En sellos y billetes
están los mismos próceres.
Pero qué diferentes
vidas las de unos
y otros.
Los sellos de correo,
aves del paraíso.
Los billetes, impresos
en papel de envoltura
de un paquete olvidado
(se acogen, sin embargo,
al ardid de las rosas:
pétalo aprieta a pétalo
que aprieta a pétalo,
hasta formar un fajo).
Los sellos de correo
acaban desdentados.
Cubiertos por tatuajes,
sus próceres se vuelven
nativos maoríes
o ancianos marineros.
Solo filatelistas
sabrían reconocerlos.
Los billetes se apilan
en bóvedas oscuras
(y el guano de murciélago
en las islas sin hombres).
Delegan en tarjetas
por no salir al mundo.
En tarjetas,
en cheques,
en metáforas de
metáforas
de metáforas.
Los próceres padecen
de insomnio en el dinero,
viven en el terror
de las devaluaciones
y vigilan sus marcas.
De faltarles un pelo
de la barba, un párpado,
una arruga,
van a dar
a la incineradora. ~