Said, el orientalista

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El crítico literario Edward W. Said fue uno de los intelectuales más polémicos del siglo XX. Su obra Orientalismo sentó las bases de los estudios poscoloniales y su activismo por la liberación de Palestina lo convirtió en un sujeto sospechoso para el fbi. Una nueva biografía sintetiza su pensamiento e influencia.

Después de la Guerra de los Seis Días, en 1967, Edward W. Said se comprometió sin atisbo de duda con la causa palestina, de cuyo Consejo Nacional fue miembro entre 1977 y 1991. Nacido en Jerusalén cuando la ciudad santa era dominio británico e hijo de cristianos libaneses residentes en El Cairo, la prensa que le era adversa al celebérrimo autor de Orientalismo (1978) lo describía, con desdén, como “un ciudadano estadounidense”. Ello también era cierto. Egresado de Princeton y Harvard, Said fue un idiosincrático intelectual neoyorquino, pertrechado de por vida en la Universidad de Columbia, habiendo intentado en varias ocasiones dar clases en Beirut. Ese propósito de “orientalización” se había visto impedido menos por las guerras civiles que desangran Líbano desde 1975 que por la negativa de su esposa Mariam a seguir a su marido e instalar a su familia en territorio minado.

Said, incluso para quienes lo combatieron, fue una figura notable por su refinamiento intelectual que hizo de él, al mismo tiempo, un prominente crítico literario reacio a dejarse reclutar por las escuelas de moda y que trató de deslindarse de aquello desencadenado por Orientalismo en las universidades del mundo. Su popularidad lo convirtió en la voz más calificada, en Occidente, de la Organización para la Liberación de Palestina (olp), lo cual no le impidió romper estruendosamente con Yasser Arafat porque consideró que los Acuerdos de Oslo, firmados frente al presidente Clinton en su papel de césar romano reconciliando a sus vasallos, según dijera el propio Said, eran una traición.

((Brennan, Places of mind. A life of Edward Saidop. cit., p. 320.))

Sus libros llegaron a estar prohibidos por la Autoridad Nacional Palestina. Said no solo estaba empeñado en el proceso de paz a través de la famosa orquesta binacional fundada con su íntimo amigo el director de orquesta Daniel Barenboim, sino en crear un tercer partido palestino, equidistante de Fatah y de Hamás, abandonando la lucha por los dos Estados a cambio de proponer uno solo, confederado, palestino e israelí. Militante al fin, no dejó de escribir páginas propagandísticas, pero estas son las menos en su obra. El espíritu de la música occidental –fue no solo melómano sino un polémico musicólogo, además de notable pianista aficionado– siempre llegó para salvarlo. Fue amigo cercanísimo de Glenn Gould y, ante su muerte precoz, culpó al mercado capitalista y sus exigencias de haber obligado a aquel genial pianista a encerrarse, como un nuevo cartujo, en su estudio de grabación.

((Ibid., p. 58.))

Al leer Places of mind. A life of Edward Said, de Timothy Brennan, uno se encuentra con una biografía en buena medida apologética en tanto obra de un alumno suyo,

((Justin Marozzi, “Crying in the wilderness: Even Edward Said would not have claimed to be ‘the 20th century’s most celebrated intellectual’. But neither was he ‘Professor of Terror’, says Justin Marozzi”, The Spectator, 13 de marzo de 2021, p. 32.))

 aunque, habiendo leído las piezas antisaidianas de Bernard Lewis y Robert Irwin, se cree estar en condiciones de pintarse una imagen equilibrada del personaje. Si en 1967 Said dejó de cortejar a los “intelectuales de Nueva York”, en buena parte judíos y muchos de ellos decepcionados de una izquierda dispuesta a recibir, una década después, con los brazos abiertos al nuevo ídolo palestino, la suya distó de ser una conversión. Lo suyo, dice bien su biógrafo, no fue un “juego étnico” propio de un neoyorquino multicultural, aunque su autodesprecio como estadounidense resultó ser muy típico, digo yo.

((Brennan, op. cit., p. 47.))

 Said creció con una conciencia intensa del ser árabe, desde una perspectiva hoy en parte olvidada por el auge arrollador del islam: la de un cristiano de Medio Oriente, nacido en el seno de una Iglesia anglicana que nunca repudió y, al mismo tiempo, un secularista convencido que a veces quiso ser un “musulmán honorario” y, otras, “el último intelectual judío”.

(( Ibid.,pp. 43 y 365.))

Paradójicamente, la mayor de sus virtudes intelectuales, ese espíritu profundamente laico, le impidió –me parece– ver las dimensiones que la amenaza islamista significaba no solo para la causa palestina (vampirizada por Hamás, la sucursal de los Hermanos Musulmanes en la franja de Gaza), sino para el mundo árabe y ese Occidente que le permitió escribir Orientalismo. Ese curioso desdén por el islam también lo vivió Frantz Fanon (1925-1961), en buena medida su precursor, pero el psiquiatra martiniqués entregado a la independencia de Argelia murió antes de conocer el desastre de la descolonización, mientras que, habiéndolo vivido, en nada modificó las ideas de Said, muerto un par de años después del 11 de septiembre de 2001. Ambos fueron racionalistas de obediencia europea (Descartes, Vico) del todo ajenos al desagradable y contraproducente imperio de la religión sobre la historia de las ideas. Despojar a Oriente de su religiosidad es la principal crítica de Irwin contra Said.

((Robert Irwin, For lust of knowing. The orientalists and their enemies, Londres, Penguin, 2006, p. 294.))

 Discípulo de R. P. Blackmur, el amor que este le trasmitió por el poeta Gerard Manley Hopkins, jesuita converso, lo vivió como una avidez individual y estilística, porque la religión era ajena, para Said, a lo social.

Como la mayoría de los ideólogos revolucionarios, Said creció en un barrio burgués, en la época más glamorosa de El Cairo, y muy pronto, tras la crisis del canal de Suez en 1956, toda su familia se adhirió con ardor al nacionalismo egipcio, liderado por el coronel Nasser. En 1951, a los quince años, nos cuenta Brennan, Said llegó a estudiar en un internado de Massachusetts y desde entonces se enamoró de la cercana Nueva York y del viejo cine de Hollywood, educándose con la lectura de los clásicos de la izquierda anglosajona, desde Howard Zinn hasta Eric Hobsbawm, pasando por J. D. Bernal, periplo que lo convirtió en socio de Noam Chomsky.

Said nunca fue marxista y no pocos de los críticos árabes de Orientalismo lo acusaron no tanto de revelar lo obvio (el eurocentrismo, escasamente presentable en el entonces llamado Tercer Mundo, de Karl Marx), sino de echar a perder con su suspicacia la esforzada y a veces heroica labor de aquellos comunistas frente al islam y contra el nacionalismo. “Mullah’s friend” lo llamaron algunos, mientras sus amigos se burlaban de la recepción profética que recibían sus palabras en Levante.

((Brennan, op. cit., p. 200.))

 Siempre apasionado del joven Georg Lukács, Said se jactó, ante su entonces amigo Christopher Hitchens, de “nunca haber atacado públicamente” a la Unión Soviética.

((Ibid., p. 262.))

Tuvo maestros árabes eminentes, encabezados por Charles Malik, pero aprendió árabe literario tardíamente y, también, muy tarde pudo escribir exclusivamente para la prensa árabe, acostumbrado a tener a sus interlocutores en Nueva York, Londres y París. Said tuvo a sus pies a todas las universidades del mundo, recibió muchos honores y premios, salvo el Nobel de la Paz, ambicionado por él y por Barenboim. Alguna Navidad, los Reagan o su staff cometieron la inocentada o la grandeza de miras –quién sabe– de incluir a los Said en la lista de quienes recibían felicitaciones navideñas de la Casa Blanca.

(( Ibid., p. 221))

 Y, sin embargo –no en balde otra de sus obsesiones fue “el carácter no nacional” del intelectual descrito por Antonio Gramsci–, Said decía la verdad al sentirse un solitario, es decir, demasiado occidental y cosmopolita en el mundo árabe, y un orientalista sospechoso para Estados Unidos, al grado de que el fbi, tiempo después de su muerte, ocurrida el 25 de septiembre de 2003, desclasificó un especioso expediente. Su estilo de vida, conduciendo Alfas Romeos con su Rolex en la muñeca, no era bien visto ni en los cuarteles de la olp (cuya corrupción denunció), ni en las estragadas Gaza y Cisjordania, que pudo visitar, en sus últimos años, gracias a los buenos oficios de su hijo Wadie.

Releí Orientalismo para escribir esta reseña aunque no sea esta la ocasión para hablar de ese libro tan justamente célebre, por buenas y malas razones. Pero como latinoamericano, algo puedo decir. Para la nueva edición española, la de 2002, Said escribió un par de páginas agradeciéndole a Juan Goytisolo el haberle abierto los ojos sobre la gran ausencia en Orientalismo: los ocho siglos, entre 711 y 1492, de Al-Ándalus, en la península ibérica. Incluso asumiendo las críticas de Nicolás Sánchez-Albornoz contra la idealización multicultural de Américo Castro (y en consecuencia de Goytisolo), de aquella convivencia entre católicos, judíos y musulmanes, ocho siglos son demasiados como para no poner en solfa toda una teoría universitaria (lo digo sin sorna: el carácter académico y hasta profesoral de su obra llenaba de orgullo a Said).

Las tesis de Orientalismo, si pudiese agregársele la España musulmana, quedarían en entredicho. ¿Cuál de las tres religiones del Desierto avecindadas en Córdoba y Granada sería la orientalista? Si ya Irwin criticó Orientalismo por su ignorancia del mundo antiguo, en el que Atenas era equidistante tanto de Esparta como del Imperio persa, en cuyas facciones combatió Jenofonte, ¿dónde quedaba allí, en Al-Ándalus, la frontera entre Oriente y Occidente? ¿No es América Latina, el Extremo Occidente, al decir de Arturo Uslar Pietri o de Octavio Paz, u otro Oriente, como lo creyeron los cronistas de Indias, un ejemplo de que esa frontera es arbitraria? ¿El antimperialista Said no marcó esa frontera con idéntico celo al de sus aborrecidos orientalistas de antaño?

Es mucho pedirle a un hombre cuya actividad política e intelectual parecía no requerir del sueño reparador, como Said, que más allá de Cien años de soledad supiese algo de América Latina. Pero su agradecimiento a Goytisolo es de dientes para afuera. Era demasiado tarde para modificar Orientalismo tras el descubrimiento de ese colosal olvido, tan anglosajón, del mundo hispanoamericano y prevenir a Said de los estragos que causarían los “estudios poscoloniales” al incluir, por ejemplo, a los cinco veces centenarios México y Perú en su sopa de pobres. Negligente para corregir los muchos errores detectados en Orientalismo por sus críticos (sobre todo los alemanes), Said queda como un profesor aferrado, contra viento y marea, a una teoría antiesencialista: no se sabe qué es Oriente, salvo que es una alevosa invención de Occidente. El daño ya estaba hecho: la riqueza del intercambio cultural, orlado en sangre como todo lo que pasa por la historia, le fue ajena a Said. Pasó unas vacaciones en Andalucía y le gustaban los toros, nos cuenta Brennan al respecto. A Goytisolo el biógrafo ni lo menciona.

((Ibid., p. 216.))

Las relaciones de Said con el posestructuralismo y el giro lingüístico pasaron del coqueteo con Michel Foucault a una sucesión de distanciamientos, motivados por el alineamiento de Saint-Germain-des-Prés, Jean-Paul Sartre incluido, con Israel.

((Ibid., p. 101.))

 Al final, su aliado más confiable en Francia resultó ser Jean Genet, propalestino de polendas y cuero negro. Su excelente francés de poco le valió para ser aceptado por el “Olimpo parisino”, que lo reconoció tardíamente y de mala gana.

((Ibid., p. 234.))

 Al final se impuso, en Said, el humanismo clásico y “burgués”, el de Erich Auerbach, primero, o el de Raymond Williams, en la vertiente de un marxismo ya anticuado en los años setenta, después.

El admirador de Joseph Conrad o Jonathan Swift acabó por imponerse, mal dispuesto Said ante la negación del autor pregonada desde París. Sus mea culpa se volvieron rutinarios. Lamentaba la charlatanería de Jacques Lacan y le perdonó la vida a Jacques Derrida, por solidario; en Jean Baudrillard encontró “eructos” antes que ideas y deploró que las universidades teorizaran las sexualidades o la negritud mediante el psicoanálisis o la semiótica, cuando la realidad exigía compromiso antimperialista; también un Jürgen Habermas, como avatar de su admirado Theodor W. Adorno, musicólogo y teorético, le decepcionó por liberal. Ciertamente, Said detectó los abusos universitarios de su propia teoría, a veces escandalosos, y hasta los señaló, pero al aprendiz de brujo no le quedó más que asumir las consecuencias de que palabras hechas pasar por conceptos como “otredad”, “diferencia” o “eurocentrismo”, que él sabía baladíes, se impusieran entre el profesorado adicto.

((Ibid., pp. 220, 229 y 235.))

Como crítico literario propiamente dicho, habiendo leído Cultura e imperialismo (1993), Said es decepcionante: otro lukácsiano creyente en la representación artística como espejo de la sociedad. Lo imperial en Aída, de Giuseppe Verdi (ensayo en donde extrañamente la musicología se esfuma, como también se ausenta, según algunas quejas, en Orientalismo),

((Pierre Larcher, Orientalisme savant, orientalisme littéraire. Sept essais sur leur connexion, París, Actes Sud, 2017, pp. 163-164.))

 o las culpas que la izquierda ortodoxa carga contra George Orwell o Albert Camus, en Said son consecuencias de las condiciones materiales de su creación o de su existencia, no de un temple moral. En cuanto a la literatura árabe, destaca el descubrimiento temprano que hiciera el palestino-estadounidense del novelista egipcio Naguib Mahfuz, futuro Premio Nobel. Mientras Said se ponía al día en la literatura árabe contemporánea, mucha de ella recién nacida, su fondo humanista o su antiformalismo frustró su pretensión de construir una alteridad a partir de la oralidad arábiga. Dudo que lo haya intentado seriamente.

La última imagen pública de Said fue, antes de morir a causa de la leucemia, la pedrada que lanzó al vacío, desde el lado libanés, contra un puesto militar israelí abandonado, en la garita de Fátima, en julio de 2000. El gesto, interpretado por sus admiradores como un acto simbólico o un grito de alegría, no deja de ser inquietante. Un erudito prematuramente enfermo, habiendo sido una mente brillante que ha estudiado la representación literaria desde su juventud, se enfrenta a un enemigo invisible, como lo es en principio todo aquello que es la literatura antes de ser leída. La pedrada en el vacío bien podía ser una demostración de fracaso o una metáfora de lo inalcanzable, pero escasamente una celebración victoriosa. Otra imagen estremecedora de esa guerra que durará más de cien años, de la que ha hablado Gabriel Zaid.

Fotografiado el profesor tirando la piedra sin esconder la mano, el escándalo fue mayúsculo. La Universidad de Columbia hubo de declarar solemnemente que Said no había violado ninguna ley ni hecho daño a nadie, por lo cual las demandas de expulsión, solicitadas por algunos colegas y patronos, resultaban improcedentes, según leemos en Places of mind. A life of Edward Said, de Timothy Brennan. Said, desde luego, militó en una organización que, hasta 1988, desconoció a la democracia israelí. Pero no es fácil definir al amigo antisionista de Philip Roth como un antisemita. Más bien fracasó en su intento, legible desde Orientalismo, de catalogar a las formas reales o supuestas de desprecio por lo árabe, o de mistificación de su cultura, como otra de las formas del antisemitismo. Y fracasó, creo, porque el Oriente de este enemigo del orientalismo resultó tan inasible, tan subjetivo, tan eruditamente imaginario como el de los sabios orientalistas del siglo xix que criticó, otra invención sociológica motivada por la urgencia política. El orientalismo de Edward W. Said –como en aquella broma sobre el psicoanálisis– es en sí mismo la enfermedad que se propone curar. ~