Las colinas azules o cómo apuntalar el tiempo

En la estela de John Berger y W. G. Sebald, Geoff Dyer hibrida géneros en una autobiografía llena de ternura y sentido del humor.
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“¿Pueden los recuerdos de la infancia […] desviarse tanto de la realidad, ser tan falsos?”, se pregunta Geoff Dyer en Tareas. Para él, su niñez es “una época de sol perpetuo” porque las fotos solo se tomaban en los días luminosos. Hijo de una cocinera y de un obrero de la industria metalúrgica, de pequeño quería ser buzo o paracaidista, pero llegó un momento en que los libros lo invadieron todo y acabaron sustituyendo a los pósteres de rock progresivo y la parafernalia del Chelsea en las paredes de su habitación.

Son los años setenta, los de las primeras peleas, los primeros pubs, los primeros conciertos, los primeros trabajos, los primeros besos, los primeros polvos. “El pasado es este país, esta Inglaterra. Inglaterra, mi Inglaterra”, la del Vauxhall Victor azul cielo (“el color de las vacaciones”) con el que iban a visitar a toda la parentela, pues ya eran parte de “un nivel de vida que subía como la marea”. Y aunque sus padres seguían aferrados a los viejos valores del ahorro y la gratitud (“siempre nos conformábamos con lo gastado, lo de segunda categoría”), el Estado de bienestar campaba a sus anchas. “Era deprimente llegar a casa del colegio y encontrarme allí a mi madre, esperándome, con los ojos irritados, como el fantasma de una casa que se hubiera quemado hasta los cimientos en ese mismo lugar treinta años atrás”, pero, por fortuna, la tele también estaba allí: primero la vieja en blanco y negro, y después la Sony Trinitron en color.

En su “esfuerzo por disolver el paso del tiempo”, Dyer, usando un vocablo del libro, creosota sus recuerdos, les aplica un líquido viscoso y pardo para preservarlos de la putrefacción, como se hace con las carnes y las maderas. Son recuerdos llenos de óxido (el del columpio del jardín trasero, el de los baños del hospital, el del bidón que se utilizaba para las hogueras, esas hogueras que advertían a los vecinos de que ya habían llegado a la parcela donde “nadie trabajaba deprisa, solo a la velocidad del humo errante”). “¿Era, por lo general, una época más oxidada, o solo se ha vuelto más oxidada en retrospectiva, parte de la corrosión activa de la memoria?”, se pregunta Dyer. No en vano, dice un poco después, “gran parte de este libro está escrito en los márgenes de lo que falta”. Está lo que falta y lo que se falsea, como el Rolls Royce blanco que en realidad era amarillo. Y aquí volvemos al principio de este texto desnortado.

En la estela de John Berger y Sebald, Geoff Dyer hibrida géneros y transita por los caminos librescos como los chavales que se limitaban a dar vueltas por High Street y de vez en cuando entraban en un local a comprar zurullos de plástico y trucos de magia. Es desternillante como Martin Amis, aunque su humor es menos negro y menos sarcástico. Geoff es el gamberro que corre sobre los coches aparcados en Regent Street: salta, divaga, te hace reír y, un segundo después, te encoge el corazón. Esa errancia suya, tan adictiva como las montañas de azúcar que consumía de niño, traza una radiografía de la Inglaterra de posguerra que miraba hacia el futuro, un futuro que “llamaba a nuestra puerta: nos lo traían a casa como la leche”.

Tareas es un libro que se ve (los “destellos blancos del carbón negro”, “el verde de la hierba aturdida por el sol”, la palangana roja volviéndose “gris por la espuma y las diminutas briznas de barba”), se huele (“un olor espeso a salsa incrustada de décadas”, “y aunque no había vacas en las inmediaciones, flotaba también un permanente tufo a vaquería. Aunque este era el olor de la pobreza”), se oye (“el estruendo y las embestidas de luces y ruido”), se palpa (los pañuelos de tela “acartonados de mocos amarillos”) y hasta, en una especie de sinestesia extraña, se saborea (“cordero gris –solo grasa y cartílago– con puré de patatas aguado y grumoso”). Por sus páginas aparecen, entre otros muchos, Robin Hood, Tarzán, Robinson Crusoe, los Beatles, James Bond, indios y vaqueros, leyendas artúricas, los Rolling Stones, “un borroso Leeds United”, Los Cuatro Fantásticos, Tom Jones con sus pastos verdes, Margaret Thatcher y su madre costurera, John McEnroe, los mods y los skinheads, el nme, Sam Peckinpah,Jacques Cousteau, los Monty Python, George Best, Batman y Shakespeare, por todas partes Shakespeare, como las margaritas del jardín familiar.

La vida a la que no podemos regresar, eso es este libro: una cápsula del tiempo que contiene todo lo que ya no es, todo lo que ya no está. Sería fácil caer en la nostalgia y lamentarse por lo que hemos perdido, pero el autor británico va desgranando las historias –las propias, las ajenas, las de su país y, en cierto modo, las del planeta entero– con tanta ternura y con tanto sentido del humor que al lector no le parece estar en un entierro, sino en una de esas fiestas en que un grupo de amigos celebra la vida de otro que acaba de morir. El mundo de las memorias de Geoff Dyer no existe, se ha quedado atrás como los pájaros disecados de la tía Joan, como las vacas que pastaban en el campo junto a las torres de alta tensión –¿qué habrá ahora donde antes estaban esas vacas?–, pero podemos verlo perfectamente, con una luz tan intensa que casi nos ciega, como cuando abrimos un viejo álbum familiar y reaparece el pasado por arte de magia. En la foto de la portada, con esos azules y rojos y verdes que brillan como cohetes en el cielo, los Dyer y su vida en tecnicolor existen como existe la mano que sostiene el libro, porque ya lo decía Jonas Mekas: da igual los años que pasen, al mirarlos vuelven a ser reales, como los árboles, el cielo y la pista de tenis junto al huerto. Al fin y al cabo, “los lugares permanecen, siguen ahí, donde estaban, mucho después de que hayan desaparecido”. ~


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