Lo primero que vemos, tras el inicio de los créditos en rojo sobre fondo negro, son las aceras con montones de fruta; distingo muchos plátanos, hay manchas de color naranja y como la cámara sigue avanzando no se distingue bien nada, pero sí lo suficiente como para reconocer actividad de mercado. Al poco empezamos a escuchar voces que hablan de Mumbai, la ciudad, son frases-destello que tienen algo de testimonio, quiero decir de no ficción, parecen condensar una experiencia, o sea, una vida. La luz que imaginamos es el primer largo de ficción de Payal Kapadia (Mumbai, 1986), con el que ganó el Premio del Jurado en Cannes. Antes hizo un documental, A night of knowing nothing (2021), que hizo mientras iba levantando la financiación para La luz que imaginamos. Ese inicio es un guiño a la no ficción desde la ficción.
La historia que va a desarrollar la película se centra en tres personajes femeninos, dos enfermeras y una cocinera de hospital, de distintas generaciones y con diferentes comportamientos y problemas. Anu, la enfermera joven, trata de evitar los obstáculos para lograr intimidad con su novio, un joven musulmán con el que sus padres, que le mandan fotos de posibles candidatos a esposo, jamás le dejarían casarse. Prabha, la enfermera mayor, cuidadora, responsable y entregada a los demás, la sofisticada arrocera made in Germany la saca de su tranquila rutina y le recuerda que su marido se fue a Alemania en busca de trabajo y lleva sin saber de él al menos un año. Pavarty, la cocinera, va a quedarse sin casa: no tiene documentos que sirvan como prueba ante un tribunal para demostrar que la casa es suya, que vivió ahí desde que llegó a trabajar en las fábricas de algodón que cerraron; sin documentación, no puede defenderse de la constructora que va a erigir ahí edificios en los que ella jamás podrá permitirse vivir. Prabha y Anu viven juntas, Pavarty es amiga de Prabha, quien la acompaña al abogado, entre otras cosas. La convivencia de las tres se da en la segunda parte de la película, que ya no transcurre en la ciudad sino en un pueblo costero en la región de Ratnagiri. Pavarty se baña en el mar, las tres beben alcohol, la mayor y la menor bailan una canción que dice “¿Dónde demonios he ido a parar? / Atrapada en este agujero / ¿Cómo he llegado aquí? / ¿Debo llorar o debo reír? / ¿Alguien me salvará?”
A propósito del título de la cinta, Javier H. Estrada explica en Caimán que Kapadia lo tomó de un cuadro de su madre, Nalini Malani, artista de diferentes disciplinas, en el que se lee: “Un día las calles de todo el mundo estarán vacías. De cada tumba aprenderé todo lo que imaginamos de la luz.”
En La luz que imaginamos se tocan muchos temas sociales y políticos, el asunto inmobiliario, las migraciones internas y al extranjero, la estratificación social por clase y religión y sexo, todos van saliendo al paso de la película como van saliéndoles al paso a las protagonistas, así que no hay maniqueísmo aquí, ni moralización ni exotización, está el contar unos personajes. Y sobre estos asuntos, se aprecia algo más grande que abraza la película: la convivencia de lo imaginado con lo sucedido, como si fueran casi dos caras de la existencia y a un nivel similar en cuanto a la sensación de experiencia. Se ve desde el principio: la anciana que rechaza la medicación y pide irse a su casa porque por la noche se le aparece su marido. También los objetos traen a las personas que no están presentes, como sucede con la arrocera que recibe Prabha en su casa. La luz que imaginamos tiene algo de milagro y también de misterioso: ¿cómo es posible ese equilibrio de temas digamos abstractos y los asuntos más concretos?
Las tres actrices protagonistas, Kani Kusruti (Prabha), Divya Prabha (Anu) y Chhaya Kadam (Pavarty), brillan por separado y juntas. Kapadia permite a cada una de las mujeres momentos de gracia o engatuse, de lucimiento, no tanto de la actriz como de la singularidad del personaje: cuando Anu, aburrida en su puesto de enfermera, posa su fonendoscopio en diferentes objetos; cuando Prabha se abraza a una olla; el trago a la botella que da Pavarty… Kapadia elige los pequeños gestos para contar a sus personajes, y sabe ser elegante hasta para mostrar el diálogo por mensajería instantánea de una pareja de enamorados. En una película así y hecha así, ha de cuidarse cada detalle, aquí sucede y se percibe de manera muy evidente en el sonido, que teje una banda sonora que se acompaña de la musical, con piezas originales de Topshe y composiciones de la pianista y monja etíope Emahoy Tsege Mariam Gebru (1923-2023), entre otras, que acompañan a los personajes en su aventurilla cotidiana, casi siempre para aligerar más que para subrayar la vida interior.
La luz que imaginamos es una película luminosa en la que predomina la ternura en la mirada hacia los personajes y a Mumbai (¿otro personaje?), diría que la ternura surge precisamente al ver los defectos e imperfecciones. En la película, se dice de la ciudad: “Algunas personas dicen que esta es la ciudad de los sueños, pero yo no. Creo que es la ciudad de las ilusiones. Hay un código no escrito en esta ciudad: incluso si vives en una alcantarilla, no te está permitido sentir ira. La gente lo llama el ‘espíritu de Mumbai’. Tienes que creer en la ilusión. Si no… te volverás loco…” ~