Hay que consolarlos

¿Quién podría sospechar que un hombre tan banal podría resultar también venal?  ¿Y qué decir de los lectores que esperaban el libro de investigación periodística de Leire Díez?
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Lo más importante es tener empatía. Hay que consolarlos. Es un golpe muy duro y sobre todo es una sorpresa. ¿Cómo iban a sospechar que un líder sin tacha, un hombre ajeno a las vanidades y el dinero, no solo sería cómplice de los sátrapas sino que haría caja con ellos? ¿Acaso se habían publicado informaciones y se habían dado noticias que apuntaban en esa dirección, o alguien podía imaginar que las actuaciones en defensa de regímenes represores podían tener algo que ver con un interés económico? ¿Cómo iban a sospecharlo? Ni que hubiera venezolanos en España. ¿Quién podría sospechar que un hombre tan banal podría resultar también venal? 

¿Y qué decir de los bienintencionados lectores que esperaban el libro de investigación de Leire Díez, una persona que no hay más que oír un segundo para notar que está señalada por la pulsión inextinguible del periodista de raza? Ahora descubren que ese libro seguramente nunca llegará a existir. ¿No es triste que una persona de una vocación periodística tan grande deba emplearse (presuntamente) en las desagradables labores de desacreditar o chantajear a personas que realizaban investigaciones incómodas para el gobierno más progresista de la historia?

¿O que un estadista de los principios y capacidad dialéctica de Santos Cerdán deba dedicarse a torpedear (presuntamente) a los que ponen en peligro el proyecto de alguien que en el fondo no es otra cosa que un hombre enamorado? ¿O es plato de gusto para la gerente de un partido democrático hacer (presuntamente) facturas falsas para pagar las tareas de obstaculización de la justicia?

A veces no queda otra: un partido en el Gobierno tiene que hacer esas cosas para evitar el hostigamiento de los poderosos (todos sabemos quiénes son: los tecnoligarcas, los ricos y los ciclistas), las tediosas injerencias del Estado de Derecho, las pejigueras de policías, interventores o jueces, el monumental tostón de los obsesos de la transparencia o la insidiosa actividad de los pseudoperiodistas que no firmaron el “Manifiesto contra el golpismo judicial y mediático del fango”. 

Ante esta situación, es imprescindible entender que lo importante no es aprobar unos presupuestos o convocar elecciones, porque esos tecnicismos democráticos son palos en las ruedas de la verdadera democracia. ¿Unos presupuestos para qué? ¿Porque dice la Constitución que hay que presentarlos? ¿Con una guerra y este calor? Seguro que se quedan viejos, así que mejor seguimos con los de 2023: ya sabemos que no sirven y vamos sobre seguro. Que tampoco estamos para más disgustos.

¿Y unas elecciones? Solo faltaría: podemos perderlas. Y además, como dijo el presidente, luego es un engorro, hay que negociar, investir, pegar carteles y mandar un montón de wasaps. Como explica Víctor J. Vázquez, ya habrá oportunidad de votar a todo o nada, a mí o el desastre, cuando la ocasión de verdad lo merezca.

Publicado originalmente en El Periódico de Aragón. Imagen.


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