde las montañas cómo los barcos van entrando con lentitud en el puerto, saludando con la sirena.

–¡Aquí estamos! ¡Somos chinos, griegos, portugueses! ¡Traemos sedas de Oriente, bacalaos del Mar del Norte, anguilas del Mar de los Sargazos, cerámicas del Mediterráneo!

Son como los regalos que nos hace un pariente viajero.

También llegan a Bergen, pero solo cuando ha comenzado el buen tiempo, los patos migratorios que pasan el verano en Noruega, huyendo de los calores africanos.

Y qué bonito resulta ver llegar a los patos al principio de la estación, cuando cruzan el Mediterráneo, España, Francia, Bélgica, Dinamarca…, avisando de que la primavera ya ha llegado. No pueden detenerse, porque más al norte queda todavía gente sin saberlo.

–Hoy tendré suerte –se dicen los que los ven pasar volando en bandada.

En cuanto llegaba el buen tiempo, cuando a la hora de merendar no se había hecho de noche y en los árboles de su calle había brotado alguna flor, Edvard Grieg salía de su casa en el centro de Bergen, tomaba la avenida principal hasta la salida de la ciudad, se internaba en el camino del bosque y cuando había llegado lo bastante arriba como para disfrutar una buena vista de la bahía y los fiordos, se sentaba a mirar los barcos. Como tenía una enfermedad en los pulmones, el médico le había advertido: “Debe elegir entre tocar la flauta o viajar por todo el mundo; no tiene resuello para hacer las dos cosas.” Grieg se quedó pensativo, recordó las veces que, tocando sin moverse de su cuarto, se había sentido transportado a otros paisajes, y eligió la música.

Aquella mañana salió muy temprano, y al girar un recodo del camino, Grieg se encontró con una bandada de patos que bebían y chapoteaban en un pequeño lago, atolondrados por el viaje y complacidos por el largo verano que tenían por delante. Se sentó en una roca a mirarlos.

Entonces uno de los patos del lago se separó del resto y se acercó a él con sus patosos andares. Los que siempre parecen a punto de cambiar de rumbo, esos son ese tipo de andares. Pero el pato llegó hasta la roca donde estaba Grieg, sacudió la cabeza para librarse del exceso de agua y con todas las plumas despeluchadas le preguntó:

–Perdone, ¿eso que tiene es una flauta?

–Sí.

–Es que nunca había visto una de metal. De donde vengo –informó el pato con un pestañeo presumido–, las flautas son de marfil.

–¿Y cuál puede ser ese sitio tan exótico del que usted viene?

Mirando hacia el sur con ojos soñadores, el pato contestó:

–Las costas del África noroccidental.

Grieg nunca había conocido a nadie que viniera desde tan lejos, y aunque cuando miraba los barcos llegaba casi a ver cómo serían los puertos extranjeros, quiso aprovechar la oportunidad para conocer los detalles que se le escapan a nuestra imaginación. Le pidió al pato que le hablase de aquellas tierras.

–Todo es bello en las arenas de África, pero nada hay más bello que un amanecer en el desierto–, comenzó el pato. Y a continuación le contó esto:

Y lo que oyó Edvard Grieg fue esto:

Al principio no hay división clara entre el cielo y la tierra; las dunas son negras y el cielo es negro. Pero entre ellos empieza a brillar una delgada línea, como una sonrisa de labio fino.

De pronto todo lo que hay en la tierra se distingue, y uno comienza a dudar si lo ha visto aparecer poco a poco o si todo se ha hecho visible de golpe, como en una revelación. Parece un sueño, pero la brisa que nos acaricia el cuerpo y nos besa nos dice: “Es real.”

Aquí y allá centellean granos de arena, cada uno de un color, diciendo: “¡Aquí estoy!” durante un instante antes de volver a confundirse en la inmensa masa de la duna.

Una nube amarilla, o rosa, o verde, se deshace como un velo de agua, y es como ver los colores sin que estén atados a una forma: parece el corazón de un pintor. Es como ver los colores por primera vez, de manera auténtica.

Las dunas, antes tan oscuras, resplandecen con un tono increíble, casi rojo. Uno está tranquilo y expectante, como si ese nuevo día fuera a permanecer así para siempre y a la vez como si todo estuviese a punto de cobrar vida tras el izado del telón de la madrugada.

Y sí, si uno mira en silencio ve que empiezan a pasar cosas. En el punto más lejano, una caravana de camellos cruza la línea del horizonte como deslizándose sobre ella. Parecen marionetas recortadas sobre el fondo del cielo.

Abstraídos por esa imagen, no nos hemos dado cuenta de que un zorro del desierto se nos ha acercado y nos observa. En cuanto reparamos en él y lo miramos, da un salto y sale huyendo, y ya solo vemos sus huellas nerviosas en la arena.

Los gritos de unos pájaros y monos atraen nuestra atención. A la derecha, gracias a un grupo de palmeras, localizamos un oasis junto al que hay una tienda de campaña. Parece tan plácida a esa hora Y la puerta de tela se abre y sale una beduina –¡es guapísima!– con los ojos terribles porque los tiene pintados con kohl negro. ¿Estaría durmiendo hasta hace pocos minutos? Con el resto del día ella comienza también su actividad. Lleva un ánfora y se dirige hacia el agua.

Alrededor del pequeño lago junto al que ella se agacha, junto a las palmeras, crecen también unas flores rojas y tan brillantes que parecen los retales sobrantes de una capa maravillosa. A veces parecen saber que las estamos mirando.

Cuando el pato terminó su descripción, los otros patos lo llamaron. Miró con cara de circunstancias a su amigo humano y le dijo:

–Lo siento, pero tengo que dejarle.

–¿Estará usted aquí mañana?

–Mis amigos y yo estaremos aquí hasta que empiece a hacer frío. Tienen un país precioso, pero es que en invierno es todo el rato de noche y no vemos ni castaña.

Y se alejó con sus desconcertantes andares.

Al día siguiente Grieg buscó al pato en cuanto llegó a la montaña. Quería enseñarle, a cambio de la historia que le había contado el día anterior, los nombres de las plantas y los recodos secretos desde los que pocos afortunados han visto los fiordos. Y así todos los días, durante el resto de la primavera y todo el verano, el pato y Grieg pasearon por las montañas de Ulrike, Floyen y Vidden, comparando los renos con los camellos.

Empezaron los primeros fríos. Al final del verano, una serie de tormentas amenazaron la bahía. Los árboles perdieron las hojas. Una tarde el pato le contó a Grieg que era hora de volver a África.

Los patos alzaron el vuelo. Grieg los vio pasar y buscó a su amigo. Lo distinguió perfectamente, todo despeluchado, a un lado de la formación en V. Le dijo adiós con la mano, y el pato le respondió con un graznido. No podía hacerle el gesto con el ala porque perdería el equilibrio.

La bandada dejó atrás las raras costas de Noruega: desde el aire, se ven como un puzle a medio hacer. Sobrevolaron Dinamarca; la llanura flamenca; los campos de trigo y vid de Francia; orgullosos campos de lavanda; pasaron por España, donde vieron correr a los conejos a lo largo de inmensas planicies y montes; cruzaron el estrecho de Gibraltar, y el pato lo miraba todo.

Cuando llegaron a las costas de África, el jefe de la bandada inició el descenso, seguido por todos los demás. Se asentaron cerca de unas palmeras para asegurarse el agua y se sintieron dispuestos a pasar el invierno.

Al poco de llegar allí, el pato estaba dando un paseo cuando se topó con una mujer cubierta de adornos de plata sentada bajo una palmera. Al pato le dieron ganas de hablar con la mujer, se despeluchó un poco más las plumas para estar guapo y se acercó.

–¿Tiene fuego?

–Sí, se lo doy a cambio de un pitillo.

El pato le tendió la cajetilla. La mujer no conocía la marca.

–¿Dónde ha comprado este tabaco?

–En Noruega, que es donde veraneo –dijo el pato guiñando un ojo al acercarse la cerilla al pico.

–¿De verdad veranea en Noruega? ¿Y cómo es? Yo solo he llegado hasta Agadir.

–Lo más hermoso que tiene son sus amaneceres. Todo es hermoso en los fiordos de Noruega, pero nada hay más bello que un amanecer en Bergen.

Y el pato apagó el pitillo y le contó esto:

Y la mujer oyó esto:

La noche en los fiordos es azul. Las estrellas relucen como instrumentos de viento en el foso de un gran teatro. Hay un gran silencio, y sin embargo uno cree oírlas reír. Son lo único que parece moverse en esa magnífica amplitud, ¿acaso estoy solo en esta inmensidad?

¡No! Se oyen unos pasitos que hacen crujir las ramas, unas gotas de agua caen desde una hoja, un pájaro carpintero tamborilea a poca distancia, y por eso sabemos que el día ha vuelto.

A lo mejor es porque nos hemos habituado a la oscuridad, pero de repente la negrura se ha transformado en penumbra y distinguimos los contornos de los arbustos, y hasta las flores azulinas que crecen en ellos, como párpados raros de seres pequeños.

Y de pronto, cuando está todo listo, el sol enorme, sigiloso y espléndido, emerge tras las montañas como una gran moneda reluciente que nos da el mundo para que la gastemos en lo que más nos apetezca.

Por entre dos árboles aparece un hombre, y como va muy despacio en esta hora tranquila, las ardillas y las alondras no se asustan, sino que observan con sus ojos redondos cómo se dirige a una roca que sobresale. El hombre apoya el bastón y se sienta en la roca justo cuando un barco entra como patinando ahí abajo, en la bahía.

–Qué extraño –dijo la mujer–, es como si lo hubiera soñado esta noche.

Y como se acercaba una tormenta de arena, la mujer invitó al pato a refugiarse en su tienda hasta que pasara. ~

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