Reescribir el mito

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Carmen Boullos

El libro de Eva

Ciudad de México, Alfaguara, 2020, 344 pp.

Cuando Dios creó al hombre lo hizo a su imagen y semejanza, tomó polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida. Pero cuando creó a la mujer, solo le bastó provocarle al hombre un sueño profundo y quitarle una de sus costillas para hacerla huesos de sus huesos, carne de su carne. La mujer fue la responsable del pecado, de la ruptura del orden dispuesto por Dios, de la caída y la expulsión del Edén. Este es el relato que la tradición judeocristiana ha aceptado, repetido y compartido durante milenios. Sin embargo, ¿qué pasaría si eso no hubiera sido así, si Eva no hubiera sido creada a partir de la costilla de Adán y los eventos que esto desencadenó se hubieran desarrollado de otra manera? Carmen Boullosa (Ciudad de México, 1954) busca responder esta pregunta desde su reinterpretación del mito bíblico en El libro de Eva.

“Me llamo Eva. No tengo pasado. No nací de nadie. No tuve infancia. Soy el ser que no muere. Soy la primera. La madre de todos ustedes.” A lo largo de diez libros y 91 pasajes, Eva cuenta en primera persona su versión de la tentación de la serpiente, la expulsión del Edén, la manera en que concibió a sus hijos, el diluvio y la construcción de la Torre de Babel. En algunos momentos su relato se ve interrumpido por las voces de Adán, Caín, Abel y Noé, que tratan de desmentirla con narraciones que coinciden con la versión judeocristiana. Adán va un paso más lejos, no solo comparte con su progenie un relato que le resulta favorable –él fue el primero en ser creado, el único que recibió el aliento divino, el elegido del Trueno, del Creador o de Dios–, sino que se encarga de borrar las huellas de Eva. “Adán intentó destruir la historia que yo había dejado grabada en la piedra. La golpeó con un mazo y con los puños.”

Adán y Eva no son los protagonistas de una historia de amor. La suya es una lucha de poder. Eva es la que amarra las hojas para crear sus primeras prendas, la que enciende el primer fuego, la que nombra a los animales y a ellos mismos, la que construye su refugio, la que caza, la que cocina, la que engendra. Adán siente envidia y malestar por eso y de ahí que se vuelva violento con ella y sus hijas. “Yo fui el primero, y de mí salió Eva. Es cosa menor. Me la sacaron de la costilla. Ella es cosa sin valor, salida de un pedazo de mi persona, una segundilla”, repite sin descanso a su familia, que cada vez es más vasta y diversa.

En la novela de Boullosa, los personajes no son quienes creemos conocer. Dios no es un ser que interviene en cada aspecto de la vida de sus primeros hijos y que los procura. Caín no es el labriego envidioso que asesina a su hermano sin motivos, ni Abel el inocente pastor consentido de Dios. No vemos a Noé como el gentil patriarca libre de pecado, sino como un borracho violento que abusa de sus hijas. Y, por supuesto, Adán no es el compañero responsable de cuidar y trabajar la tierra, como supuestamente Dios le ordenó. Los hombres en la versión de Eva son seres violentos, que desean imponer su voluntad y controlar las vidas de las mujeres en todos los aspectos. Las mujeres son relegadas a las labores domésticas y de cuidados. Eva cuenta cómo el dominio de los hombres llegó a niveles absurdos: “Controlaron el intercambio de comestibles, prohibiendo que pasaran de mano de mujer a mano de mujer, de modo que cada semillita tenía que pasar por mano de varón antes de caer en nuestras cazuelas.”

El relato de Eva desafía el orden patriarcal encabezado por una divinidad masculina y reafirmado por sus seguidores. Y, a la vez, plantea una narrativa subjetiva donde lo que importa es la sensibilidad y la intuición. Este ejercicio de reescritura desde una perspectiva feminista no es inusual dentro de la obra de Boullosa. En De un salto descabalga la reina, la también poeta y dramaturga reconstruye la vida de Cleopatra en tres partes. También acude a la biografía ficticia en La otra mano de Lepanto, donde el personaje principal es María, la gitanilla que abre la colección de Novelas ejemplares de Cervantes. Finalmente, en El libro de Ana, la heroína de Tolstói escribe en primera persona su historia. Las cuatro protagonistas de estas novelas cuestionan las normas de las sociedades a las que pertenecen, así como las versiones que los autores, en su mayoría varones, habían difundido. Cleopatra, María, Ana y Eva también comparten el despertar sexual y la búsqueda de aventuras, aspectos que habían sido eliminados casi por completo de sus relatos canónicos, o que si llegaban a contemplarlos dejaban fuera su placer.

Las reescrituras de mitos o de historias de ficción corren el riesgo de que al imponerles demasiado la mirada contemporánea se pueden convertir en interpretaciones anacrónicas y forzadas. Sin embargo, Boullosa logra escapar de esto porque hace una cuidadosa construcción de sus personajes, logrando que el malestar de Eva no parezca fortuito. Adán y Noé se apropian de la tierra, de los animales, y de las narraciones. “Adán lo hizo, hurtándonos la verdadera historia de nuestro origen. Noé lo volvió a hacer: ladrones del relato.” El reclamo de Eva es el mismo que el de miles de mujeres que han sido borradas de la historia.

El libro de Eva, aunque menos complejo y arriesgado narrativamente que las novelas de Boullosa mencionadas con anterioridad, nos invita a pensar el presente desde el pasado mítico. No pretende derribar el mito original, sino recordar que cada historia que se presenta como verdad irrefutable puede tener versiones ocultas y que nuestro trabajo como lectores es ir tras ellas. Al final un mito, parafraseando a Claude Lévi-Strauss, es la suma total de todas las versiones posibles. ~