Sobre los orígenes de la Revolución francesa

La Revolución francesa fue el resultado de un largo proceso político-cultural que se fue forjando con el tiempo sin una causalidad directa.
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Robert Darnton es uno de los grandes de la historia cultural y lo ha venido demostrando a lo largo del último medio siglo. El historiador, que fue profesor en Princeton y actualmente, ya retirado de la academia, dirige la Biblioteca de Harvard, cuenta en su bibliografía con clásicos de referencia insoslayable como La gran matanza de gatos y otros episodios de la historia de la cultura francesa o El negocio de la Ilustración. Historia editorial de la Encyclopédie, 1775-1800. Si algo ha caracterizado su trabajo a lo largo de los años ha sido su capacidad para dar forma a fenómenos culturales poco institucionalizados y cuya importancia se construye en el tiempo. Estudios que van desde la literatura clandestina en el Antiguo Régimen hasta la calumnia política, pasando por el estudio de las maneras de pensar y de comprender el mundo en el pasado o la relevancia de la transmisión oral o de la cultura popular escrita, sin dejar de lado, por supuesto, la reflexión historiográfica.

Su libro más reciente, El temperamento revolucionario. Cómo se forjó la Revolución francesa. París 1748-1789, conecta con una vieja preocupación –compartida con otros importantes autores como Roger Chartier o Dale K. Van Kley– acerca de los orígenes culturales de la Revolución francesa. La propuesta de Darnton se basa en apostar por la larga duración, algo que no es del todo nuevo, y por una renovada confianza en los acontecimientos como materia básica con la que construir las interpretaciones.

Para ello ha realizado seis catas a lo largo de cuatro décadas –1748-1754, 1762-1764, 1770-1775, 1781-1786, 1787 y 1788– que constituyen otras tantas partes del libro y desembocan en la séptima de las partes dedicada al estallido de la revolución en 1789. La estructura juega un papel central en el argumento, ya que, de ser cierta su hipótesis, la Revolución francesa fue el resultado de un largo proceso político-cultural que se fue forjando con el tiempo sin una causalidad directa, pero componiendo un suelo político y social sobre el que tendrá lugar el colapso de 1789. Como si se tratase de la propia vida, el libro va recorriendo multitud de escenarios, siempre apoyado en una prosa elegante, con vocación literaria y muchas ganas de contar, recreándose incluso en el relato de episodios concretos como el vuelo de los Montgolfier, el fenómeno del mesmerismo y el magnetismo animal o el caso del collar de diamantes de la reina María Antonieta.

Esta confianza en el acontecimiento forma parte de la propia estrategia de demostración. Paso a paso va construyendo un escenario cultural que tiene como telón de fondo la ciudad de París, y en ella se van sucediendo episodios que manifiestan la desintegración de las bases del Antiguo Régimen. Especial atención dedica a la pérdida del carácter sagrado de la monarquía y a la puesta en cuestión de la posición del rey respecto a la sociedad, lo que supuso un importante debilitamiento de la institución. También ocupan un lugar central los problemas económicos que atraviesa el país, tanto en la cumbre, con un déficit crónico de la hacienda real, como en la base, donde las familias más humildes no consiguen los ingresos indispensables para comprar diariamente un pan cuyo precio no deja de subir.

El libro alterna las aproximaciones a la alta política de la monarquía con el interés por el ambiente de la calle. Igual da voz a las intrigas de palacio, a los escarceos sexuales del rey o a las diversiones de la corte, que desciende a las plazas de París para recoger las canciones que entonan las clases populares, el eco de las representaciones teatrales, los rumores o las informaciones más o menos ciertas que circulan por todas partes. Le interesan tanto las disputas y los juegos de poder en la cúspide política, donde los hombres fuertes del ministerio –Maupeou, Turgot, Calonne o Necker– maniobraban para sacar a flote la monarquía, como el ambiente popular que se nutría de percepciones sobre el estado de las instituciones y la experiencia cotidiana de las míseras condiciones de vida. No descuida tampoco los fenómenos de opinión y la tendencia a la interpretación complotista, como sucede con el caso de la expulsión de los jesuitas o con el affaire Calas, del que se ocupó brillantemente Voltaire en su Tratado sobre la tolerancia.

El objetivo de Darnton es ir dando forma a lo que denomina la “conciencia colectiva”, un estado de ánimo social que podría explicar la dimensión del colapso revolucionario. Para ello se vale de fuentes canónicas, pero sobre todo de aquellas otras que le permiten entender no tanto lo que pasó como la interpretación que se hizo de los acontecimientos. Es el caso de los diarios manuscritos de Hardy o D’Argenson, de la correspondencia de Marville o Metra, o de publicaciones no sometidas a censura impresas en el extranjero que daban cuenta de la opinión circulante como la Gazette de Leyde.No olvidemos que en sus primeras obras había mostrado mucho interés por las “mentalidades” y una gran capacidad para el trabajo con los textos, que es, precisamente, lo que se propone en estas páginas.

La impresión general es que Darnton llevaba mucho tiempo preparando este libro, adelantando investigaciones sobre la cultura popular, la opinión pública y la circulación de lo impreso, con especial atención a todo lo que sucedía en los márgenes del espacio oficial, que están en la base de esta obra. La estructura opera como un engranaje perfecto para ir aproximándose hacia el final, un final sin sorpresa, pero repleto de misterios, porque la magnitud del fenómeno y la multitud de los procesos políticos y sociales que convergen en la Revolución francesa exigen conocimiento y sensibilidad en la selección. El temperamento revolucionario consigue su propósito, ofrece un apasionante viaje hacia el precipicio cuyo protagonista no es la Revolución, sino la monarquía, incapaz de gestionar de manera eficaz sus instituciones e intereses, y la sociedad que, al mismo tiempo, ganó tal primacía que pudo permitirse soñar con cambiar las reglas del juego y construir un mundo diferente al del Antiguo Régimen. ~


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