Il n’y a rien de commun entre moi
Et ceux qui craignent les brûlures
Estos versos de Guillaume Apollinaire (“No hay nada de común entre mí / y los que temen quemarse”) ilustran a la perfección el espíritu de Marc Bloch (1886-1944): historiador, soldado de las dos guerras mundiales, miembro de la Resistencia, arrestado y torturado por los colaboracionistas franceses y fusilado por los nazis, el 16 de junio de 1944, diez días después del desembarco aliado en Normandía.
Para el inicio de la Segunda Guerra Mundial, Bloch había publicados cuatro libros que conservan su importancia innovadora hasta la fecha; a partir de 1946 empezaron a salir otros escritos, póstumos, no menos relevantes, uno de los cuales apareció muy pronto en México, en 1952: Apología para la historia o el oficio de historiador, traducido por Pablo González Casanova y Max Aub, bajo el título de Introducción a la historia. Una edición de 8,500 ejemplares difundida en América Latina con diecinueve reediciones hasta 1994: ¡100,000 ejemplares! En 1996, el Fondo de Cultura Económica y el inah hicieron una nueva edición que tomaba en cuenta los cambios realizados en Francia, bajo la supervisión de Étienne Bloch, el hijo mayor del historiador. La razón por la que este libro se editó en México a pocos años de la edición original es que el joven historiador François Chevalier, entonces director del Instituto Francés de América Latina, había sido estudiante de Marc Bloch en la Sorbona, como mi padre André Meyer. Anticipo para quedarme un instante en México: ese libro, que es mucho más que un manual para estudiantes de historia, engendró dos obras importantes –El oficio de historiar de Luis González (1999) y La función social de la historia de Enrique Florescano (2012)–, que corresponden a las dos vertientes de la Apología: el estudio y la acción.
Veinte años después de la muerte de Marc Bloch, Fernand Braudel escribió: “Perdimos un historiador sin par. El historiador que fue y que es, gracias al prodigioso éxito de sus libros, toma poco a poco la ventaja sobre todos sus otros personajes, el profesor, el soldado de la Resistencia. Como historiador, alcanza más pronto que cualquier otro la iluminación de una gloria duradera y apacible.” ¿Pero de verdad se trata de un héroe olvidado?
En 1986, a propósito del centenario de su nacimiento, la Escuela Normal Superior enfatizó su aportación intelectual, en la misma línea que Braudel. En 2006, varios historiadores pidieron al presidente de Francia la entrada de Marc Bloch al Panteón de París, el equivalente glorioso de nuestra Rotonda de las Personas Ilustres. Dos décadas después, en junio de este año, Marc Bloch y su esposa Simonne Vidal fueron celebrados de manera grandiosa e hicieron simbólicamente su entrada al Panteón. ¿Simbólicamente? Sí, porque sus descendientes decidieron que sus restos siguieran descansando en su tumba de Fougères, en la Francia profunda. El héroe está de regreso.
Al alimón, leo y releo la Apología, obra del historiador (y del ciudadano), y L’étrange défaite (La extraña derrota. Testimonio escrito en 1940),1 obra del soldado y testigo del derrumbe de Francia en 1940. Durante el periodo 1950-1970, la “Escuela de los Annales” insistió en la revolución historiográfica realizada por la Apología, sin hablar del ciudadano patriota, del mártir. En 1973, el historiador estadounidense Robert Paxton publicó su La France de Vichy, libro sobre la complicidad absoluta del gobierno del mariscal Pétain con el III Reich. Tuvo el efecto de una bomba, al tocar un tema silenciado, de modo que, poco a poco, los historiadores franceses empezaron a estudiar esa historia siniestra y la de la Resistencia. Eso llevó a redescubrir al Marc Bloch de La extraña derrota, libro que, inmediatamente después de la Liberación, había sido publicado por el movimiento Franc-Tireur, al cual perteneció Bloch. Entonces salieron a la luz sus escritos de y sobre la Primera Guerra Mundial, los del “capitán Bloch”, que había recibido la Cruz de Guerra con cuatro citaciones y varias heridas, y sus manuscritos de los años 1941-1944. Se volvió el ícono del civismo democrático y dieron su nombre a calles, escuelas, universidades, antes de que sus restos descansaran en el Panteón. Hoy día es el exemplo –al estilo Plutarco– que una sociedad se ofrece a sí misma para edificarse, para alejar las posibles “extrañas derrotas” a la hora de la crisis mundial de la democracia. En su hermoso discurso, el presidente Emmanuel Macron dijo que Marc Bloch nos interpela, nos habla. Ciertamente, pero nosotros lo hacemos hablar. Me quedo con esta cita de 1986 del polaco Bronisław Geremek: “Marc Bloch, qui dilexit veritatem (‘quien amaba la verdad’), pensaba que perseguir la verdad debe predisponer a defenderla y servirla en la vida, que la historia y el historiador deben ponerse al servicio de lo verdadero y lo justo, de la libertad y la fraternidad de los hombres.”
Pero ¿quién fue Marc Bloch?
Nació en 1886, en Lyon, en el seno de una familia alsaciana, de confesión judía, que había optado por Francia en 1871, cuando Alemania se anexionó Alsacia y Lorena. Tal era el patriotismo de los judíos franceses, los Durkheim, Lévi-Strauss, Halbwachs, Isaac, Mauss, etc. Descubrió la historia bajo la férula de su padre, Gustave Bloch, especialista de historia antigua en la Sorbona. A los dieciocho años llegó a la Normal Superior; a los veintidós, a la “agregación”, concurso típicamente francés para entrar a formar parte de la educación pública. Estuvo un año en Alemania para familiarizarse con su historiografía y fue además profesor de historia y geografía en los liceos de Montpellier y Amiens, momento en que entra en la guerra, en agosto de 1914, como sargento. Su heroísmo le vale un ascenso excepcional al rango de capitán. De 1919 a 1936 es catedrático en la Universidad de Estrasburgo en compañía de Lucien Febvre, M. Halbwachs y otros brillantes universitarios. Se casa y será padre de seis hijos. Publica en 1924 Los reyes taumaturgos.2 En 1929, él y Lucien Febvre lanzan la revolucionaria revista Annales d’histoire économique et sociale que no necesita comentario. En 1931, gracias a los colegas noruegos que lo admiran, publica Les caractères originaux de l’histoire rurale française (La historia rural francesa: caracteres originales).3 La creación, en 1981, del Centro de Estudios Rurales en el Colegio de Michoacán es un eco lejano de esa obra maestra. En 1936, la Sorbona lo invita como profesor de historia económica. Raymond Aron cuenta que, en julio de 1939, Marc Bloch le dijo que habría guerra antes del otoño. Así fue. En 1939-1940, salen los dos tomos de La société féodale (La sociedad feudal).4
En septiembre de 1939, a pesar de tener 53 años y seis hijos, se alista como voluntario. En el Estado Mayor del Primer Ejército, lo responsabilizan del enlace con los británicos y del abasto de combustible para camiones y tanques, encargo que realiza con una eficacia absoluta, lo cual le valdrá una quinta citación y la Legión de Honor a título militar. Su ejército, atrapado en Bélgica en mayo-junio de 1940, se disuelve. Escribirá a mi padre, alumno al que quería y alentaba: “Del 10 al 30 de mayo tuve que vagabundear de puesto de mando en puesto de mando, obsesionado por la preocupación de repartir gasolina y diésel a los tanques, tractores y camiones de un ejército cada día más zarandeado; me entregué también a incendiar todos los depósitos abandonados. Más tarde, después de haber hecho ponchar debidamente los neumáticos de las pipas, pude alcanzar la costa. Bajo un hermoso atardecer de primavera embarqué en Dunkerque (este no era tan hermoso como el atardecer); dos días después llegué a Cherbourg, vía Inglaterra. Por fin, me encontré en Rennes, el mismo día de la entrada de la columna alemana, sin que ella tuviera que disparar. Me vestí de civil y aparté un cuarto en el hotel bajo el nombre de Sr. Marc Bloch, profesor en la Sorbona.”
El mismo día, 17 de junio, escucha con rabia el mensaje radiofónico del mariscal Pétain que anuncia una solicitud de armisticio a los alemanes, al tiempo que pide a los soldados franceses “cesar el combate”. El 18 de junio, desde Londres, De Gaulle llama a la resistencia.
“Adivinará Ud.: como todos nosotros, a lo largo de esa temporada acumulé, especialmente en mi trabajo en el Estado Mayor del Ejército, muchas experiencias bastante instructivas. Aún no llega el momento de ponerlas por escrito.” En realidad, había llegado el momento: en pocas semanas, en julio y agosto, redacta La extraña derrota. Testimonio escrito en 1940, un texto fabuloso que busca comprender cómo y por qué Francia se derrumbó en mayo-junio de 1940. “Somos los vencidos provisionales de una extraña derrota”, dice.“Provisionales”: eco del mensaje de De Gaulle del 18 de junio: “Hemos perdido una batalla, no hemos perdido la guerra.” El lector adivina quién es Marc Bloch al leer: “Dar muestras de valor equivale para el soldado a ejecutar hábilmente su oficio. Cuando un muchacho honesto está acostumbrado, en la vida corriente, a efectuar meticulosamente sus tareas cotidianas (en el banco de trabajo, el campo, detrás de un mostrador y, me atrevería a decir, en la mesa de trabajo de un intelectual), seguirá con total naturalidad cumpliendo con idéntica sencillez el deber que le imponga la coyuntura, aunque sea bajo las bombas o la metralla.”
El libro además es un examen de conciencia en forma de mea culpa: “No nos atrevimos a ser, en la plaza pública, la voz que grita, al principio en el desierto, pero que al menos, sea cual sea su suerte al final, siempre tendrá el consuelo de haber voceado su credo. Preferimos recluirnos en la tranquilidad timorata de nuestros talleres.”
¡Vergüenza, vergüenza! Sin que los nazis lo hayan pedido, el gobierno colaboracionista francés pasa una serie de decretos antisemitas que excluyen a los judíos de la función pública. La ley del 3 de octubre de 1940 “sobre el estatuto de los judíos” expulsa a Marc Bloch de la Sorbona y prohíbe a sus hijos entrar a la universidad. En julio los nazis, que ocupan la mitad de Francia y París, requisan su departamento y mandan su biblioteca, sus manuscritos, sus apuntes de clase a Berlín. En 1945, los soviéticos se apoderan de todo ese material y Francia tarda mucho en recuperarlo. Me tocó, en 1997-1998, cuando trabajaba en el Archivo Histórico del Ejército, en Vincennes, ver unas cajas que acababan de llegar de Rusia y faltaba todavía por inventariar: ¡los papeles de Marc Bloch!
Dos intelectuales respetables, dos ministros del gobierno de Pétain, intervinieron a favor del capitán: Jérôme Carcopino, alumno de Gustave Bloch y gran historiador de Roma, y Jacques Chevalier (padre de François Chevalier), en su calidad de “secretario de Estado para la Instrucción Pública”, el nuevo nombre del Ministerio de la Educación Pública.
El 2 de diciembre de 1940, el filósofo católico y ministro Chevalier firma lo siguiente: “El profesor Marc Bloch es el hijo de un antiguo profesor de historia romana en la Sorbona. Es a su vez un historiador muy eminente, autor de numerosos y notables libros sobre la historia económica. Su autoridad en el extranjero es considerable y sus servicios militares le han valido la Cruz de Guerra con cuatro citaciones, así como la Legión de Honor a título militar. El secretario de Estado insiste muy particularmente para que Marc Bloch sea levantado de la degradación en virtud del artículo 8.”
Chevalier lo nombró profesor en Clermont-Ferrand, la ciudad adonde se había trasladado la Universidad de Estrasburgo, profesores y estudiantes, su antigua y querida universidad. Además, Chevalier, previendo el futuro, le otorgó una orden de misión, en febrero del siguiente año, para ir a los Estados Unidos, un pretexto académico para permitir el exilio. Bloch tramitó la visa americana para él y su familia; se las dieron a todos, menos a su hijo Étienne, por ser mayor de edad, y a su madre, por ser una anciana. Decidió quedarse en Francia con ellos. Fue cuando redactó su testamento:
Independientemente de donde muera, ya sea en Francia o en territorio extranjero, sea cuando sea, confío a mi querida mujer o, en su ausencia, a mis hijos, la tarea de ocuparse de mis exequias como estimen oportuno. Serán funerales exclusivamente civiles: los míos saben que no quiero que sean de otro tipo. Pero deseo que, ese día –en la cámara mortuoria o en el cementerio–, un amigo tenga a bien leer las siguientes líneas:
No he pedido que se recitaran sobre mi tumba las plegarias hebraicas, a pesar de que sus cadencias acompañaron hasta su descanso postrero a tantos de mis antepasados y a mi propio padre. Toda mi vida he tratado de alcanzar una sinceridad absoluta de la expresión y del espíritu. Considero la complacencia con la mentira, por muchos pretextos con que se adorne, la peor lepra posible del alma. Como hizo un ser mucho más elevado que yo, desearía de buen grado que sobre mi lápida se gravaran estas palabras sencillas: Dilexit veritatem. […]
Pero más odioso me resultaría aún que alguien pudiera ver en este acto de probidad algo parecido a una renuncia cobarde. Afirmo pues ante la muerte, si es necesario, que nací judío; que nunca se me ha ocurrido negarlo ni he hallado ningún motivo válido para sentir la tentación de hacerlo. En un mundo presa de la barbarie más atroz, la generosa tradición de los profetas hebreos, que el cristianismo, en su vertiente más pura, retomó para ampliar, ¿no sigue siendo acaso una de nuestras mejores razones de vivir, creer y luchar?
Ajeno tanto a cualquier formalismo confesional como a cualquier solidaridad supuestamente racial, me he sentido toda la vida ante todo simplemente francés. Unido a mi patria por una tradición familiar ya dilatada, nutrido de su legado espiritual y de su historia, incapaz en realidad de concebir otra en la que pudiera respirar a gusto, la he amado mucho y la he servido con todas mis fuerzas. Jamás he sentido que mi condición de judío supusiera el más mínimo obstáculo a estos sentimientos. No he tenido la ocasión de morir por Francia en ninguna de las dos últimas guerras. Al menos puedo, con total sinceridad, rendirme el siguiente testimonio: muero como he vivido, como un buen francés.
Después, si se han podido encontrar, se leerá el texto de mis cinco menciones honoríficas.5
Murió el 16 de junio de 1944 por su país. En junio de 2026, en el Panteón leyeron su testamento y las cinco citaciones.
Ocho meses antes de redactar su testamento, a la hora de las primeras leyes antisemitas, había escrito al principio de La extraña derrota:
Soy judío, no por una religión que no practico, no más que ninguna otra, sino por nacimiento. No me enorgullezco ni avergüenzo de ello, siendo, espero, suficientemente buen historiador para no ignorar que las predisposiciones raciales son un mito y la noción misma de raza una absurdidad particularmente flagrante. […] Solo reivindico mi origen en un caso: frente a un antisemita. Pero es posible que quienes se opongan a mi testimonio tratarán de desacreditarlo tildándome de “meteco”. Me limitaré a responderles que mi bisabuelo fue soldado en 1793; que mi padre defendió en 1870 la ciudad asediada de Estrasburgo; que mis dos tíos y él abandonaron voluntariamente su Alsacia natal después de que esta fuera anexionada por el II Reich; […] que, por último, Francia, el país del que algunos estarían dispuestos a conspirar para expulsarme ahora y quizá (¿quién sabe?) lo consigan, será siempre, pase lo que pase, la patria de la que no podría desarraigar mi corazón.
Va de Clermont-Ferrand a Montpellier, por los problemas de salud de su frágil esposa, y sufre los malos tratamientos que le da el rector petainista, católico y antisemita furibundo, Augustin Fliche, codirector de una gran historia de la Iglesia en veintiún volúmenes, “la Fliche et Martin”. Poco después, el 11 de noviembre 1942, el Reich responde al desembarque aliado en Argelia con la invasión de la “zona libre”, administrada en teoría por el gobierno de Pétain. Marc Bloch, a quien la Operación Barbarroja de los nazis contra la urss (junio de 1941) había devuelto la esperanza, decide enseguida proteger a sus dos hijos mayores, Étienne y Louis. Organiza su salida hacia España, de Montpellier a Perpiñán, luego hasta Puigcerdá por la montaña. Los muchachos pasarán un tiempo en las cárceles franquistas antes de unirse a la Francia libre; Étienne entrará en París, en agosto de 1944, en la famosa Segunda División Blindada (2ª DB) del general Leclerc, sin saber que su padre ha muerto.
Aliviado por la salida de sus hijos, Marc Bloch entra en el movimiento resistente Franc-Tireur. Nada lo obligaba a tal decisión. Hubiera podido esconderse y escribir sus libros, como otros historiadores, judíos y no judíos. Fue una opción existencial: este hombre, que no pertenecía a ningún partido, se volvió un partisano y moriría como partisano. Pasó de la crítica a través de las palabras –La extraña derrota– a la crítica a través de las armas. Sus múltiples talentos –experiencia militar, don de organización– hacen de él el dirigente de la región de Lyon de los Movimientos Unidos de la Resistencia (MUR). Realiza siete misiones en París, asumiendo enormes riesgos con sangre fría para preparar la insurrección programada para 1944. Nunca falta el traidor, el delator. El 8 de marzo de 1944, los siniestros matones franceses lo arrestan en Lyon. El jefe de aquella banda, apodado Gueule Tordue (‘Cara Chueca’), presume haberle aplicado siete veces la tortura de la tina. Finalmente, Marc Bloch habla. Da nombres, lo que pone fin al tormento. Son nombres de compañeros que o han muerto o se encuentran en ese momento seguros en Londres o Argel. El 6 de junio es el Día D, el del gigantesco desembarco en Normandía. Los nazis se apuran a vaciar las cárceles. El 16 de junio fusilan afuera de Lyon, en Saint-Didier-de-Formans, a 27 presos. El número 14 es Marc Bloch.
No tuvo tiempo de terminar la Apología redactada a lo largo de tres años, entre 1941 y 1943. Había escrito La extraña derrota en dos meses, en caliente. Es un libro de coraje, de patriotismo humillado, un lúcido requisitorio. El manuscrito interrumpido muchas veces y finalmente inacabado refleja una asombrosa serenidad. El hombre, el judío, ha perdido su cátedra en la Sorbona; los alemanes le han robado su departamento, su biblioteca, sus archivos; su nombre ha sido desaparecido de su propia revista, los Annales… Sin embargo, sus últimas cartas a Lucien Febvre, su última carta a mi padre, son amistosas, afectuosas. Habla a mi padre del “indestructible optimismo de los alsacianos”, que ven llegar el amanecer al final de la larga noche. Le habla de su “pequeña huerta individual” (lo que escribe) antes de concluir: “Mis más altas preocupaciones se encuentran en otra parte. Son las mismas que las suyas e idénticas, igualmente, nuestras esperanzas. ¿Tendré que decirle que es menos el… digamos, mañana (un mañana imaginado en la luz que adivina Ud.) que el pasado mañana lo que me preocupa? Es difícil para un histo- riador vivir en el tiempo inmediato. Muy cordialmente suyo, querido amigo.”
En junio de 1943, a la hora de tomar la dirección de la Resistencia en Lyon, había apuntado esa frase de Lamennais: “Hijo mío, siempre le falta algo a una bella vida que no termine en el campo de batalla, en el patíbulo o en prisión.” El capitán Bloch pasó por los campos de batalla, la prisión y el patíbulo, él que citaba a Descartes: “Amar la vida sin temer la muerte.” Dicen que sus últimas lecturas, en marzo de 1944, eran las fábulas de la Edad Media y los poemas de Ronsard.
Courage donc, Amis! C’est une sainte guerre
De mourir pour son Prince et défendre sa terre,
De garder sa maison, sa femme e ses enfants.(¡Valor, pues, Amigos! Es una santa guerra
De morir por su Príncipe y defender su tierra,
De cuidar su casa, su mujer y sus hijos.)
Soldado, ciudadano, historiador, Marc Bloch combinó esas tres figuras tanto en La extraña derrota como en su vida. Quiso ser útil a la Ciudad en las tres. Ser útil: esa obsesión estaba presente en el primer número de los Annales para dar legitimidad a la actividad histórica. Al final de la inacabada Apología, nos dice: “Los hechos históricos son, por esencia, hechos psicológicos. Es, pues, en otros hechos psicológicos donde hallan normalmente sus antecedentes. […] las causas, en historia más que en cualquier otra disciplina, no se postulan jamás. Se buscan…”6 ~
- Traducción de Santiago Jordán Sempere, Crítica, 2019. Los fragmentos citados posteriormente provienen de esta edición.
↩︎ - Los reyes taumaturgos. Estudio sobre el carácter sobrenatural atribuido al poder real, particularmente en Francia e Inglaterra, traducción de Marcos Lara y Juan Carlos Rodríguez Aguilar, FCE, 1988.
↩︎ - Traducción de Alejandro Pérez, Crítica, 1978.
↩︎ - Traducción de Eduardo Ripoll Perelló, UTEHA, 1958.
↩︎ - La extraña derrota. Testimonio escrito en 1940. op. cit.
↩︎ - Marc Bloch, Introducción a la historia, traducción de Pablo González Casanova y Max Aub, FCE, 1952. ↩︎