Lo que hay detrás del cáncer

Desmorir. Una reflexión sobre la enfermedad en un mundo capitalista

Anne Boyer

Traducción por Patricia Gonzalo de Jesús

Sexto Piso / UAM

Ciudad de México, 2021, 264 pp.

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Desde mediados de la década de los ochenta, en todo el mundo octubre es el mes rosa o de la concientización sobre el cáncer de mama. Durante ese mes, futbolistas, políticos y celebridades usan listones en ese color en sus eventos públicos. Las marcas lanzan ediciones especiales de sus productos con envases y etiquetas en color rosa para sensibilizar a la población y destinan un porcentaje de sus ventas a fundaciones e instituciones que ofrecen tratamientos contra el cáncer de mama o que investigan nuevas curas. Incluso empresas cuyas prácticas están relacionadas con las causas de la enfermedad tienen gestos “solidarios”, como pintar de rosa un taladro para realizar fracking o vender comida chatarra altamente procesada en envolturas de tono pastel. Para Anne Boyer (Topeka, Kansas, 1973), autora de Desmorir y sobreviviente de cáncer de mama, las campañas de mercadotecnia del mes rosa son solo una muestra de las maneras en las que el capitalismo se ha aprovechado de la enfermedad y del sufrimiento de los otros.

A Boyer le diagnosticaron cáncer de mama agresivo cuando cumplió 41 años. Madre soltera de una adolescente, con un trabajo precario como profesora universitaria y sin algún familiar cercano que pudiera cuidarla, la poeta se enfrentó a su enfermedad. La Ley de Permiso Médico y Familiar estadounidense solo autoriza a los enfermos tomar una baja temporal no remunerada de doce semanas y que sus cónyuges o padres tomen un permiso especial de la misma duración para atenderlos. En el caso de Boyer, ninguno de sus amigos o familiares podía dejar sus actividades para cuidarla y ella no podía dejar su empleo mientras se le realizaban las quimioterapias porque entonces no podría mantener a su hija. En la escuela en la que daba clases le “recomendaron” no decirles a sus alumnos que estaba enferma y tratar de no faltar. Diez días después de una doble mastectomía volvió a la universidad para impartir una clase de tres horas sobre la poesía de Walt Whitman mientras tenía bolsas quirúrgicas de drenaje pegadas a su pecho.

Esta situación de que no se le permitía parar aunque su cuerpo no pudiera más porque el sistema económico y social no la dejaba la motivó a escribir Desmorir. Su ensayo no pretende ser el relato esperanzador de alguien que sobrevivió al cáncer. Es crudo y doloroso, casi como la enfermedad misma. La razón es que no hay nada bello o heroico en el cáncer de mama. Con el firme propósito de no convertir el dolor en un producto y de no caer en una narrativa sentimentalista, Boyer expone el proceso de su enfermedad, desde que se entera del diagnóstico hasta que le notifican que ha entrado en remisión. Si bien se centra en su experiencia íntima, es un relato colectivo de quienes, como ella, han tenido que luchar al mismo tiempo contra la enfermedad y los prejuicios, la explotación, el silenciamiento y el abandono de un sistema cruel.

Para ella, el verdadero mal no es el cáncer sino el capitalismo. “Bajo el barniz de una salud perfecta, estábamos enfermos y totalmente sanos en un mundo enfermizo.” Quienes enferman de cáncer se enfrentan a la revictimización. La culpa no es nunca de la tierra, agua y aire contaminados por las grandes industrias, ni de la radiación a la que se expone a las personas, ni de las sustancias químicas que hay en los alimentos. No, la culpa es de la enferma, por no haberse cuidado lo suficiente o por contar con una predisposición genética. El sistema es ciego y cruel al daño que él mismo produce.

La diatriba de Boyer contra el capitalismo está en el centro de su ensayo y atraviesa los diferentes aspectos que aborda: desde un repaso histórico sobre cómo se diagnosticaba y trataba el cáncer de mama en el pasado –resulta sorprendente que en cincuenta años se ha avanzado muy poco en las quimioterapias–, algunas ideas sobre lo que representa la enfermedad a partir de textos de John Donne, Fanny Burney y Bertolt Brecht, una breve biografía de Elio Aristides, el orador griego que vivió un tiempo en el templo de Asclepio para curarse de su mal, hasta una reflexión sobre la imposibilidad de tener un duelo en un mundo que no te permite hacer una pausa y sobre la desigualdad entre hombres y mujeres.

Es a través de la escritura que la poeta encuentra un camino para tratar de dotar de sentido la nueva realidad por la que transita. “La enfermedad se escribe primero en nuestros cuerpos y, a veces, después, en cuadernos.” Boyer se suma a una genealogía de escritoras que también padecieron cáncer de mama –Susan Sontag, Audre Lorde, Charlotte Perkins Gilman, Fanny Burney y Kathy Acker–, pero a diferencia de ellas su narración no se enfoca en describir el proceso que atraviesa, sino que logra un equilibrio entre el tono personal y la investigación y exposición de datos. El suyo es un testimonio vulnerable que se mueve entre lo que está sintiendo a nivel físico y emocional y los datos que va recabando en estudios y artículos académicos, sin demeritar las experiencias de quienes la antecedieron.

Desmorir también presenta el lado que menos se conoce de la enfermedad: los componentes químicos de las curas actuales y sus secuelas. Sin pretender desmotivar a quienes deciden iniciar un tratamiento oncológico, o poner en duda la efectividad de estos en ciertos casos, Boyer expone, desde su experiencia, cómo la comunidad médica ha decidido ignorar los efectos que tienen en los pacientes y en el medio ambiente ciertos medicamentos –como la adriamicina, mejor conocida como “el diablo rojo” por sus propiedades tóxicas, o la ciclofosfamida, derivada del gas mostaza– bajo el principio del menor de los males. A la vez, destaca las condiciones en las que las supervivientes del cáncer quedan después de los tratamientos: con daños cognitivos, físicos, financieros, emocionales. “Y así estamos: mayormente muertas, pero obligadas a ir a trabajar.” Si bien cualquier persona con tejido mamario puede desarrollar este tipo de cáncer es cierto que principalmente lo padecen las mujeres, siendo las consecuencias calamitosas para ellas.

En 2020 Boyer ganó el premio Pulitzer de No Ficción por este ensayo. Evitando el oportunismo literario del sufrimiento femenino que tanto cuestiona, su libro abre una ventana a aproximarse a la enfermedad, ya sea el cáncer de mama o cualquier otra, desde una perspectiva crítica. No hacia quienes enferman, sino hacia el sistema que lejos de ofrecer soluciones busca perpetuar prácticas que agudizan la agonía con un producto rosa a la vez. ~