Por la gloria de Victoria Ocampo

En un libro reciente, Ivonne Bordelois reivindica a esta dama de las letras y le da el lugar de privilegio que, por muchas razones, merece.
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Antes que fruto de una decisión consciente,
el poder que emanaba de Victoria (como lo señala Horacio Armani)
era una suerte de fatalidad incontrastable.
Ivonne Bordelois

Mucho se ha escrito en torno de la figura de Victoria Ocampo (1890-1979). Sin embargo, como si algo quedara aún por desentrañarse o, acaso, por dilucidarse, la voz de Ivonne Bordelois se alza hoy contundente para reivindicar a esta dama de las letras y darle el lugar de privilegio que, por muchas razones, merece. El resultado es Victoria. Paredón y después, un volumen publicado recientemente por las editoriales Edhasa y Libros del Zorzal.

El título de la obra –no está de más decirlo– es un acertado juego de palabras. Recuerda el tango de Homero Manzi, “Sur” (y, por sustitución, el nombre de la revista y editorial de la que Ocampo fue fundadora e incesante promotora), pero, sobre todo, remite al “paredón” en el que, al decir de Bordelois, se arrinconó a Victoria y en el que hubo (y sigue habiendo), quizá por prejuicios, por resentimientos, por falta de empatía o, tal vez, de comprensión, demasiados fusiladores. “Es hora de instalar ‘el después’ y de mostrar cuál era la talla de Victoria”, dice la autora de, entre otras obras, La palabra amenazada y de Del silencio como porvenir, en una entrevista reciente.

Para trazar, en su justa medida, la envergadura de Ocampo y componer una imagen de ella más honesta y generosa, Bordelois recurre al análisis de una cuantiosa bibliografía y se vale, además, de experiencias y recuerdos propios: sus colaboraciones en la revista Sur y su paso precoz pero afortunado por algunos de los eclécticos y fecundos encuentros sociales que tuvieron lugar en Villa Ocampo.

El volumen se divide en tres partes. En la primera, “Victoria, esa desconocida”, la autora moldea un fino retrato de Ocampo a partir cierto número de voces que, como en un diálogo exquisito, disienten, coinciden y se complementan. En la tercera parte, “Victoria y Virginia: lo que pueden decirse una mula y una cabra”, Bordelois ahonda con maestría en el vínculo de Ocampo con Woolf e ilumina aspectos de la relación que algunos detractores han pretendido abordar parcial o sesgadamente. Sin embargo, es “La gran galería”, la segunda de las tres partes, el capítulo más elocuente o, acaso, el que mejor sirve a los fines de confirmar el propósito de la autora (demostrar el genio crítico de Victoria) y de rubricar las intenciones del texto. Aparecen aquí, pintados por el ojo de Ocampo, algunos de sus célebres interlocutores –Mistral, Tagore, Valéry, Caillois, Ortega y Gasset–, personajes que admiró, que la respaldaron, con quienes comulgó y también discrepó.

Al referirse a Gabriela Mistral, dice Ocampo: “Habla sin levantar la voz, sin hacer gestos, sin que nada se mueva en su cara, fuera de su boca melancólica. Yo la escucho como si fuera una niña que todo lo tiene que aprender. Así me siento ante ella y ante los que contándome su propia vida me revelan los secretos del universo.”

De Anna de Noailles, desliza, entre otras cosas:

Esa noche me fui de la rue Scheffer totalmente desconcertada. Me había seducido el esprit, la locuacidad inagotable de Mme. de Noailles; pero no había encontrado a la autora de los Éblouissements y de Les vivants et les morts, por lo menos tal como yo los había leído, y me preguntaba en qué momento del día o de la noche pudo haberse hecho en torno de esta mujer vertiginosa –y toda fuegos artificiales– suficiente silencio, suficiente penumbra para que pudiera volver a la verdad de su corazón y sacar de él alguno de esos versos magníficos, cuya belleza no se puede, sin mala fe, poner en discusión.

Y, así, con el ardor del flechazo, Bordelois recupera el momento en que Victoria ve por primera vez a Julián Martínez, su amante durante trece años: “Miré esa mirada y esa mirada miraba mi boca, como si mi boca fuese mis ojos. Mi boca, presa en esa mirada, se puso a temblar.”

Gracias a Victoria Ocampo –a su intuición, osadía y ansias transformadoras–, Latinoamérica aprendió a conocer a autores como Camus, Sartre, Malraux y Woolf. “Victoria fue protagonista y pionera –dice Bordelois–. Apoyó a multitud de escritores extranjeros, pero también exportó talentos. Borges no sería conocido en el mundo si no fuera por Victoria y los amigos de Victoria, que llevaron su nombre a París.”

Waldo Frank dijo de Ocampo que había venido al mundo con tres maldiciones: la de la belleza, la de la inteligencia y la de la fortuna. Ezequiel Martínez Estrada señaló que Ocampo atraviesa con una rama dorada la selva donde habitan las panteras y los leopardos. Albert Camus le confesó por carta que había más vida en ella que en todo el océano y que el problema sería justamente hacerla entrar en las páginas en blanco y clásicas de un libro.

Ivonne Bordelois nos devuelve en Victoria. Paredón y después una mirada de la escritora, editora y mecenas argentina incontrastable y luminosa. Y nos ofrece, además, renovados motivos para la celebración por la excepcionalidad y gloria de esta “tromba desconcertante”. ~

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