Por el camino de Galta

Ejemplo de libertad total, El mono gramático de Octavio Paz, publicado hace cincuenta años, explora las experiencias, memorias y percepciones que el poeta tuvo en la India en los sesenta. Su tránsito por el camino de Galta dio origen a una rica tradición en la poesía mexicana.
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El mono gramático de Octavio Paz ha representado, en su momento y después, uno de los actos más deslumbrantes de escritura. El libro se concluyó en el verano de 1970 en Cambridge, Reino Unido, adonde Paz se refugió después de haber renunciado a su cargo como embajador de México en la India, como respuesta a la masacre de Tlatelolco perpetrada por el gobierno mexicano contra los estudiantes en 1968. La primera edición del libro apareció en París, en 1972 –celebramos ahora sus cincuenta años– en traducción de Claude Esteban, en la colección Les Sentiers de la Création, que dirigían Albert Skira y Gaëtan Picon; en español se publicó dos años después en Seix Barral, de Barcelona. En 1969 Paz había ya publicado en México, en la editorial Joaquín Mortiz, dos libros brillantes, surgidos en gran medida de su experiencia en la India, Ladera este,poemas, y Conjunciones y disyunciones,ensayos.

El mono gramático acaso reconcentra lo que fue para Paz esa experiencia de la India desde un punto de vista singular: el del impasse al que pudo precipitarlo el cambio tan veloz y radical de su abandono de la India, después de los seis años que vivió allí, importantísimos para él tanto en la esfera personal como creativa. Desde cierto ángulo, el texto se siente como una especie de crisol donde se funden un cúmulo de experiencias, memorias, percepciones, invenciones, recuentos. Disolución tal vez necesaria para dar paso a una recomposición, una nueva articulación que se manifiesta ya en El mono gramático y fue dando forma a su trabajo posterior. Aunque se trata de un libro muy estudiado, quisiera recordar algunas cosas.

A diez kilómetros de Jaipur, en la región de Rajastán, Galta está construida en un estrecho paso de montaña que recibe agua de una fuente, desde lo alto del monte, y tiene un gran complejo de palacios y templos, algunos en notable deterioro, que están alineados a lo largo de la hondonada. Desde principios del siglo XVI el lugar estuvo habitado por ascetas que provenían de la tradición de Ramanuja. Hay monos por todas partes.

Una pregunta: ¿Sería distinto lo que produjo Paz si se hubiera tratado de cualquier otro lugar? Probablemente no, pues paisajes deslumbrantes, templos magníficos, sadhus, ruinas y monos hay por todas partes de la India. Podría pensarse que cualquier sitio habría sido idóneo para detonar los torrentes de imágenes e ideas que bajan, como el agua de la montaña, a llenar uno tras otro los capítulos del libro, que alternan las referencias de ese camino de Galta con otras de Cambridge.

Otra pregunta: ¿Si El mono gramático no hablara de Galta, cuatro poetas mexicanos que visitaron el lugar en años posteriores habrían ido allí? Probablemente no, pues es obvio que fueron siguiendo las huellas de Paz, y los cuatro escribieron textos breves sobre su propia experiencia de Galta, que son en sí pequeños homenajes al poeta y su recreación del sitio, que ellos evocan desde distintas ópticas.

Los pasos de Paz por Galta, al igual que su propia escritura al rememorarlos, tienen una indeterminación –o una libertad– total: no saben a dónde van, cuál es el fin del recorrido. Tal vez solo importa el recorrido mismo, que se anula a medida que transcurre, pues “el fin –dice Paz– es la refutación y la condenación del camino: al fin el camino se disuelve, el encuentro se disipa. Y el fin también se disipa”.

{{ El mono gramático, p. 12. }}

 ¿Fin como final o como finalidad? La escritura se ejerce sobre todos los objetos que salen al paso, ya sea en Galta o en Cambridge. Es una escritura que trepa, se adhiere a cualquier cosa para seguir produciéndose, desde “un pensamiento en blanco” –“Galta no está aquí, me aguarda al final de esta frase. Me aguarda para desaparecer”.

((Ibid., p. 19.))

Y no escapa a Paz la posibilidad de la “superchería retórica”

{{Ibid., p. 25.}}

y de las trampas del lenguaje mismo. Justamente por eso, sus constantes paradojas no se reducen a ser juegos inteligentes de palabras o artificios verbales. Maneja el lenguaje con la misma agilidad, astucia y estrategias sorpresivas que despliega el propio Hánuman en sus leyendas. Evidentemente, el mono gramático es también el propio Paz. El lenguaje es el vehículo de la expresión, pero es también uno de los temas más reiterados, al igual que el de los signos. El libro es en sí mismo –como se dice en sus páginas– un paisaje de signos llenos de contraposiciones, paralelismos, paradojas.

Su apasionada reflexión sobre el lenguaje avanza incontenible, creando sombras y reflejos que van de la realidad a las palabras, y de estas otra vez a los objetos –el nombre y la cosa–; van de la sensación a la percepción; van del surgimiento de cosas y palabras a su disolución, como en los grandes ciclos cosmogónicos indios; forman de pronto una conjunción inextricable de lenguaje, paisaje y erotismo; describen lugares, arboledas, páginas de manuscritos, pinturas, peregrinaciones. Un discurso salido de no se sabe qué profundidades del habla y de la mente se alterna con descripciones muy puntuales y objetivas. La reflexión surge de un juego de espejos que puede aventurar alguna hipótesis, pero desemboca siempre en un torrente de imágenes poéticas. Y llega, por vía de la poesía, a la misma laboriosa conclusión de Kant, que habla de la imposibilidad de conocer la “cosa en sí”. Dice Paz: “Las cosas reposan en sí mismas, se asientan en su realidad y son injustificables. Así se ofrecen a los ojos, al tacto, al oído, al olfato –no al pensamiento.”

((Ibid., p. 99.))

En la época en que se escribió El mono gramático los debates del post-estructuralismo, la semiótica y la semiología estaban en su apogeo. El libro podría ser objeto –sin duda lo ha sido ya– de un análisis bajo esas perspectivas. No obstante, es posible que, a cincuenta años de su publicación hayan envejecido más algunas de esas teorías que el propio libro de Paz. Como decía con gran belleza el texto de contraportada de su primera edición, este es “una constelación de signos e imágenes, de presencias fonéticas y semánticas, que estallan con silencioso resplandor en el campo de batalla de la página en blanco”. Y aunque Paz por lo general estuvo atento a cualquier debate relevante, siempre he encontrado que la dinámica de su pensamiento se enraiza más en visiones y conceptos de filosofías orientales.

Cuando habla, por ejemplo, no solo de la naturaleza que “nos engendra y nos devora” y del constante surgimiento y disolución de todo, sino de que hay que “Aprender el arte de la inmovilidad en la agitación del torbellino”,

{{Ibid., p. 15.}}

o de que “la forma del cambio es la fijeza”,

{{Ibid., p. 16.}}

hace recordar muy directamente la Bhagavad Gītā, cuando Krishna dice, al hablar del karmayoga, que un yogui es “aquel que en la acción ve la inacción y la inacción en la acción”.

{{Bhagavad Gītā, 4.18.}}

Esto no es un mero juego de palabras. Plantea la necesidad de experimentar en cada uno de los dos elementos la raíz del elemento contrario, para así poder trascender la dualidad.

La dinámica de contrarios que establece Paz está más cerca de esta noción que de la dialéctica de Hegel, como se ha querido ver. Paz precisa: “La sabiduría no está ni en la fijeza ni en el cambio sino en la dialéctica entre ellos.”

{{El mono gramático, p. 16.}}

Y en su extraordinaria poética El arco y la lira (1956) –para mí la más importante del siglo xx– aludía ya en el título a “la armonía de tensiones opuestas” de la dialéctica de Heráclito, muy lejos del tercer elemento degenerativo de la síntesis hegeliana. Pero, finalmente, Paz no estaba atado a ninguna filosofía ni teoría de crítica literaria, sino que ejerció siempre la inmensa libertad de la poesía misma.

Esto es quizá lo que atrajo a cuatro poetas mexicanos que por distintas razones y en diversos momentos viajaron a la India y quisieron transitar, ellos también, por el camino de Galta. A continuación quisiera referirme un poco a ellos y a su trabajo, y a lo que cada uno escribió a partir de su experiencia ahí.

((El material de estos cuatro poetas está incluido en mi compilación El Lejano Oriente en la poesía mexicana, que actualmente se encuentra en prensa.))

Francisco Hernández es uno de los mejores poetas mexicanos vivos. Nació en Veracruz en 1946, ha recibido los principales premios literarios en México y es autor de numerosos libros de poemas. Entre los más reconocidos están los que forman la trilogía Moneda de tres caras (1994), cuya constante es la locura, tal como se manifestó en Schumann, Hölderlin y Trakl. Ha escrito también, con el heterónimo de Mardonio Sinta, coplas populares a la manera de las que cantan los jaraneros veracruzanos. La jarana, una especie de guitarra pequeña con ocho cuerdas, proviene de la guitarra barroca española del siglo XVI. Las coplas fueron reunidas en el libro ¿Quién me quita lo cantado? (2007). Hernández escribió otra copla en la India, que antecede a sus referencias de Jaipur y Galta; tiene todo el sabor de las coplas tradicionales y hace uso, sin ningún pudor, de muchos lugares comunes sobre la India. Cito aquí la copla:

Había que entonar unas coplas con los jaraneros de Jaipur:

La India tiene más colores
en sus pobres que en sus ricos.
Y ramilletes de flores
en los culos de sus micos.

Contigo a la India llegué
muy cansado y con flojera
y enseguida te compré
una preciosa pulsera.

Pasan un par de elefantes,
rugen tigres de Bengala.
Del cielo bajan turbantes
donde el corazón se instala.

Esto se encuentra en el texto “Imágenes de un viaje relámpago a la India”, escrito en 2008, y que es donde también aparece la breve referencia a Galta, que reproduzco completa:

Había que alejarse de Jaipur 10 kilómetros para llegar a Galta con una emoción muy honda, gramática, poética. Ante la representación de Hánuman nos descalzamos. A cambio de monedas un sacerdote nos colocó pulseras de hilo y en nuestra frente marcó las tilaks, que simbólicamente denotan el conocimiento interno o tercer ojo. Algunos monos se acercaron y el hombre sonrió para tranquilizarnos. Uno de ellos subió a un poste de luz inservible y lo sacudió dando la voz de alarma. Cientos de macacos salieron de las ruinas, bajaron de los árboles y nos rodearon con chillidos tan amenazantes como sus colmillos. Por suerte, un Ahuyentador se hizo presente con una vara de bambú en la mano derecha y una nube de polvo en la izquierda. Las hembras se dispersaron con sus crías, pero los machos continuaron saltando, peleando y corriendo, con una cólera tan hirviente y encarnada como el atardecer.

El segundo de estos poetas que viajaron a Galta es Francisco Serrano, quien nació en la Ciudad de México en 1949. Además de escribir poesía, ha incursionado en el teatro y la literatura para niños. Ha hecho también numerosos libros en colaboración con pintores mexicanos muy destacados y su poema dramático La rosa de Ariadna (1992) sirvió como libreto para la ópera homónima del músico italiano Gualtiero Dazzi. Siguió también otras huellas de Paz, al traducir el diario de viaje de Matsuo Bashō de 1684, de fecha anterior al que Paz tradujo junto con Eikichi Hayashiya y tituló Sendas de Oku (1957).

El poema de Francisco Serrano sobre Galta, titulado “Vislumbre”, recrea también a los omnipresentes monos. Este es el comienzo:

En Galta, bajo un cielo llameante,
entre peñas rocosas
y esbeltos edificios con arcadas
(la sombra de Paz pasa entre dos cúpulas),
un hatajo de monos juguetea
junto al estanque al pie de la gran roca.
Rijosos e irritables
chillan, corren, se muerden, se zambullen.
Recorren la terraza,
trepan por las escalinatas
se desparraman por la plazoleta.

Los monos siguen haciendo de las suyas durante las siguientes cinco estrofas, aunque en la cuarta aparece una niña, elemento inesperado que da al poema una vida singular, salvándolo de quedar reducido a narrar las tropelías de los macacos.

¡Atrás, atrás! Los monos se dispersan.
La niña, arriba, ríe.
Sus ojos son dos lagos
de sombra con destellos de plata.

Conforme la contemplo,
el santuario, los templos, las colinas,
la plazoleta al pie de la gran peña,
el trajín de los monos, el estanque,
parecen transfundidos en un cristal de roca:
vívida transparencia, esplendor suspendido.

Todo fulgura, quieto
e inerme bajo el sol, transfigurado
en la mirada de esa niña.

Myriam Moscona, nacida también en la Ciudad de México en 1955, ha escrito muchos libros de poemas y ha recibido premios importantes en México y Estados Unidos, y, entre otras becas, obtuvo una de la Fundación Guggenheim para escribir la novela Tela de sevoya,que tiene fragmentos en ladino, la lengua judeoespañola de los sefardíes; esa novela recibió el Premio Xavier Villaurrutia (2012) y se publicó en México, España y Argentina.

De un viaje a la India que realizó hace unos años, escribió en prosa sobre cinco “puertas” del país: Galta, Calcuta, Delhi, Jodhpur y Varanasi. En la “Puerta de Varanasi”, habla de los estereogramas que muestran en apariencia una sola imagen, pero, al ser observados con cuidado, revelan otra, oculta entre las luces, sombras o líneas de la primera. Al aplicar esta noción a la ciudad de Varanasi ella descubre otra ciudad detrás de la que se ofrece en una primera impresión a los viajeros. Es una observación brillante. La idea del estereograma se puede aplicar a toda la India. Es casi un lugar común decir que quienes viajan por la India pueden salir corriendo o enamorarse del país para siempre; dependerá sin duda de qué cara del estereograma vea cada quien, o en qué medida les sea posible ver las dos.

De su “Puerta de Galta”, incluyo unos fragmentos:

El mono gramático de Octavio Paz tiene en sus páginas centrales unas fotografías en blanco y negro, bastante precarias, donde pueden verse los restos de un templo descarapelado. Bajo esa guía llegamos al atardecer. A la entrada un indio guarda en una canasta de paja su serpiente (previamente desdentada). El hombre sopla un extraño instrumento de aliento y la serpiente esponjada y furiosa comienza a elevarse. Un sitio idéntico a las fotografías de mi edición, solo que en estas no aparecen los macacos, tal vez unos ochenta, que salen al encuentro esparcidos por las escalinatas del templo bañado con esa luz inclinada por el descenso del sol. El cuidador nos ha comprado bolsas de cacahuates que nos cobrará subrepticiamente y de paso ayudará a alimentar a esa manada de micos que desciende por los pasamanos del templo con absoluto desparpajo. Algunos fornican, otros se despiojan, algunos más se masturban. Una madre amamanta a sus crías y nos mira y nos esquiva y vuelve a buscarnos. A la salida del templo veremos una escena similar. Ahora son dos mujeres en cuclillas que se espulgan la cabeza. […]

En una orilla descubro un fresco dañado con el rostro de Hánuman, el mono gramático al que Paz dotó de distintas capas reflexivas y que ahora nos devuelve el paisaje, el olor extraño del lugar, los ramilletes de micos de nalgas rosadas, las lecturas que concentran el esplendor asqueroso y fascinante de Galta, idéntica a sí misma.

Finalmente, Ernesto Lumbreras, nacido en Jalisco en 1966, es igualmente un poeta muy destacado, autor de muchos libros de poemas y ensayos que ha sido galardonado en numerosas ocasiones. Sobre su viaje a Galta, no se detiene en una primera impresión del lugar y crea un texto contemplativo en el que esas impresiones maduran para volverse un poema en prosa de la mejor escuela. Lo reproduzco completo:

DELETREAR GALTA
G

Para llegar a Galta habría que pensar en cualquier otra cosa, menos en Galta. Intuir en todo caso una remota posibilidad de estar allí, con el estanque reflejando –a mi espalda– un bosque difunto y la duda aristotélica de ser o no ser el grito de un ave carroñera o un destello más del mediodía que no acaba –malabarista pirómano y bonzo sensual– de prenderse fuego.

A

El antiguo camino de tierra ocre había mudado de piel. ¿Cómo recorrer el trayecto a la boca de la cañada bajo el sol caníbal de Rajastán, sin el polvo de guindillas –con sus fogatas meditabundas– en mi garganta? Ahora, el chapopote del asfalto marcaba en mis pies un permanente umbral de escorpiones. ¿Por qué diabólica manda o santísimo embrujo tuve que torcer el viaje hacia aquellas terrazas espectrales?

L

Tal vez en la cabeza marmórea de vaca –incrustada en el vértice del cañón– encuentre las sinrazones de mi visita: manar de verbos inhóspitos, insomnio líquido de un enjambre de moscas. Varios meses después me veo en una fotografía, rodeado de una familia de monos. ¿Galta o Catemaco? Mi doble antípoda me señala el culo carmesí de los nerviosos y voraces cuadrúmanos. Mis ojos se demoran en sus ojos, rojos de tanta oración o de lluvia con grillos cayendo en esos templos de baldosas cubiertas de pétalos.

T

Me gustaría jurar por Shiva o Tonantzin que estuve en Galta, alimentando con cacahuates a los sobrinos de Hánuman. Vuelvo a mirar la instantánea de los monos en el estanque –de aguas lamosas e iniciáticas– y no me encuentro allí. ¿Seré ahora la montaña de piedra viva que guarda a estas ruinas? ¿O la sombra del ave carroñera picoteando la duda existencial de un papel? Todo es posible ahora que desciendo, peldaño a peldaño, las terrazas de Galta y diviso, allá abajo, en el atrio de la plaza, a unos pocos turistas que se descalzan y encaminan –risueños, de puntillas, preparando sus cámaras– por los corredores donde los aguarda, hambriento y colérico, el dios del lugar.

A

¿Buscaba la paz de la tolvanera al desviar mi camino de Jaipur? Peregrino sin caravana, tomé el abecedario del sitar y marché unos cuantos kilómetros desoyendo la turba de pavorreales salvajes –demonias lujuriosas del desierto– hasta llegar a la hondonada de templos color granate.

Freno mis cavilaciones y contemplo en mi muñeca derecha un hilo rojo y blanco, anudado por la trompa de Ganesha. ¿Prueba eso que estuve allí, mascando y escupiendo paan con el garbo de un maharaj? Por supuesto que no. Ese delgado cordón, un día se romperá y con un poco de fortuna, llegado ese momento, mis sospechas cartesianas –sobre mi eterno mediodía en Galta– romperán sus espejos donde una y mil noches estuve, acompañado de mi fantasma, mientras mirábamos las aguas del Ganges arrastrar la balsa ardiente con mi cadáver florido.

Es notable el magnetismo de Paz y de sus textos. El poder de El mono gramático solo puede brotar de una tremenda fuerza interior –la misma que atrajo al sitio a estos otros poetas, sintiendo tal vez que Galta era una fuente de inspiración–. Como apunté al principio, quizá Galta solo actuó para Paz como un detonador, quedando al mismo tiempo imantada por las palabras del poeta.

Lumbreras dice: “¿Por qué diabólica manda o santísimo embrujo tuve que torcer el viaje hacia aquellas terrazas espectrales?” Una “manda” en México es una promesa o un voto que hacen a Dios o a la Virgen o a un santo, quienes emprenden una peregrinación. Esto no es muy distinto en la India. Hay muchísimas formas de religión popular que se asemejan enormemente en la India y México, a pesar de las creencias tan distintas. Pero lo que quería destacar con esto es que Lumbreras da a su viaje a Galta un carácter de peregrinación.

Sin duda, los templos, las ruinas, pero sobre todo los monos ejercen una fascinación sobre los cuatro poetas visitantes. Los monos son el elemento que más destacan casi todos ellos, que parecerían ver también un mismo rostro de Galta. No es el caso de Paz, para quien Galta no solo es el camino, los monos, los templos y palacios, sino un punto de convergencia de muchos niveles de realidad y de lenguaje, de muchos tiempos y espacios, signos y símbolos. Paz toca fondo constantemente en el transcurso del texto, un fondo del que no sabe a dónde va a emerger.

Recordando aquí una sugerencia del texto de Moscona, la del estereograma, y volviendo a los monos, parecería que Paz ve sobre todo un solo rostro de Hánuman, el del gramático, el sabio, el conocedor –como nadie– de las escrituras. Hace también una mención fugaz de sus proezas, el máximo superhéroe. Sin embargo, parece ignorar la otra parte del estereograma: el carácter de Hánuman como bhakta, como devoto y sirviente del dios Rama, pues es la devoción la que lo mueve a realizar todas las proezas y la que da sentido a todo su conocimiento. En la India ese es, quizás, el rasgo más reconocible de Hánuman, el del devoto. Es revelador que en el Hánuman Chalisa, una popular plegaria compuesta por el poeta Tulsidas en el siglo XVI, solo una de las 43 estrofas que la componen hace referencia a Hánuman como “depositario del conocimiento”.

Y de aquí surge una última pregunta, bordeando terrenos ociosos e imposibles: ¿Qué textos se habrían producido a partir del otro rostro, fundamental, de Hánuman, el rostro del bhakta? Es el rostro que daría la clave de los sadhus –que en el libro de Paz son presencias fantasmales– y de una India que está oculta detrás del pintoresquismo para turistas. Un rostro milenario que Paz no desconoció, pero en el que no quiso detenerse. Si lo hubiera hecho con la misma profundidad con que indagó en el del mono gramático y erudito, tal vez no existiría siquiera este libro, pues lo único que podría hablar de esa experiencia es el silencio. ~


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