La desfiguración democrática

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Nadia Urbinati
Yo, el pueblo. Cómo el populismo transforma la democracia
Traducción de Aridela Trejo y Alejandra Ortiz Hernández
Ciudad de México, Grano de Sal/INE, 2020, 304 pp.

 

En Yo, el pueblo. Cómo el populismo transforma la democracia, Nadia Urbinati estudia el populismo “como proyecto de gobierno” que transmuta los principios y reglas de la democracia al grado de desfigurarla. La autora identifica que populismo no es sinónimo de fascismo pero que comparte “bordes borrosos” con este y la democracia, situándose a medio camino entre ambos. El populismo aparece como un parásito que se engendra y crece en la democracia, pero que también se extingue con ella abriendo paso a “otro régimen, quizás autoritario, dictatorial o fascista”.

El fenómeno del que se ocupa Urbinati, si bien puede rastrearse desde el siglo XIX, es el que se ha extendido en los últimos años tanto en democracias occidentales consolidadas como en las emergentes. De modo que propone “leer el populismo como una estrategia para llegar al poder que emplea procedimientos democráticos con fines no democráticos”, cuya esencia es la negación de la legitimidad del pluralismo político y de los mecanismos de intermediación entre gobierno y sociedad.

Los populistas pueden ser de izquierda o derecha, no necesitan un programa de políticas claro, basta con que “usen un lenguaje de condena, que acusen a los enemigos del pueblo de corruptos e inmorales, y que declaren que el líder populista está decidido a llevar al pueblo al poder”. Urbinati se interesa por analizar y discutir no tanto lo que el populismo es, sino lo que hace una vez que gobierna, cuando trastoca el significado de mayoría para volverse una suerte de “mayoritarismo” donde “las opiniones y las decisiones que se oponen al pueblo populista son castigadas, ridiculizadas y rechazadas como una conspiración de las élites”. El populismo deviene en exclusión de las minorías políticas y en negación de la discrepancia.

En el populismo, en vez de la representación de la pluralidad por el parlamento, se pretende la encarnación del pueblo en el líder. La diversidad de actores se sustituye solo por “dos jugadores: el pueblo y el líder”. La consecuencia es que “un líder populista en el poder debe crear una nueva forma de democracia para sobrevivir, y esto a su vez crea el riesgo de que el líder destruya las instituciones y los procedimientos democráticos, de manera tal que resulte fatal para todo el sistema político y administrativo”. Ello hace imposible la estabilidad en y de un gobierno populista: “el populismo en el poder está condenado a ser desequilibrado (como si estuviera en una campaña permanente) o a convertirse en un nuevo régimen. No puede darse el lujo de ser un gobierno democrático entre otros porque la mayoría a la que representa no es una mayoría entre otras: es la ‘buena’, que existe antes de las elecciones y al margen de ellas”. Esta inestabilidad intrínseca al populismo hace que esté “sujeto a dos riesgos de aniquilación: regresar al gobierno representativo usual o volverse una dictadura”.

Si bien el populismo no prescinde de las elecciones tampoco les concede su cualidad como procedimiento fundamental que permite la expresión y recreación del pluralismo intrínseco a las sociedades complejas. Para el populista las elecciones no producen reconfiguraciones políticas sino que constatan la existencia de una mayoría auténtica, afirmando así la legitimidad no solo numérica sino moral del líder y los suyos sobre el resto. “Se podría decir que el populismo utiliza las elecciones como plebiscitos. Y al hacerlo las desfigura.” No sorprende entonces el inexistente compromiso democrático de los populistas con los resultados electorales cuando no les favorecen.

El populismo tiene fobias persistentes hacia el sistema de partidos, los medios de comunicación, los intelectuales, que invariablemente identifica con la élite, con el sistema y como obstáculos a su causa. Un común denominador es su airada denuncia de la corrupción pero también lo son la extendida práctica del nepotismo y el reparto de favores con cargo a los recursos del Estado para preservar su mayoría. Un rasgo adicional que caracteriza al populista es su reticencia frente a la transparencia y la rendición de cuentas, pues supone que su permanente exposición popular y la fe de su pueblo como marca de legitimidad lo eximen de sujetarse a los controles formales y a las instituciones intermediarias, que ve como meros estorbos.

Aunque su discurso es contra las élites políticas partidistas, el populismo busca “satisfacer el deseo de poder de una nueva élite y, al hacerlo, transforma las instituciones y los procedimientos democráticos en instrumentos como si fueran propiedades en manos de la mayoría o del ganador”. A fin de cuentas, la retórica populista “es un llamado para cambiar la élite en el poder”. Es tal la transfiguración de la democracia cuando el populismo ejerce el poder que no solo afecta al gobierno sino al Estado, pues quiere “fusionar la opinión de una parte del pueblo y la voluntad del Estado”, de tal suerte que “busca eliminar toda distinción entre la política constitucional y la ordinaria, clave para mantener el orden democrático”.

Para la autora, el gobierno populista no se hace cargo, siquiera, de las cuentas que entrega: “Como el líder solo es la boca del pueblo y no tiene voluntad propia, las cosas que hace deben ser las cosas que el pueblo le pidió. Si no logra los resultados, la responsabilidad debe recaer en manos de los enemigos del pueblo, quienes nunca desaparecen (y nunca duermen). De este modo, el líder irresponsable recurre a menudo a teorías de conspiración como una suerte de ‘ideología de la excusa’.”

Hacia el final de su libro, Urbinati llama a especialistas y ciudadanos a reflexionar sobre qué ocurrió, qué provocó una insatisfacción tan hostil hacia los partidos y el pluralismo. Es tiempo de revisar los déficit sociales y económicos de la democracia representativa, pues “salir del populismo es muy distinto a volver a donde estábamos antes. Ese ‘antes’ se devaluó en el mismo momento en que permitieron los éxitos populistas”.

La profesora de la Universidad de Columbia dialoga y debate a lo largo de Yo, el pueblo con autores clave de la ciencia política para explicar y explicarse qué implican los gobiernos populistas contemporáneos. Para enfrentar el populismo es preciso entenderlo más allá de sus manifestaciones inmediatas. El suyo es un texto surgido desde la academia, pero pensado para trascender las aulas universitarias porque se hace cargo con claridad y rigor analítico de un fenómeno que comienza a extenderse como un problema global y estructural de las democracias contemporáneas. ~

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