Lo de siempre: contra el secesionismo

En este libro breve y denso, Félix Ovejero repasa las cuatro principales defensas del secesionismo y explica por qué ninguna se sostiene lógicamente (ni democráticamente): la teoría plebiscitario-libertaria, la teoría adscriptiva, la teoría de la minoría permanente y la teoría de la reparación.
AÑADIR A FAVORITOS

Félix Ovejero

Secesionismo y democracia

Barcelona, Página Indómita, 2021, 144 pp.

Uno es libre de marcharse de un territorio, pero no puede marcharse con ese territorio. Ese territorio, si es una democracia, es una unidad de decisión y justicia; las fronteras no se votan, se vota dentro de ellas. El secesionismo es antidemocrático porque rompe con la comunidad política. Estas son, en esencia, las tesis sobre el secesionismo que lleva años defendiendo Félix Ovejero, profesor de filosofía política en la Universidad de Barcelona. Lo ha hecho en artículos académicos y no académicos (en Revista de libros o esta revista), en su serie de libros Contra Cromagnon (Editorial Montesinos) y en tribunas en los diarios El País y El Mundo. Ovejero está cansado de repetirse. En el prefacio de Secesionismo y democracia dice que le gustaría “no tener razones para volver sobre esta cuestión, pero me temo que tampoco ahora se cumplirán mis deseos. En fin, ya está uno acostumbrado”.

Las cosas importantes merece la pena repetirlas. O mejor: cuando se defiende algo importante siempre está el riesgo de ser pesado. Ovejero es un pesado necesario. Insiste en unas tesis que todavía nadie ha refutado de manera aceptable. En este libro breve y denso repasa las cuatro principales defensas del secesionismo y explica por qué ninguna se sostiene lógicamente (ni democráticamente): la teoría plebiscitario-libertaria, la teoría adscriptiva, la teoría de la minoría permanente y la teoría de la reparación.

La primera parte de una media verdad: el derecho que tiene el individuo para autodeterminarse. Según esta teoría, cualquier comunidad de propietarios/habitantes puede decidir el estatus del territorio. Ovejero señala el principal problema de esto: “la autodeterminación o el autogobierno, cuando se trata de decisiones colectivas, requiere inevitablemente precisar el conjunto de referencia, las fronteras de quienes votan, algo que no se puede resolver de modo democrático […] antes de votar, ha de decidirse quién puede votar, cuando lo cierto es que se vota dentro de las fronteras, pero no se votan las fronteras.”

La segunda teoría, la adscriptiva, asume la idea de que compartir una identidad nacional implica tener un derecho a la soberanía, o a la autodeterminación. Es decir, si compartes una pautas culturales y una “identidad”, formas parte de una nación. Y todas las naciones necesitan tener un Estado. Pero “que un conjunto de individuos comparta rasgos culturales no es argumento para dotarlo de un derecho a la soberanía”.

La teoría de la minoría permanente, por su parte, asume que hay minorías (nacionales) permanentes que jamás conseguirán “mayorías parlamentarias suficientes para modificar los marcos de la decisión. Esto habría dado pie a un abuso sostenido, a una desatención de sus demandas, cuando no a la explotación económica y el desprecio de su identidad cultural”. Una vez asumido que ese abuso, en el caso catalán, no ha existido, basta con analizar qué es exactamente una nación, según esta lógica, para descubrir que la teoría no se sostiene. Si una nación es un conjunto de individuos que tiene la voluntad de ser una nación, ¿era Cataluña una nación cuando, hace años, sus ciudadanos decían en las encuestas que no era una nación? El discurso nacionalista y la teoría de la minoría permanente suelen desembocar en esencialismos incomprobables. Se habla de una esencia nacional catalana en la que se obvian aspectos como la lengua más hablada del territorio, los apellidos más comunes o simplemente el pluralismo de Cataluña. “Los catalanes”, escribe Ovejero, “en cuanto tales, compartimos menos rasgos culturales que los que pueden compartir colectivos como homosexuales, trabajadores temporeros, sopranos, islamistas o pescadores”.

La teoría de la reparación, por último, es quizá la única democrática. “Únicamente la falta de democracia o una injusticia indiscutible legitimarían dicha secesión.” Pero en el caso que más trata Ovejero, que es el nacionalismo catalán, es obvio que no existen esos problemas.

Ovejero escribe para persuadir. Pero no rebaja sus argumentos para adaptarse a sus adversarios, cuyas justificaciones son muy pobres. Una de las más comunes es que el antinacionalismo no es más que otro tipo de nacionalismo. El crítico del nacionalismo catalán desde Madrid no es más que un nacionalista español. Lo que se deduce de esta posición es algo muy sencillo: todos somos nacionalistas, y que gane el más fuerte. Ovejero ofrece argumentos lógicos, no de autoridad. Incluso si su obra no estuviera sustentada en innumerables investigaciones sobre el tema, la lógica de lo que sostiene es difícil de refutar. De ahí su cansancio, y a la vez su insistencia, al comprobar que el debate público sobre el secesionismo en España está plagado de las inconsistencias que lleva años denunciando. ~