Paisajes antes, durante y después de la batalla

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“¿Qué es lo que pasa? ¡Que estamos en guerra!”, así responde un soldado, carcajeándose, a un periodista alemán y a su intérprete en uno de los doce episodios en los que está dividido Donbass (2018), décimo largometraje del prolífico cineasta ucraniano Serguéi Loznitsa. Ganador del premio a mejor director en la sección Una Cierta Mirada de Cannes 2018, Loznitsa nos presenta en Donbass una docena de viñetas en las que de la sátira pasamos al horror y de ahí al cine bélico, luego al melodrama o, incluso, al falso documental.

Ubicada en la Donbass del título, en la separatista y prorrusa República Popular de Donetsk –ese mismo lugar de Ucrania oriental por donde el pasado 24 de febrero entraron las tropas rusas–, la cinta de Loznitsa nos presenta el aquí y el ahora de una batalla que inició hace varios años y Occidente se negó a ver hasta que, previsiblemente, ya fue demasiado tarde. En la puesta en imágenes del camaleónico cineasta ucraniano –que en su notable filmografía ha alternado el documental de archivo con el espectacular cine bélico o la devastadora sátira política– domina una cámara en mano siempre en movimiento, con la que captura el caos inherente a la inestabilidad social provocada por la ocupación rusa de esa región. El estallido de una mina precede al baño de mierda al que es condenado un político al que luego le sigue la delirante crónica de una boda después de haber visto el linchamiento de un anónimo pobre diablo.

El inicio de esta obra mayor de Loznitsa sucede en una especie de set cinematográfico en donde unos “civiles” se maquillan y se preparan para aparecer minutos después frente a las cámaras de televisión rusas, denunciando la agresión de los malévolos ucranianos, traidores, fascistas y asesinos de niños. Que el desenlace ocurra en ese mismo lugar, en circunstancias muy diferentes que terminan siendo las mismas, es un auténtico golpe de genio de Loznitsa: lo que vemos es lo que quieren que veamos, lo que escuchamos es solamente lo que nos dicen.

El interés de Loznitsa por explorar cómo se construye la verdad –o, mejor dicho, cómo se monta el espectáculo de la mentira– se mostró luego en dos notables documentales que dirigió inmediatamente después de DonbassThe trial (2018), acerca de la primera gran purga estalinista preparada y filmada como un gran espectáculo propagandístico, y State funeral (2019), centrada en el magno funeral que la burocracia soviética preparó para despedir a Papito Stalin. Incluso en su más reciente filme documental, Babi Yar. Context (2021), presentado en Cannes 2021, Loznitsa revisa con bisturí las consecuencias de un pesadillesco episodio ocurrido en septiembre de 1941 en otro tipo de ocupación: el asesinato masivo de más de 33 mil judíos, perpetrado a las afueras de Kiev por el ejército invasor alemán, con el entusiasta apoyo de milicias ucranianas pronazis. Como sucede en Donbass con los civiles separatistas que empiezan a linchar a un indefenso “exterminador voluntario nazi” –en realidad, un simple militante ucraniano–, en Babi Yar. Context somos testigos de cómo la gente común puede abrazar el mal, la violencia y la destrucción cuando se siente con el suficiente poder para imponerse sobre el vecino.

Loznitsa se ha convertido, en los últimos años, en el ineludible cronista del pasado y del presente de Ucrania, pero hay otros cineastas que lo han acompañado en esta tarea. Por ejemplo, en Atlantis (2019), quinto largometraje de Valentyn Vasyanovych, viajamos a un futuro muy cercano. Estamos en el año 2025, la guerra entre Ucrania y Rusia por los territorios ocupados ha finalizado y, acaso con la ayuda occidental, Putin ha sido derrotado y Ucrania ha prevalecido. Pero es evidente que, de cualquier manera, no ha sido salvada.

El escenario en el que sucede Atlantis parece el de un filme de ciencia ficción postapocalíptica. Puede ser que los rusos hayan sido expulsados, pero la guerra ha dejado como resultado un país devastado en su totalidad: territorios yertos y contaminados, minas que siguen estallando aquí y allá, cadáveres apilados sin reconocer, veteranos de guerra que optan por el suicidio como única forma de escape y un sistema económico que sigue explotando a los mismos de siempre, no importa que hayan sido héroes apenas un año atrás.

En su siguiente filme, Reflection (2021), presentado en Venecia 2021, Vasyanovych deja el pesimismo premonitorio para anclarse ahora en el horrendo presente: un cirujano acomodado deja su confortable vida en Kiev para ir de voluntario a la guerra –precisamente en los territorios de la Donbass de Loznitsa–, en donde es arrastrado a una espiral de torturas y humillación al ser capturado por el ejército ruso. Aunque el médico logra regresar con vida a Kiev después de sobrevivir al infierno –escenificado a través de un impresionante plano secuencia de cinco minutos de duración–, es evidente que nada será igual para él. Más oscura incluso que Atlantis –en cuyo desenlace podía vislumbrarse algo de esperanza–, en Reflection queda claro que no hay vida posible después de la guerra, se gane o se pierda.

A esta misma conclusión se puede llegar después de ver los cuatro episodios con los que está construido Bad roads (2020), ópera prima como cineasta de la guionista Natalya Vorozhbit, ubicada, para no variar, en los mismos terrenos de la Ucrania ocupada. Con elementos de humor negro que parecen provenir del más incómodo cine rumano y con un provocador escepticismo de raigambre buñueliana, he aquí una cuarteta de historias en la que las mujeres son las víctimas –estén o no en el encuadre– de las peores indignidades de la guerra. En estos “malos caminos” de la confrontación rusa-ucraniana no hay salvación posible y cualquier asomo de amabilidad –como esa mujer citadina que se pierde en su auto en un pueblito y termina atropellando a una gallina– es castigado cósmicamente.

La guerra, según la oscura mirada de Vorozhbit –que es también la de Vasyanovych y no se diga la de Loznitsa–, tiene la capacidad de convertir en monstruos a todos, incluso a ese miserable matrimonio campesino, ejemplo de pueblo bueno ucraniano, que cuando ve la oportunidad de exprimir a alguien está más que dispuesto a hacerlo. Como dijera el alegre soldado de Donbass, “esto es la guerra”. ~

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