Las palabras y la violencia

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La violencia que se vivió en el País Vasco entre las décadas de 1960 y 2010, vinculada de una forma u otra a la banda terrorista eta, empieza a tener una sólida presencia literaria. Pese a las cuentas pendientes que la sociedad española en general y la vasca en particular puedan tener con este aspecto de su historia reciente, las obras no escasean: José Luis Rodríguez Jiménez contabilizó una treintena de novelas publicadas entre 1974 y 2017 cuyas tramas abordan el conflicto directa o periféricamente. En este corpus se encuentran obras pioneras como las de Raúl Guerra Garrido –especialmente La carta y Lectura insólita de “El capital”–, clásicos de la literatura en euskera como Ehun Metro (Cien metros) de Ramón Saizarbitoria y Gizona bere bakardadean (El hombre solo) de Bernardo Atxaga, y fenómenos literarios como Patria, de Fernando Aramburu. También hay propuestas recientes, como El comensal de Gabriela Ybarra y Mejor la ausencia de Edurne Portela, que abren nuevos espacios dentro del género. El corpus se expande, así, a medida que la sociedad española madura su visión de aquellas décadas y los escritores encuentran en ellas un campo donde explorar las tensiones entre ética, estética, política, afectos y experiencia.

Las amargas mandarinas es una valiosa y memorable aportación a este género. El marco de la trama es la estancia de una mujer en Palma de Mallorca, ciudad en la que acaba de fallecer su padre. Ahí encuentra una serie de documentos que le descubrirán aspectos insospechados de la vida de su progenitor. Una vida marcada por la visita nocturna de una amiga de la infancia y por la petición de un favor aparentemente inocuo. La ciudad es Bilbao y el año, 1974. Pronto el padre de la protagonista se ve implicado en un atentado y debe huir de la policía hasta cruzar la frontera con Francia. En aquel país logra devolver su vida a los cauces habituales de una juventud de los setenta –Pink Floyd, Bataille y amor–; pero la sombra del atentado y de los etarras nunca termina de desaparecer. A la luz de lo que va descubriendo, la hija debe revisar sus ideas acerca de su padre, del mundo y de sí misma.

La novela muestra uno de los rasgos característicos de las obras sobre el terrorismo etarra: la tensión entre una violencia altamente localizada y una trama dispersa en lo geográfico. Como en El comensal, El hombre solo o la propia Patria, la distancia física actúa como condición necesaria para comprender la violencia que se produjo en un sitio muy concreto. Así, los escenarios de esta novela transitan entre Bilbao, Burdeos, Praga, Madrid, Windhoek y Palma, pautando con cada nuevo desplazamiento la relación de los protagonistas con su pasado y consigo mismos. Sin embargo, Las amargas mandarinas también trata aspectos importantes de la violencia etarra que hasta ahora han recibido escasa atención literaria. Uno sería el de los atentados cuya autoría nunca se llegó a esclarecer, y que terminaron prescribiendo sin consecuencia penal para los terroristas pero con heridas irreparables para sus víctimas. Otro aspecto es el de las simpatías que generó eta en algunos sectores de la sociedad francesa durante los años setenta y ochenta; sectores enamorados de cualquier causa que sonara a liberación de pueblos oprimidos y lucha contra el capital, y altamente dispuestos a tolerar el precio en sangre que pudiera comportar. Un tercer aspecto es el de los centenares de guardias civiles asesinados durante aquellos años; si las novelas sobre eta se han solido centrar en víctimas de la sociedad civil, Las amargas mandarinas reconstruye la vida de aquellos que bajo su uniforme también eran padres de familia o chicos jóvenes, muy jóvenes. La novela coloca así al lector frente a la enormidad de un asesinato, independientemente de si el asesinado viste uniforme o no. También resulta valiosa la atención que presta al vector de la clase social, y que captura fielmente una faceta de la realidad histórica. Los terroristas pertenecen generalmente a familias pudientes y tienen estudios universitarios, mientras que los guardias civiles provienen de familias muy humildes, precisamente las que sufrieron lo peor de la larga posguerra. La novela expone así una de tantas imposturas del proyecto etarra, ese que decía matar en nombre de los oprimidos.

Sin embargo, la mirada de Las amargas mandarinas es muy amplia. Junto a los temas habituales en obras sobre el terrorismo (como la dialéctica memoria-olvido, pasado-presente), aborda otros como la fenomenología del amor y la importancia del lenguaje. Un tema recurrente de la novela es precisamente la polivalencia de las palabras, que se muestran al lector como intemperie y como refugio, criminales y balsámicas, constructoras de la barbarie y agarraderos para salvarse de ella.

La novela también destaca por una escritura precisa, paciente y sobria, aunque sin renunciar a los destellos líricos. De esta manera crea un ritmo y una atmósfera que revisten las experiencias de los personajes de una gran melancolía. Es posible que un lector impaciente halle exceso de prolijidad en algunas escenas, especialmente en el último tercio de la novela. También podrá lamentar el número de erratas que han conseguido burlar el proceso de edición. A cambio, la trama incluye varios giros inesperados y de gran efecto, que el autor prepara con maestría. Uno de ellos resulta especialmente devastador, y expone de la manera más descarnada posible las simas de dolor a que se deben asomar quienes deseen hacer justicia al fenómeno del terrorismo. ~

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