Pérsica

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En un campo frío de hielo
picado en la charola,
yo,
siendo un bivalvo abierto
un poco,
la rendija suficiente para ver
lo que sucede allá,
digo: es en el Pérsico,
un oleaje inmenso nos cubre
desde antes, al-Bahr al-Farsi
en la cuenca fértil del pantano.
Vino Herodoto, dijo: nada se irá
de mí al olvido,
pequeña Helena serás la túnica deseada,
y me llenó de dones, me escribió en lo lento
de su agua,
cada ola de sí, remándome:
cúbrete y sé dichosa, te cantarán
si cierras bien tu fuente
epigráfica, los datos
microscópicos, el sueño y la opinión de tantos.
Pero el cuchillo
se asomaba, sin embargo entonces
yo
resistía
tanto hielo: el metal
entre mi grieta, mi ojo, mi lengua.
Yo reclusa,
yo al fondo,
yo en mi oscura parte en mí
en el agujerito
y él,
un ciervo con su lengua a punto
en aquel frío, lo sentía sin su cuerno, digo, una vara
tan serena, una pluma quizás
escribiría,
me dije: es uno de esos, es pérsico,
al-Bahr al-Farsi,
pero él señaló el ponto,
ah,
ah,
ah
entonces, dije,
mira los madrojos, madrigueras de topos y nerviosas
lagartijas, las endibias que se crecen hacia fuera, las arvejas y los cerdos
en tropel, el moho que se adhiere sin vergüenza y las bromelias
verde azules casi en su frescor insulso, allá,
a lo lejos en tu piedra, digo, le dije: eres tú, ahí vas, vete solo,
aquí te espero.
La charola derritiendo el frío campo, el cuchillo
de nuevo aproximándose,
yo
una valva, solo eso,
una perla
escrita, escribiría. Estoy
abierta,
al-Bahr al-Farsi
¿y dónde está Herodoto?~