Los enigmas del tiempo en el retrato

Vivimos asediados por retratos banales, pero el retrato es la manera más vívida de dar voz a la muerte.
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El placer que nos origina el arte antiguo es más una fruición de lo vital que de lo estético, al paso que ante la obra contemporánea sentimos más lo estético que lo vital.
José Ortega y Gasset, “El arte en presente y en pretérito”

My aspirations are to ennoble Photography and to secure for it the character and uses of High Art by combining the Real and Ideal and sacrificing nothing of the Truth by all possible devotion to Poetry and Beauty.
Julia Margaret Cameron, carta a sir John Herschel (1864)

Son rostros de allegados, sonrientes y serios: padres, primos, hermanos, otras mujeres, ella misma, los ojos tristes de una niña que sostiene una mazorca pequeña. Se trata de la fotografía de Citlali Fabián. La artista fragua retratos de identidad y destaca, de esta forma, la importancia del vínculo único y esencial entre quien retrata y el retratado: hilo de complicidad; encuentro dialógico, rito que trasciende el impulso soberbio del fotógrafo que hace del otro un objeto. En cambio, pacta y encuadra: crea comunidad.

La historia del retrato es paralela a la del arte y varía en sus medios. Puede manifestarse en la escultura, la pintura, la fotografía; también en la palabra como sucede con el Retrato del artista adolescente de James Joyce o con la maravillosa novela El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde.

Vivimos asediados por retratos banales. Ya Francastel y Todorov habían señalado la obra de Goya como el último elogio al individuo antes de que la “sociedad facial” lo devorara. Todorov realiza hallazgos importantes en cuanto a la pintura flamenca del siglo XV que, por primera vez, se centra en representar a personas comunes dando origen a la “pintura de género”. El retrato acuña importantes modificaciones históricas que se resumen en los conceptos de individualidad e identidad que las distintas sociedades ofrecen a sus habitantes. En ellos se cifran sentidos profundos.

La relación más acuciante del retrato es la que sostiene con el tiempo. Presente, porvenir y múltiples pretéritos concurren en la obra. Didi-Huberman, en Ante el tiempo, invita a pensar en el arte más allá del momento de contemplación: el arte es todo tiempo. Distingue dos concepciones complejas que se contraponen al definir la historia del arte: una está sumergida en una visión continuista de la historia y está representada por las perspectivas de Erwin Panofsky; la otra es discontinua y sus ejemplos paradigmáticos son el pensamiento de Walter Benjamin, Aby Warburg y Carl Einstein. Estos pensadores introducen un elemento fundamental que define la discontinuidad de la historia del arte; se trata del “anacronismo”, que implica la presencia del pasado enigmático –de una forma u otra– en toda obra de arte. La perspectiva es fascinante, incluso a la luz de las vanguardias, cuya voluntad rupturista con la tradición podría considerarse una suerte de “anacronismo crítico”. El retrato intersecta los diversos tiempos, convierte su representación en un enigma que atraviesa eras.

A la luz de lo anterior, qué interesantes se vuelven los retratos de Rineke Dijkstra, de adolescentes en la playa. Esos jóvenes se apiñan, muy serios y desgarbados, en simpáticas hileras anónimas y simbolizan también el cruce de tiempos. El adolescente representa el pasado porque todavía es un niño; el presente, pues se trata de alguien que se encuentra en crecimiento, y, a la vez, también el futuro: proyección del adulto que será. En estas fotografías, y tal como sucede también con el trabajo de Citlali Fabián, los rostros son un fragmento del tiempo en la vida de una persona y, a la vez, la representación de todo tiempo, incluso el de la muerte.

La pregunta por la memoria se vuelve apremiante. ¿Qué es la memoria sino una sucesión de anacronismos insertos en el presente, en el instante en que se cuestiona el porvenir? El retrato es, así, una forma fugaz y eterna del tiempo vivo. Sin embargo, nuestra época le juega desleal, lo banaliza. Para que el retrato recupere su poder expresivo y sea el tiempo en sí, sería necesario acercarle, de nuevo, el fuego de lo sagrado.

La transformación vital del arte que se convierte en la trivialización vanguardista con las concepciones de “juego” e “intrascendencia” es llevada al absurdo por el arte posterior hasta nuestro siglo XXI. Habría que leer con mucho cuidado y astucia el concepto de “deshumanización del arte” de Ortega y Gasset que alude al arte de vanguardia como un “arte inteligente” y deshumanizado, frente a un arte pasional o romántico y, por ello, “humanizante o humanizado”, puesto que genera efectos emocionales en sus espectadores o lectores. El arte deshumanizado no habla a las emociones y, si lo hace, se apaga pronto, como un fuego artificial. Pese a ello, el arte vida comunica aún de una forma curiosa y casi abstracta, mezcla de intelecto y pasión, como si fuera eco de una dimensión sinuosa y fatal, un llamado ineludible: el silencio en los ojos de los muertos.

El retrato, en su dimensión más profunda, se muestra en los sarcófagos y en las representaciones mortuorias de las momias egipcias de El Fayum. Estos sarcófagos están intervenidos con un retrato del difunto y representan un entrecruce de tiempos. La antigüedad del rito mortuorio egipcio que representaba, en los sarcófagos, episodios pintados de la vida del difunto es acompañada por el retrato del muerto, un acto importante en la provincia romana de Egipto del siglo I al III d. C. Los retratos de El Fayum destacan por su realismo y son impactantes en nuestra época. Aquellos rostros romanos continúan perfectamente vivos y transmiten la luz potente y extraña que solo puede provenir de los ojos de los muertos. El retrato es, de esta forma, la manera más vívida de dar voz a la muerte.

Impresionante el hecho de que la materia del arte decidió, debido al clima seco de Egipto, ser generosa con el porvenir y conservar los ecos del pasado a través de esta forma ritual de honrar la muerte. Cuando observamos estas momias, de inmediato sentimos la cercanía y la actualidad de los retratos –realizados con cera y emplazados en un sarcófago como si fueran un pastiche de tiempos cruzados– precisamente como si los seres estuvieran vivos; porque ser retratados es dar vida; es dialogar con los otros ojos que nos miran desde su infinito. En cierta forma, los ritos egipcios son el eco trascendente del arte, que despliega su tejido de entretiempos mediante estos retratos fascinantes. Los ojos de estas momias son eternos, parecen perderse en su inmensidad sin horas. Cuando el retrato retorna a su eco sagrado, a ese hálito primigenio que lo envuelve en la muerte del ser representado, entonces recupera algo esencial y caro al arte: la posibilidad de ser el más profundo juego vital. Para que el arte vuelva a ser inmensidad debe recuperar el habla de la muerte. ~


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