Fotografía: Conjunto 15, de André Courrèges / Jacqueline Barrière Courrèges / Wikimedia Commons

La moda según Salvador Elizondo

Los intelectuales mexicanos no suelen ocuparse con seriedad de la moda. Pero en dos conferencias que impartió en 1978, Salvador Elizondo dio una afortunada excepción.
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En términos generales, la moda no es un asunto que interese mucho a los intelectuales mexicanos. Su relación con ella suele limitarse al gusto por vestir bien o la amistad con algún diseñador y rara vez es motivo de análisis en algún texto u obra más allá de la descalificación o la parodia. De modo que siempre resulta interesante cuando alguna luminaria de la cultura se ocupa del tema con seriedad y curiosidad genuina.

En marzo de 1978, el escritor Salvador Elizondo impartió dos conferencias dedicadas al diseño de moda en el Museo de Arte Moderno.1 La premisa de la primera era una explicación general de la evolución de la moda y su papel en la sociedad; la de la segunda era analizar la influencia del arte en la moda y la presencia de la moda en el arte. Estas conferencias se impartieron en un año clave, particularmente experimental para el MAM; cuestión que el escritor reconoce cuando felicita al museógrafo Fernando Gamboa (entonces director del recinto, lo fue de 1972 a 1981) por su disposición para empujar los paradigmas del arte y la práctica museística. Una semana después de la última plática se inauguró la muestra Salón 77-78. Nuevas tendencias, en la que se dio apertura a nuevas disciplinas, nombres, formatos y temáticas. En ella se exhibió por primera vez El tendedero de Mónica Mayer.

La primera plática no es particularmente reveladora para quien conozca del tema; en ella Elizondo admite que está hablando de un área de la que “no sabe prácticamente nada”, y da un repaso general de la Filosofía de la moda de Georg Simmel. Las ideas en las que insiste principalmente el escritor son tres. La primera es que la moda deja de ser moda en cuanto se torna utilitaria; y en ese rasgo se funda su relación con el arte. La segunda: que está determinada por dos fuerzas; una gregaria que distingue a un grupo social de otro, otra personalista que distingue al individuo de los demás miembros de su grupo social; y que esta muere cuando con el paso del tiempo sale de su grupo característico, pues, en sentido estricto, la marca de la moda es el traje nuevo. La tercera: que, contrario a lo que dicta el dicho, “el hábito sí hace al monje”, pues aquel traje nuevo antes de amoldarse al cuerpo, lo domina; preescribe sus gestos, su postura y, con ello, sus ideas y temas de conversación; toda la gente que está a la moda, según Simmel, se mueve igual y habla de lo mismo.

Elizondo se remite a ciertas ideas antiguas sobre el estilo masculino que dictan que el traje más elegante es el más viejo, pues permite que el cuerpo se mueva con naturalidad, el rasgo principal de la elegancia. Es decir: si bien no son opuestos, la moda y la elegancia no son sinónimos. Esta idea, aunque acertada, ya pululaba localmente. Manuel Méndez, entonces el diseñador de moda más destacado de México, sostenía la misma opinión. Poco antes explicaba a Novedades: “Si uno se fija con detenimiento en cómo se visten las mujeres más elegantes del mundo se verá que nunca lucen lo más novedoso.”

La segunda conferencia es más interesante. Si bien Elizondo no deja de apoyarse en Simmel, en esta se dedica a expresar cuáles son las ideas que él mismo sostiene sobre la moda, el arte, la interacción entre estas disciplinas, y el trabajo de algunos diseñadores. Es intrigante, y a ratos divertido, conocer esta faceta suya como crítico de moda. Dice: “Estoy obligado a expresar mi más enorme repugnancia hacia fenómenos de tipo pictórico que se trasminan hacia el ámbito de las modas, como todos lo pudimos comprobar hace unos años cuando surgió la abominable, pero verdaderamente horrible, moda creada por el diseñador francés Courrèges […] simplemente lo que hacía era: sobre una tela de plástico espantosa imprimía un cuadro de Mondrian, cortaba los vestidos como salían y ponía a mujeres con botitas y cascos de astronauta. Era el caso de un modisto en el que predomina la condición de pintor más que de costurero.” El caso inverso (un pintor con vocación de modisto) le parecía más encomiable; su ejemplo era la pintora Sonia Delaunay, quien también tuvo una exitosa carrera como diseñadora de moda entre 1925 y 1929. (Su marca quebró al inicio de la Gran Depresión, luego se dedicó al diseño textil.) Elizondo reconoce que, aunque sus estampados son maravillosos y fue pionera en explotar ese medio que la costura no había aprovechado del todo, no le fue dado “un nuevo tipo de mujer” por ser demasiado artística, lo cual es, según él, la meta última del modista.

Quien lo logró con creces, según afirma, fue Coco Chanel; pues al estudiar las proporciones del cuerpo y encontrar la armonía entre ellas averiguó la longitud perfecta de la falda, dividiendo a la historia del vestido en dos. Tras su paso, las faldas están más arriba o más abajo de Chanel. Con ello había creado algo inaudito: una moda eterna, clásica, siempre elegante, siempre actual. El escritor continúa y lamenta que el libro que leyó sobre su vida (no menciona el título, pero por su descripción debe tratarse de alguna de las biografías que escribió la periodista Edmonde Charles-Roux) profundizara más en los chismes de los ricos que en el ideal estético de la diseñadora, un asunto que aportaría más claridad sobre su oficio, pensamiento y metodología.

A esta última observación le sigue un acalorado debate con la audiencia. Luego la grabación termina fundiéndose entre risas y aplausos.

La mención que hace Elizondo del “ideal estético” de Coco Chanel me hace pensar en la labor del crítico de moda, pues señala algo tan obvio que se suele pasar por alto: los modistos, como cualquier creador, tienen un sistema de pensamiento propio, el cual no suele quedar por escrito por la naturaleza de su oficio. Si ellos no lo escriben, ¿quiénes deberían encargarse de acotarlo y cómo? Pienso en Danto y en su libro La transfiguración del lugar común: “La tarea de la crítica es identificar los significados (de las obras de arte) y explicar su modo de encarnación.” ¿Qué crítico de moda actual se encarga de esta tarea, más allá del acto mínimo de la reseña? En el contexto mexicano no se me ocurre ningún nombre. De hecho, los únicos libros que se han dedicado a explicar las ideas de los diseñadores de moda son autobiográficos. Consisten en el cuestionable 3000 años de moda mexicana de Ramón Valdiosera (1992) y El manual de la diseñadora descalza de Carla Fernández (2013).

Pienso que la crítica de moda es responsabilidad de los críticos de moda, y que estos no le deben ningún tipo de obediencia a los intelectuales más “legitimados” que ellos. Pero la sugerencia de Elizondo no es mala. Estudiar enteros los ideales estéticos de los diseñadores para contextualizarlos dentro de la historia de su gremio es un proyecto interesante. Es, en realidad, lo que se hace en cualquier arte. Y también un buen inicio para explicar, desde adentro de la moda, cuál es el sentido que encontramos en ella. ~


  1. Agradezco a la Fonoteca Nacional y al Museo de Arte Moderno por su apoyo al momento de elaborar este artículo, el cual dedico a su personal por su incansable labor para preservar nuestra historia. Consulta: Archivo Histórico del Museo de Arte Moderno, inbal/Secretaría de Cultura, Serie documental: Conferencias, Expediente núm. 539.01.03.07/3/1978. Ciclo de conferencias La moda en el arte: Salvador Elizondo, “La moda en el arte I: Aspectos de la evolución de la sociedad y del género humano” y “La moda en el arte II: Influencias del arte en el diseño de la moda femenina”, Audio WAV. ↩︎


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