Era la gran crisis de 1929. El crack había derrumbado mercados, arruinado fortunas y quebrado algo mucho más difícil de reconstruir: la confianza de las sociedades en su futuro. De aquella devastación surgirían dos respuestas políticas opuestas, encarnadas por dos hombres cuyo ascenso estuvo marcado por la misma crisis. Adolf Hitler en Alemania y Franklin Delano Roosevelt en Estados Unidos. Dos hijos políticos de la crisis, pero con caminos hacia el poder radicalmente distintos.
En 1932, Roosevelt ganó las elecciones presidenciales como candidato del Partido Demócrata. Ese mismo año, los nazis se convirtieron en la primera fuerza del Parlamento alemán, sin alcanzar la mayoría absoluta. Hitler llegaría a la cancillería el 30 de enero de 1933, nombrado por el presidente Paul von Hindenburg. Ambos países compartían la angustia de un mundo golpeado por la Gran Depresión, pero esa angustia no conduciría al mismo destino.
Cuando Roosevelt asumió la presidencia, tuvo que administrar un país quebrado materialmente y profundamente herido en su ánimo. En su discurso de toma de posesión, el 4 de marzo de 1933, pronunció aquella declaración que sigue atravesando las grandes crisis: “Lo único que debemos temer es al miedo mismo.” Hablaba de ese terror que paraliza y acaba impidiendo incluso los esfuerzos necesarios para salir adelante.
Ocho días después comenzó sus célebres charlas junto a la chimenea. Por la radio, de noche, le explicó a la población qué estaba ocurriendo con los bancos y cómo pretendía recuperar la confianza. No eran mañaneras. Eran conversaciones con una sociedad que necesitaba entender lo que estaba viviendo para dejar de sentirse indefensa.
Hoy, ante la inteligencia artificial, aquella advertencia vuelve a tener sentido. La inteligencia artificial es un instrumento, no un fin en sí mismo. Su origen es humano y sus fines deben seguir siéndolo. Nosotros la hemos creado. A nosotros nos concierne responder por el lugar que le damos en nuestras vidas.
Como sucede con la ambición y con nuestra capacidad para hacer el bien o el mal, ese instrumento extraordinario puede ampliar lo mejor de nosotros o multiplicar nuestra capacidad de destrucción. Su brillantez técnica no resuelve el problema moral de para qué queremos utilizarlo.
Ya vivimos una promesa semejante en el cambio de milenio. En 2000, durante el último año completo de la presidencia de Bill Clinton y antes de la fractura histórica del 9/11, estalló la burbuja de las empresas de internet. Aquel golpe mostró la distancia entre una transformación tecnológica real y las expectativas económicas que se habían construido sobre ella.
Aunque la caída de las cotizaciones no borró el cambio. Se había desarrollado un medio de comunicación global e instantáneo, con la promesa de poner información al alcance de cualquiera, en cualquier momento.
Desde luego, seríamos más libres. Desde luego, podríamos reafirmar nuestras identidades. Desde luego, la expresión de nuestras personalidades nos haría menos manejables, menos influenciables y controlables por los poderes públicos, tanto mediante las oportunidades que ofrecían como mediante los castigos que podían imponer.
Esa era la promesa. Sin embargo, la misma exposición que nos permitía mostrarnos ante el mundo también nos hacía más fáciles de observar. En 2024, la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos documentó la recopilación masiva de información personal por parte de grandes plataformas sociales y de video, así como su utilización comercial y en sistemas automatizados. Nuestra vida digital también se convirtió en materia prima para otros.
Aquellos polvos trajeron estos lodos. La dictadura del algoritmo: el poder de ordenar lo que vemos y de intentar anticipar nuestros deseos, nuestras decisiones y hasta nuestras debilidades. La pregunta ya no era solamente cuánto podíamos expresarnos, sino quién administraba la atención que recibíamos y la información con la que formábamos nuestro criterio.
La imaginación humana parece infinita. Difícilmente construimos aquello que antes no hemos sido capaces de imaginar. En medio de esa transformación apareció lo que hoy se nos presenta como el instrumento perfecto: la inteligencia artificial. Una nueva promesa de conocimiento, productividad y bienestar, acompañada por una inquietud igualmente antigua: que nuestra creación termine desbordándonos.
Hoy, como ocurrió con otras innovaciones, reaparecen las advertencias de quienes vieron en el progreso una oportunidad y también una amenaza. La inteligencia artificial ofrece la posibilidad de un mundo distinto, pero alimenta el temor de que ese mundo termine siendo inhabitable para sus propios creadores.
Conviene entender de dónde procede su capacidad. Los modelos aprenden de datos mediante procesos de entrenamiento diseñados por seres humanos. A partir de ellos pueden producir respuestas y desarrollar comportamientos que nadie escribió uno por uno. Que su origen sea humano no significa que podamos anticipar perfectamente todo lo que harán.
Lo artificial tiene raíces en lo natural, en nuestro conocimiento, nuestra experiencia, nuestras decisiones y nuestras contradicciones. Si orientamos esa capacidad hacia la fabricación de armas de destrucción masiva, estaremos ampliando una amenaza que nosotros mismos hemos creado. La historia ya ha demostrado que el conocimiento destinado a mejorar la vida puede ponerse al servicio de su destrucción.
Siempre me ha llamado la atención una de las contradicciones que acompañaron la preparación y el desarrollo de la Primera Guerra Mundial. Europa ampliaba su capacidad científica al mismo tiempo que perfeccionaba sus medios para matarse. Estaban Rusia y Alemania, aquella Alemania en cuya unificación había sido decisivo Bismarck, el canciller de hierro, y que en 1914 gobernaba Guillermo II. El káiser era primo hermano de Jorge V del Reino Unido y primo segundo del zar Nicolás II. Los vínculos familiares entre los soberanos no bastaron para contener las rivalidades entre sus Estados.
En aquel mundo, la investigación abría nuevas posibilidades para conocer el cuerpo humano, observar las bacterias y explorar el universo. No era solamente un juego de espejos cóncavos, sino de cristales, lentes e instrumentos capaces de acercarnos a lo que hasta entonces no podíamos ver. Pero esos avances también encontraron aplicaciones militares.
La química ofrece un ejemplo todavía más contundente. Fritz Haber desarrolló el procedimiento de síntesis de amoníaco que permitió ampliar la producción de fertilizantes. Ese mismo científico desempeñó un papel central en el desarrollo de la guerra química alemana. El conocimiento que ayudaba a alimentar también podía emplearse para matar.
Los microscopios, los telescopios y los aparatos de rayos X no decidieron declarar ninguna guerra. La responsabilidad perteneció a quienes orientaron el conocimiento y la industria hacia la destrucción. El gas mostaza y la Gran Berta, el obús alemán de 420 milímetros, fueron expresiones diferentes de esa voluntad de aumentar la capacidad de causar daño.
El progreso no llevaba escrita una obligación de destruir. Hubo personas que lo pusieron a trabajar para ese propósito.
Hoy, por muchas razones, entre las cuales las económicas no son menores, la inteligencia artificial da miedo. No solamente por lo que pueda hacer, sino por quién controlará sus beneficios, quién asumirá sus costos y cuánto poder acumularán quienes consigan volverla indispensable.
Trump, quizá especialmente sincero cuando reduce los problemas a una competencia por el poder, lo expresó así: “Quien gane en inteligencia artificial, gana.” Defendió mantener la ventaja estadounidense frente a China y desestimó las advertencias de quienes pedían mayor cautela. En esa formulación, la prioridad resulta clara: llegar primero y conservar la supremacía.
China, sin embargo, no tiene una victoria asegurada. Estados Unidos mantiene ventajas en el desarrollo de modelos destacados, mientras China sobresale en volumen de publicaciones y patentes. La competencia sigue abierta y tiene más de una medida.
Lo que sí existe es una vía de expansión basada en facilitar el acceso. Ahí radica una de las claves de esta disputa: una tecnología puede ganar influencia cuando otros construyen su actividad sobre ella. Como sucede con las telecomunicaciones y el internet de las cosas, termina integrándose en empresas, servicios y rutinas. Se vuelve sangre de nuestra sangre, parte de nuestro sistema nervioso. Y entonces sustituirla deja de ser una decisión sencilla.
Es razonable preocuparse por una posible hegemonía tecnológica china. También lo es preguntarse qué implica depender de cualquier potencia o de unas cuantas empresas. El problema incluye las decisiones de los gobernantes del momento y la responsabilidad de quienes diseñan, venden y utilizan estos sistemas. Como en el pasado, la disputa por la supremacía puede llevarnos a aceptar peligros que en otras circunstancias consideraríamos intolerables.
¿Puede la inteligencia artificial convertirse en un instrumento capaz de destruirnos? Un objetivo mal definido, combinado con capacidades suficientes y acceso a sistemas importantes, podría producir consecuencias contrarias a las que buscábamos y provocar una catástrofe. Dar una instrucción y comprender todo lo que implica cumplirla son cosas diferentes.
En el mundo ya somos más de ocho mil millones de personas. Las proyecciones demográficas apuntan a que, dentro de veinte años, estaremos más cerca de los diez mil millones que de los siete mil. El mundo da lo que da y tiene los problemas que tiene. Alimentarnos, abastecernos de agua y energía y subsistir bajo una convivencia humana sana y coherente.
Por eso conviene formular la pregunta sin confundir la ficción con un pronóstico. hal 9000, la computadora de 2001: Odisea del espacio, de Stanley Kubrick, es parte de una obra de ficción. Pero la inquietud que representa sigue siendo nuestra: cuánto control estamos dispuestos a entregar a una creación cuya capacidad nos deslumbra.
Si acabamos delegando decisiones esenciales sin comprender sus consecuencias, ¿quién garantizará que el instrumento al que encargamos resolver nuestras necesidades no termine volviéndose contra nosotros? ¿Quién responderá si la ambición de llegar primero enciende un fuego que después nadie sabe apagar?
Hay que tenerle miedo al miedo. Y también a la irresponsabilidad de quienes –con tal de ganar la carrera– decidan que ya no hace falta hacerse estas preguntas. ~