Octavio Paz conoció a María Casares a principios de los años cincuenta en París, en un homenaje al escritor Antonio Machado. Jean Cassou y Paz fueron los locutores del evento y María Casares recitó unos poemas del escritor español. Al final de la charla, cubierto por una gabardina, un hombre se acercó a Paz para mostrar su aprobación por el discurso que había dicho. El poeta mexicano no sabía quién era y la actriz española le advirtió: es Albert Camus.1
María Casares y Albert Camus se conocieron durante la guerra, en junio de 1944, el día del desembarco de los aliados en Normandía. Después ella empezó a ensayar para el papel de Martha en la segunda obra de teatro de Camus, El malentendido. Por la convivencia y admiración mutua terminaron enamorándose; ella tenía veintiún años y él contaba con treinta. A pesar de que el escritor estaba casado con Francine Faure, su romance se mantuvo aun después de la liberación de Francia.
Octavio Paz se volvió amigo de ambos y dejó algunas anécdotas breves. Había leído algunos capítulos de L’homme révolté en revistas y discutió con Camus temas como las críticas a Heidegger, al surrealismo y a Lautréamont. En esos días Paz asistió al estreno de la obra Le diable et le bon Dieu de Jean-Paul Sartre y le pareció que era una apología indirecta del estalinismo. Poco después Paz comió con Camus y le advirtió que Sartre lo atacaría cuando publicara L’homme révolté. Camus no le creyó, no pensaba que su amigo se atreviera a hacerlo. Sin embargo, en la revista Le Temps Modernes, Sartre orquestó un ataque contra Camus por la publicación del libro, lo que provocó la ruptura entre ambos escritores. Paz le llamó por teléfono a María Casares para preguntarle cómo estaba Camus, la actriz española contestó: “Se pasea por la casa como un toro herido.”2
El periodista Jean Daniel recuerda que los vio reunirse algunas veces con Czesław Miłosz. Los tres futuros premios Nobel pasaban algunas noches juntos en el hotel donde vivía Paz, compartían “sus opiniones sobre comunismo, sovietismo, barbarie o sobre la guerra civil española”.3
En 1951 anarquistas españoles refugiados en Francia organizaron un mitin el 18 de julio por la conmemoración del levantamiento popular de la República española. María Casares y Albert Camus sabían de la simpatía de Paz por España, había participado en el Congreso Antifascista de Valencia en 1937, así que lo invitaron. Pero Paz no solo los acompañó, también participó con un discurso a favor de la República.4
La figura de Paz empezaba a resultar incómoda para Relaciones Exteriores; primero por haber mostrado su apoyo a la película Los olvidados de Luis Buñuel en el Festival de Cannes, después por el discurso en el mitin de España que no pasó desapercibido y, al final, le costó su permanencia en París. Jaime Torres Bodet, director general de la unesco, le sugirió a Manuel Tello, ministro de Relaciones Exteriores, un traslado para el poeta. En octubre el embajador en París, Federico Jiménez O’Farril, le mostró a Paz un cable para que se trasladara a la India como segundo secretario, bajo las órdenes del expresidente de México Emilio Portes Gil.
Pero la primera estancia de Paz en la India apenas duró seis meses. El gobierno mexicano estaba interesado en Japón, con quien había roto relaciones durante la segunda Gran Guerra. Octavio Paz fue el elegido para abrir la Embajada. El 8 de mayo de 1952 recibió otro mensaje de Manuel Tello para que se trasladara a Japón. Paz aceptó la misión y el 13 de mayo le escribió a Alfonso Reyes para contarle sobre su nuevo puesto. Después respondió una carta de la actriz María Casares, que al parecer ignoraba que Paz había sido trasladado a la India por su participación en el mitin de la celebración del 18 de julio:
Nueva Delhi, el 13 de mayo de 1952
Srita. María Casares,
París.Muy querida María:
Sí, estoy en la India. Y apenas he escrito la palabra “estoy”, me muerdo los labios. Pues cuando usted lea “estoy en la India” yo ya no estaré. Iré volando, rumbo a Tokio. En ese momento, acaso en Bangkok (escojo una ciudad hermosa), estaré pensando en usted. No es difícil. He pensado mucho, a muchas horas y deshoras. Una vez, por ejemplo, en Eleusis. Allí empecé a sospechar que quizá alguna vez pueda escribir una pieza de teatro cuya heroína, una criatura subterránea y radiante, se parece a usted. La idea no me ha abandonado en todos estos meses. Ha sobrevivido a las sorpresas, decepciones, entusiasmos y otras sensaciones –unas atroces, otras banales y por eso mismo no menos atroces– de Oriente. Aquí, cuando empezó el calor y aumentaba la presión del “vacío” –esa fue, al menos, mi sensación– me puse a leer la Ilíada –sin duda como defensa contra la disgregación. Cuando apareció Briseida, volví a pensar en usted y en una posible pieza. ¿Se trata de obras diferentes? Aún no lo sé. Acaso nunca las escriba (la vida y los cambios de país van más de prisa que mi imaginación). Nunca he escrito teatro. Pero haberla conocido –ay, tan fugazmente– como que ha creado en mí una especie de compromiso: escribir teatro pensando en usted. (¿Será eso amor? Desde aquí puedo decirlo sin peligro de que se ría.) Sea lo que sea, espero que Tokio sea favorable a la evocación de su persona. Allí, después de cerca de seis meses de continuo movimiento (en el fondo viajar es hasta una experiencia desoladora: vemos más de lo que podemos digerir), estoy seguro que tendré tiempo. Espero quedarme en esa ciudad un año, por lo menos.
Me alegro que haya recibido mi libro. Y me avergüenza que haya sido precisamente ese. No crea que es falsa modestia. No me gusta nada. Quizá porque es lo más reciente y uno siente algo así como pudor y asco ante la obra recién salida de la imprenta. Pero, más allá de esa natural repulsión: sinceramente creo que se trata de un libro de crecimiento, que no tiene más utilidad (si alguna tiene) que preparar nuevos libros. Si los escribo, ese que usted recibió quedará justificado. Si no, será lo que es: algo demasiado personal –adolescente tardío– que no debió jamás publicarse. De todos modos, me gusta que lo tenga como un recuerdo mío.
Le envío un poema, escrito hace unos días. Forma parte de una serie –todos con el tema, digamos, del hombre ante las grandes ruinas de la historia. Ese poema, creo, le interesará a Camus –si no como poesía, al menos como actitud ante la vida. Por favor, enséñeselo y ayúdelo a leerlo. Me gustaría saber lo que ambos piensan. Hay una cosa que amo y admiro mucho en Camus (hay muchas, pero esa en especial): su fidelidad por nuestra patria mediterránea. Y no se sorprenda que un mexicano hable del Mediterráneo como patria. Uno tiene dos: la de la sangre y la otra. Ambas son compatibles. Unas veces nos desgarran. Otras se funden. En el poema que le envío hay un eco de esa tradición mediterránea. Ella me sirvió en horas incómodas. Gracias a ella pude vencer al “calor”. (Eso del “calor” es todo lo que he sentido en la India. Lo llamo así por comodidad. Es como el vacío, pero un vacío lleno. Ya veo que la explicación resulta más confusa que el hecho mismo. Y no sigo.)
Escríbame alguna vez a Tokio. No sé aún mi dirección, pero quizá baste con poner “Embassy of Mexico”. Yo llevo la misión, precisamente, de instalar esa Embajada. Aunque lo mejor será que yo desde allá le envíe mis señas.
Y nada más, querida y admirada María. Recibir noticias suyas será siempre una alegría muy grande.
Suyo,
Octavio Paz.[Escrito a mano:] Perdone que le escriba “a máquina”. Tengo esa letra [ilegible].5
Al parecer fue la actriz española y su amistad la que sembró en Octavio Paz la idea de escribir una obra de teatro cuya protagonista fuera una mujer. Algunos investigadores atribuyen a Bona de Mandiargues haber sido la inspiradora de la obra de teatro La hija de Rappaccini, otros a Leonora Carrington; la carta de Paz tal vez modifique esas ideas.
Paz también colaboró con Elena Garro para escribir la obra de teatro Felipe Ángeles; al terminarla, tenía la idea de mandársela a María Casares para conocer su opinión, pero no hay registro de que lo haya hecho. Fue hasta 1956 que Octavio Paz encontró su oportunidad para estrenarse como dramaturgo con el proyecto Poesía en Voz Alta. Allí, además de traducir tres obras, estrenó La hija de Rappaccini. Paz explicó que su obra la escribió en quince días a partir de un relato de Nathaniel Hawthorne, tenía influencia del poeta indio Vishakhadatta, del teatro japonés nō, de William Butler Yeats y Robert Burton. Ese año Paz mantenía un romance con Bona de Mandiargues, así que su influencia también fue inevitable. El poeta le contó a Jean-Clarence Lambert que estaba escribiendo una obra de teatro y encontraba referencias a Bona, a él mismo como Juan y a André Pieyre de Mandiargues como Rappaccini.6
La obra fue puesta en escena el 31 de julio de 1956 en el Teatro del Caballito. La dirigió Héctor Mendoza; Manola Saavedra estuvo en el papel de Beatriz, Carlos Fernández interpretó a Juan, Ana María Hernández como Isabel y en el papel del doctor Rappaccini apareció Arreola. La obra impresa estuvo dedicada a Leonora Carrington, quizá porque ella realizó la escenografía a partir de sus mundos oníricos y fantasmales, que no funcionaban para algo teatral. Sus diseños y vestuarios eran tan llamativos que no concordaban con la historia, además los actores no se los podían poner. Tuvieron varias dificultades para convencerla de reelaborar nuevamente la escenografía, aunque al final lo hizo. Arreola intentó lo mismo con la obra de Paz, propuso algunas sugerencias para el montaje y al principio estuvieron de acuerdo. Sin embargo, al otro día, Paz se retractó y prefirió dejar la obra tal como la había escrito. Arreola aceptó la decisión y se mantuvo en su papel de Rappaccini. Al final, en palabras de Arreola, la obra fue un fracaso.7
Ese año La hija de Rappaccini fue publicada en la Revista Mexicana de Literatura y Octavio Paz se la envío a María Casares meses después, en una carta fechada en abril:
A 2 de abril de 1957
Mlle. María Casares,
148 Rue Vaugirard
PARIS XVI, FRANCIA.Querida María:
Estuve ausente de México y hasta hace unos días recibí sus líneas. Me dieron una gran alegría. Muchas gracias por haberse acordado de mí. Por correo aparte le envío un ejemplar de la Revista Mexicana de Literatura en donde aparece mi obra de teatro.
En realidad no se trata de una obra, sino de un texto poético que ha asumido la forma teatral. Una suerte de nō o, mejor, de auto sacramental, laico y sin teología. Ojalá que le guste, al menos como poesía. En México se representó con cierto éxito –aunque, naturalmente, los críticos dijeron que no era teatro. La verdad es que se trata de un ensayo. Espero, en estos meses próximos, poder escribir algo de mayor extensión y que se ajuste más a las exigencias de la representación teatral.
En mi última carta le hablaba de una obra de Mira de Amescua que creo le iría muy bien. ¿La leyó?
No me olvide. Espero volver a verla. Mientras tanto, permítame que le repita mi afecto y admiración,
Octavio Paz8
La explicación sobre La hija de Rappaccini permite ver que Paz sabía que su obra no cumplía los estándares del teatro. Y aunque tenía intenciones de escribir algo más, no lo llevó a cabo. Su obra, sin embargo, apareció en el libro Teatro mexicano del siglo XX. André Pieyre de Mandiargues la tradujo y apareció en la Nouvelle Revue Française en agosto de 1959. En 1972 fue publicada en Éditions Mercure de France. En octubre de 1978 fue puesta en escena en La Casa del Lago. En julio de 1979 fue representada en el Théâtre Essaïon de París, con Hélène Calzarelli, la voz de María Casares y los decorados de Bona de Mandiargues. En 1990, cuando Octavio Paz ganó el Premio Nobel de Literatura, se presentó en el teatro Dramaten de Estocolmo. El compositor mexicano Daniel Catán adaptó la obra como ópera y se presentó en 1991. Finalmente, en 1996 la obra fue traducida al inglés por Sebastian Doggart y fue puesta en escena en el Gate Theatre de Londres.
Durante Poesía en Voz Alta, la joven Tara Parra actuó en las tres obras traducidas por Octavio Paz. Poco después del proyecto, viajó a París para estudiar actuación y el poeta la introdujo en su círculo de artistas. Le escribió a María Casares para que apoyara a la joven actriz:
México, D. F. a 5 de septiembre de 1957
Mlle. María Casares,
París, Francia.Querida María:
Esta carta solamente tiene por objetivo presentarle a Tara Parra. Tara es una joven actriz de gran talento. Es una de mis amigas más queridas. Trabajó con nosotros en los cuatro programas de Poesía en Voz Alta. Ahora va a París, a estudiar teatro. Conociendo su generosidad, querida María, me atrevo a rogarle que la ayude en todo lo que pueda, presentándola a personas conectadas con las actividades teatrales.
Tara desearía, especialmente, colaborar de alguna manera –como estudiante– en las actividades del Teatro Nacional Popular.
Con mi afecto y admiración de siempre,
Octavio Paz
[Escrito a mano:] Me dicen que proyecta venir a México, ¿es verdad? Sería maravilloso. ¿Podría presentar a Tara con actores jóvenes y directores? Es una chica que vale mucho. Perdón por esta carta apresurada. Le envío un libro de poemas que acaba de salir en París. Salude a Albert Camus. Su último libro es admirable.9
Paz mantuvo su interés en el teatro, aunque no volvió a escribir nada. Y no solo apoyó a Tara Parra, también a las hermanas Pilar y Pina Pellicer, sobrinas del poeta tabasqueño, que asistieron al proyecto de Poesía en Voz Alta. Pilar obtuvo una beca para estudiar en París en 1960, cuando Paz estaba en la Embajada. El poeta la presentó con un grupo importante de artistas e intelectuales.
La amistad de Paz con Albert Camus no duró mucho, se distanciaron por la guerra de Argelia. Paz se inclinó por los independentistas, como la mayoría de los escritores de izquierda. A Camus lo fue aislando su postura política hasta su fatal accidente. Octavio Paz y María Casares mantuvieron su amistad a través de los años. La actriz que inspiró a muchos escritores españoles, una de las más grandes artistas en Francia durante la segunda mitad del siglo XX, también dejó su huella en Octavio Paz. ~
- Octavio Paz, Obras completas, VIII. Miscelánea. Primeros escritos y entrevistas, edición del autor, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 2014, p. 608.
↩︎ - Ibid., p. 609.
↩︎ - “En la mirada de Jean Daniel”, Zona Paz, consultado el 25 de mayo de 2025 en línea.
↩︎ - Octavio Paz, Obras completas, VIII. Miscelánea. Primeros escritos y entrevistas, op. cit., p. 608.
↩︎ - Carta de Octavio Paz a Maria Casarès, 13 de mayo de 1952, Collection Maria Casarès, 4º COL-75/12, Bibliothèque Nationale de France à Richelieu, Paris, France. Nota de los editores: Las cartas aquí reproducidas forman parte del fondo documental de la actriz María Casares, resguardado por la Bibliothèque Nationale de France (BnF), sede Richelieu, en París, tras la donación de su archivo personal. Se trata de correspondencia enviada por el escritor mexicano Octavio Paz, cuya consulta está permitida al público. La publicación de estas cartas responde exclusivamente a un propósito académico y cultural, orientado a enriquecer el conocimiento sobre la vida y obra del autor.
↩︎ - Guillermo Sheridan, Los idilios salvajes. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz 3, Ciudad de México, Ediciones Era, 2016, p. 371.
↩︎ - Jaime Perales Contreras, Octavio Paz y su círculo intelectual, Ciudad de México, Ediciones Coyoacán, 2013, p. 77.
↩︎ - Carta de Octavio Paz a Maria Casarès, 12 de abril de 1957, Collection Maria Casarès, 4º COL-75/12, Bibliothèque Nationale de France à Richelieu, Paris, France.
↩︎ - Es probable que Octavio Paz le enviara su poemario Piedra de Sol; el libro de Camus al que se refiere es La caída. Carta de Octavio Paz a Maria Casarès, 5 de septiembre de 1957, Collection Maria Casarès, 4º COL-75/12, Bibliothèque Nationale de France à Richelieu, Paris, France. ↩︎