Ernesto Hernández Busto, autor de José Lezama Lima: una biografía.

La sutil vida de un poeta

A contracorriente de lo dicho por el propio poeta (“No tengo biografía”), Ernesto Hernández Busto emprendió la tarea de narrar a profundidad la vida de José Lezama Lima. En sus primeras tres décadas –signadas por el asma infantil, la muerte del padre y los encuentros con Federico García Lorca y Juan Ramón Jiménez–, el biógrafo encontró las claves de una obra radical.
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“Los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía”, dice, célebremente, Octavio Paz al comienzo de su ensayo sobre Fernando Pessoa, en Cuadrivio (1965), uno de sus libros más hermosos. La frase paciana, más que una coquetería pues todos, aun los más insignificantes, padecemos de una biografía a cuestas, alude a un problema del cual Ernesto Hernández Busto (La Habana, 1968) se ocupó porque preocupa, mucho o poco, a todos los biógrafos. Remite al Contra Sainte-Beuve (1954), de Marcel Proust, colección de fragmentos de juventud publicados póstumamente por Bernard de Fallois y cuyo título no se debe al autor de En busca del tiempo perdido.

En aquellas páginas, en efecto, el joven novelista se rebela contra el anacrónico Sainte-Beuve oficial –aquel que disfrutaba su madre–, quien consideraba que el conocimiento de la vida de un autor esclarecía, como quería el lundista, los claroscuros de su obra. Proust pregonaba, de acuerdo con la literatura del nuevo siglo del cual sería uno de los portaestandartes, por la autonomía del texto, aunque su conocimiento de Sainte-Beuve fuese parcial. No conocía Proust su historia del convento de Port-Royal (1840-1859), que hoy sería considerada una “multibiografía” de aquel nido del jansenismo, ni tampoco su juvenil tratado histórico sobre la poesía francesa del siglo XVI (1828), donde, paradójicamente, habla de las obras y no de los autores. Pero concedamos que, en términos generales, la vieja crítica, emblematizada por Sainte-Beuve, le daba la espalda a la retórica a favor de la personalidad y que el siglo XX, no solo el francés, desde Gustave Lanson hasta el postestructuralismo, fue retórico.

Ello viene a cuento porque, como pocos entre los hispanoamericanos, José Lezama Lima (1910-1976) es un poeta que parece ajustarse a la sentencia de su admirado Octavio Paz. “No tengo biografía”, insistió. “Vivo en lo que queda al pasar por un espejo.”1 Solo salió de Cuba en dos ocasiones: a Jamaica (asunto de su magnífico “Para llegar a la Montego Bay”, en Dador, de 1960) y a México, donde se recreó con los murales, a los cuales llamaba “fresquismo mexicano”.2 Salvo con Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca (sobre cuyo trato con Lezama Lima Hernández Busto hila fino y ve en el ejemplo del granadino un aliento de libertad sexual para el cubano)3 no tuvo el autor de Paradiso (1966) y de Oppiano Licario (1977) mayor comercio con los figurones de la literatura mundial, aunque hizo Orígenes (1944-1956), una de las grandes revistas literarias del idioma. Tampoco descolló por su entusiasmo por la Revolución de 1959, la cual lo edificó moralmente en sus inicios, pero acabó por condenarlo al ostracismo, aun cuando dejó su ofrenda poética ante Ernesto Guevara en un poema no publicado en libro.4 Empero, dice su biógrafo, “en todo gran poeta habita, por así decirlo, la tentación de legislar en nombre de alguna polis”.5

Visitar su casa en Trocadero 162 en La Habana vieja, antes y después de la muerte del gran poeta, se convirtió en un imperdible en materia de turismo literario; famosa era su discreta homosexualidad y su indiscreta glotonería, y admirada, sin reserva alguna, toda su obra poética, novelística y ensayística. Bien conocida era la suya, una gramática de asmático y frecuentemente comentada su aparente incapacidad para pronunciar o escribir correctamente palabras en otra lengua distinta al castellano.

Así que Hernández Busto se enfrentaba, solo en apariencia, ante un vacío biográfico que, como todo en Lezama Lima, acabó por ser sustituido por la profusión. Desde 1997 y 2002, comenzando nada menos que con Lorenzo García Vega (1926-2012) y con Eloísa Lezama Lima (1919-2010), su hermana, Hernández Busto conversó con varias decenas de testigos y protagonistas, falsos o verdaderos, de la vida lezamiana, al grado de que, como comentó en la presentación del libro en la Ciudad de México, el 18 de marzo de 2026, el problema no era que sus entrevistados hablaran, sino que se callaran, proveedores de toda clase de chismes y habladurías, asunto natural tratándose de la reserva, a menudo fantasiosa, provocada por una dictadura como la castrista.

Recorrida la genealogía lezamiana, en una Cuba del siglo xix resueltamente europea por española, en José Lezama Lima: una biografía, el biógrafo aborda cómo la dificultad para respirar rodea al recién nacido el 19 de diciembre de 1910 antes de la medianoche en el campamento militar de Columbia, cercano a La Habana, donde estaba destacado su padre, el teniente de artillería e ingeniero civil Lezama Rodda, quien será víctima en 1919 de la llamada gripa española. La frase de Oppiano Licario ha impresionado a varios de sus lectores: “La vida del padre se llora aunque esté muerto, cuando llegamos a la madurez; la muerte de la madre se llora aunque esté viva, en nuestra niñez.”6

Ese miedo a morir de asfixia, que compartía su familia con el niño, llega hasta Cemí en Paradiso y una de las sorpresas al leer a Hernández Busto es enterarse de que libros calificados por algunos como “ininteligibles” trasladan, casi sin mediar otra cosa que la prosa extraordinaria, llanos episodios biográficos. Inventor de lenguaje lo fue el poeta. Pero como mistificador de su propia vida, ausente de biografía, según él mismo, Lezama Lima lo fue escasamente.

En aquellos tiempos se hablaba médicamente de una “personalidad asmática” que “condenó” al niño, tenido por víctima de una fragilidad extrema, a un infierno de la lectura interrumpido por las batallas entre liberales y conservadores (su padre, por militar, lo era) en aquella Primera República Cubana (“conato de Estado en una patria sin nación”,7 según Jorge Mañach) nacida en 1902 bajo tutela de los Estados Unidos. Esos episodios también cruzan por Paradiso, como su bélica equivalencia colombiana es indisociable de Cien años de soledad. Aquellas querellas civiles no impresionaron demasiado a quien acometió, de casi no saber leer, en 1918, el Quijote, “libro prodigioso”, al que siguieron los Diálogos de Platón, que acabaron por dictar la imborrable sentencia lezamiana: “Solo lo difícil es estimulante.”8

La muerte precoz del padre sumió a la familia en cierta penuria económica, que en los recuerdos de Fina García Marruz tornó la pobreza en aristocracia del espíritu e hizo del hogar de los Lezama un sitio “surrealista y barroco” con tío “bala perdida” incluido, personaje “burlón, derrochador, colérico, mimado y seductor”, a su vez, en Paradiso. Y ese tío (“demonio o tarambana”, un Wilhelm Meister) nos lleva a la doble vida habanera a la que se irá asomando el joven Lezama Lima, una “zona de confusa convergencia” en la polis griega y en el bullicio, primero provinciano y luego cosmopolita, de la noche.9

Ese legislador político que es en el fondo todo gran poeta, como lo cree Hernández Busto, comienza por rechazar las teorías del mestizaje cubano, apoyado en el José Martí que decía: “Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro”, que lo formó en el rechazo a la “violencia, altanería y estupidez” de la vida universitaria que es obligado a cursar, optando por aligerar el peso del derecho romano con el estudio simultáneo de las letras. Lezama Lima y los origenistas, por cierto, no fueron racistas: simplemente se negaban a desarrollar la identidad cubana a partir de la negritud.10Aunque el historiador Rafael Rojas descree de la mediocridad que Lezama Lima achacaba a sus estudios universitarios, él y Hernández Busto coinciden, al parecer, en que “los origenistas fueron la primera generación autodidacta de intelectuales cubanos”.11

Como Paz, Lezama Lima perdió pronto a su padre y, como el poeta mexicano, ello lo obligó a sostener precariamente una carrera universitaria en medio de la escasez familiar. Y así como Efraín Huerta recordaba que, desde el principio, “Octavio fue el jefe”, García Marruz recuerda al joven cubano en el centro, rodeado de un “séquito”, o más aún, como una especie de “rey oculto”.12Pero desde entonces fueron muy distintos tipos de intelectuales. Para decirlo facilonamente, a la manera del título que Jorge Aguilar Mora le dio a su libro pionero sobre Paz, este se inclinó hacia la historia y Lezama Lima hacia el mito, que en él es una de las formas de la imagen. Por ejemplo, mientras Julio Antonio Mella, el líder comunista cubano asesinado en la Ciudad de México en 1929, fue integrado a Paradiso como un voluptuoso “Apolo habanero”, capaz de actos “homéricos”,13 el Paz de la madurez no habría olvidado que fue emboscado, muy probablemente por agentes de la gpu a la cual servía su amante, la fotógrafa italiana Tina Modotti, quien llegaría alto en la Tercera Internacional, aunque al final ella también, quizás, resultara asesinada por su propia gente.

Hacia 1930, Lezama Lima, como Paz en México, participó de las algaradas estudiantiles que hicieron del mexicano un típico militante de los años treinta, cercano al Partido Comunista, en tanto que el cubano veía en la política un escenario de sacrificio, tan mítico como algunas otras esferas del mundo visible. Antes que los locales partidarios y las asociaciones sindicales, prefería las librerías de Obispo, donde se toparía con Jiménez, mientras para Paz su decisivo encuentro con Rafael Alberti, de origen político, se volvió poético en 1935.

Jiménez y su esposa Zenobia Camprubí llegan a La Habana en diciembre de 1936. El clima y la algarabía debieron parecerles infernales. Aunque era el lugar menos propicio para concebir “el libro total y único, resultado del mundo, del triste Mallarmé”,14 el poeta español encontró consuelo, sobre todo, en el joven Lezama Lima, quien reunía poemas primerizos en Inicio y escape, “precedido por un exergo de Juan Ramón Jiménez”, que abre el camino para Muerte de Narciso (1937) donde el cubano se presenta de cuerpo entero. Poema sobre la poesía, se sobrentiende, es de raíz católica, según Jorge Luis Arcos, y es un intento de ir más allá de “la poética aristotélica” a través de “un mundo de la transfiguración” a la vez anagógico y vertical. “Hierofanía, penetración en el misterio, solución a todos los conflictos de la corporalidad y lo sensorial”, agrega Lourdes Rensoli.15

En este punto, Hernández Busto discute sobre la interpretación freudiana de Narciso y sobre los nexos entre Muerte de Narciso y El divino Narciso de sor Juana Inés de la Cruz, ambos escritos en clave; de igual manera lo califica como otra identificación de la poesía con el homosexualismo y su orfismo, tan presente en los Contemporáneos y en la generación del 27, de tal forma que Lezama Lima, para quien “toda amistad era una forma de devoración” porque “al salir hacia el mundo yo comenzaba a verme, verificarme en los demás”, se convertía, hecho y derecho, en un poeta de su tiempo, dueño de la verdad filosófica y de la verdad poética, al decir de Ángel Gaztelu.16

Más de un lustro antes del trato con Jiménez, insiste Hernández Busto, había Lezama Lima entrado en contacto –en la primavera de 1930– con García Lorca, quien disfrutaba de perdérsele a sus anfitriones durante días y noches, para hacer vida nocturna con Luis Cardoza y Aragón, el musicólogo español Adolfo Salazar y el pintor Gabriel García Maroto. Guillermo Cabrera Infante, citado en José Lezama Lima: una biografía, dice que, a más de veinte años de su encuentro amoroso con García Lorca, su legendario “marino seudosueco” caminaba la noche, con su “paletó que hacia alucinante la noche tropical”.17

Pero hablando de literatura, más tarde, como ensayista, Lezama Lima se empeñará en disolver el maniqueísmo crítico que oponía a los dos grandes poetas andaluces que fueron sus mentores, a la vez románticos y helénicos, lo cual puede aplicarse a su idea de la Cuba literaria. Tan pronto como en 1937, contra el mito del mestizaje cultural, prefirió “el mito de la insularidad” que convertía a Cuba en un astro mítico que hacía de la isla “indistinta o distinta en el cosmos”, concentrando las energías de una literatura a la vez europea y americana, sin simplismos, gracias a “la eticidad hispana”.18

Poca paciencia me quedará para esperar las siguientes entregas de esta magna biografía de Lezama Lima, la dedicada a los años de formación, los de Orígenes sin duda y a los años de la Revolución cubana que convirtieron al poeta de La expresión americana (1957) en candil de la calle y oscuridad de la casa.

Para despedir a Hernández Busto regreso a su “Introducción” de José Lezama Lima: una biografía. Años de formación (1910-1939), donde comenta, con Roberto González Echevarría, por qué Lezama Lima se resiste a ser un clásico universal, más allá de serlo, hace rato, hispanoamericano, como si estuviera “tan enraizado en su cultura que resulta intraducible a otra” y como si esa “rareza radical” no implicara “cierto mal gusto”.19 De manera incisiva, Hernández Busto desarrolla el argumento: “El kitsch o, dicho en cubano, la picuencia del personaje que se mueve sin complejos con un traje un poco anticuado o demasiado grande”, caracteriza a Lezama Lima. “No es la suya”, afirma Hernández Busto, “una prosa que se proponga hoy día como modelo en ninguna escuela. Esa también puede ser la causa de la actualidad última del antimoderno, la negación de la negación vanguardista, la posibilidad de ‘ser poeta maldito siendo en vez poeta bendito’”.20

Al “ser para la muerte” de Martin Heidegger, opuso Ernesto Hernández Busto “el ser para la resurrección” de José Lezama Lima, lo cual me permite cerrar con un paralelo del lezamiano David Huerta (1949-2022):

El mismo año de 1976 murieron Lezama Lima, el prodigioso poeta insular, y Martin Heidegger, el filósofo alemán: ¿qué habrán encontrado en “la otra orilla”? Lo cierto es que esas dos figuras representan una suerte de opuestos complementarios en el horizonte de nuestra cultura moderna: las áridas tensiones del intelecto y la condición paradisíaca del lenguaje: el talante metafísico del poeta (en Lezama) y la valoración preciosa del acto poético (en Heidegger: léanse sus extraordinarias páginas en torno a Hölderlin); el sueño de la razón y la lucidez del delirio.21 ~


  1. Hernández Busto, José Lezama Lima: una biografía. Años de formación (1910-1939), p. 23.

    ↩︎
  2. Para estas y otras referencias me sirvo del sapiencial Diccionario. Vida y obra de José Lezama Lima, de Iván González Cruz (Generalitat Valenciana, 2000) que me regaló Enrique Vila-Matas hace más de veinte años en Caracas.

    ↩︎
  3. Hernández Busto, op. cit., pp. 242-243.

    ↩︎
  4.  Al menos hasta Muerte de Narciso, la antología poética de 1988 que David Huerta preparó para Alianza Editorial.

    ↩︎
  5. Hernández Busto, op. cit., p. 28.

    ↩︎
  6. Ibid., p. 133.

    ↩︎
  7. Ibid., p. 178.

    ↩︎
  8. Ibid., p. 171.

    ↩︎
  9. Ibid., pp. 162-167 y 206.

    ↩︎
  10. Ibid., p. 296.

    ↩︎
  11. Ibid., pp. 185 y 204.

    ↩︎
  12. 1Ibid., pp. 208 y 338.

    ↩︎
  13. Ibid., p. 210.

    ↩︎
  14. Ibid., p. 321.

    ↩︎
  15. Ibid., pp. 221-223.

    ↩︎
  16. Ibid., pp. 223 y 237.

    ↩︎
  17. Ibid., p. 244.

    ↩︎
  18. Ibid., pp. 297 y 330.

    ↩︎
  19. Ibid., p. 32. La misma argumentación he escuchado (y sostenido) en relación a la incapacidad de viajar de un José Revueltas, un escritor tan distinto a Lezama Lima y de exportación todavía más imposible aun que la del cubano.

    ↩︎
  20. Ibid., p. 32.

    ↩︎
  21. 21 Huerta, Ibid., p. 8. ↩︎


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