Triangle of sadness, el nuevo orden de Östlund

La más reciente película de Ruben Östlund ha despertado reacciones encontradas. Para muchos, permite al director sueco ejercer su mayor talento: exhibir a personas aparentando sofisticación (y fallando).
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La mayor destreza del director sueco Ruben Östlund es filmar la incomodidad: mostrar situaciones en las que alguien rompe los códigos tácitos de comportamiento o aquellas en las que un evento inesperado lleva a un personaje a descubrirse y revelarse muy por debajo de lo que pregona. Cuando este es el caso, dicho personaje cargará con el peso de saberse incongruente, pero hará todo lo posible por salvar su imagen –intentos que fallan una y otra vez y se vuelven en sí mismos penosos–. Su creciente torpeza contamina el ambiente porque hace difícil para los otros fingir imperturbabilidad. Como si se tratara de una enfermedad contagiosa, el comportamiento “inapropiado” de una sola persona basta para que los demás actúen de manera errática. Todos, en el fondo, temen que pronto se derrumbe su propia fachada de superioridad moral.

La película de Östlund que mejor ha expuesto la brecha entre discurso y acción es Force majeure (2014), ganadora del premio del jurado en la sección “Una cierta mirada” en el festival de Cannes. En ella, un empresario sueco que se ve a sí mismo como el líder fuerte y protector de su esposa e hijo pequeño es el primero en salir corriendo cuando una avalancha de nieve amenaza con sepultar el resort en el que se hospeda la familia. La siguiente cinta de Östlund, The square (2017), buscaba exponer los dobleces de algunos personajes del arte contemporáneo. Centraba la sátira en el curador de un museo, quien dedica más tiempo a perseguir al niño árabe de un barrio marginal (ya que podría ensuciar su reputación) que a cuidar los detalles de su próxima exposición, centrada en un cuadro trazado sobre el empedrado fuera del museo. Dentro de esa área, decía el statement del artista, “todos compartimos los mismos derechos y obligaciones”. La trama contenía varios comentarios sarcásticos. En la secuencia más memorable, un artista de performance irrumpe en una cena de gala y se comporta como un gorila agresivo, dominante y sin sentido del pudor. La reacción indignada de los patronos del museo, supuestos defensores de un arte trasgresor, deja ver que esto último aplica siempre y cuando el trasgredido sea otro. The square también fue premiada en Cannes, esta vez con la Palma de Oro. A diferencia de Force majeure, generó reacciones encontradas. Para algunos, The square perdía fuerza al desatender su historia central (el doble discurso del curador) y salpicar la trama con viñetas aisladas (como la del hombre gorila). Para otros, esas viñetas permitían a Östlund ejercer su mayor talento: exhibir a personas aparentando sofisticación (y fallando). Mucho de esto podría decirse de su película más reciente, Triangle of sadness (2022), con la cual volvió a ganar la Palma de Oro en Cannes (y con ello ingresó al club de los pocos directores que han obtenido dos veces el premio más alto de ese festival: Francis Ford Coppola, Michael Haneke, Ken Loach y los hermanos Dardenne, entre ellos).

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La historia de Triangle of sadness se divide en tres capítulos. El primero se titula “Carl y Yaya”, e introduce al espectador al mundo del modelaje masculino: la única profesión –acota la película– en la que las mujeres ganan significativamente más que los hombres. Este segmento tiene ecos con The square y su sátira de los portavoces de un discurso progresista. Un ejemplo de ello es la proyección de la frase “Todos somos iguales” en la pared de fondo de una pasarela (similar a la que en The square invitaba a la gente a entrar al cuadrado). En la secuencia de la pasarela, los asistentes al desfile de moda son acomodados en sillas según su jerarquía en la industria. Si esto implica desplazar a quienes ya estaban sentados, ni modo.

Actualmente, las agencias de publicidad y las casas de moda lanzan campañas incluyentes, orientadas a limpiar la imagen elitista de sus clientes. Östlund muestra la falsedad de este buenondismo (“las campañas en las que los modelos sonríen –dice un reportero– son para las marcas cutres”, dice un periodista de moda). La película también ilustra la legendaria crueldad de los agentes de casting, capaces de humillar a un modelo con el solo acto de hojear su portafolio y cruzar miraditas entre ellos.

Al margen de estos comentarios, Östlund busca desmontar la dinámica de la relación amorosa de los modelos Carl (Harris Dickinson) y Yaya (Charlbi Dean, quien falleció tres meses después del estreno en Cannes). Ella es una modelo e influencer exitosa que gana más que él, lo que no impide que se sienta cómoda en un rol de género tradicional. Cuando van a un restaurante costoso, Yaya espera que su novio pague. Él se lo reprocha ahí mismo, alegando no solo la asimetría en los ingresos de cada uno sino que antes habían acordado dividir ese tipo de gastos. Östlund expone el lado sensato de ambos argumentos, hasta el día en que Yaya acepta frente a Carl haber faltado al pacto (“soy muy buena manipulando”, le dice entre risitas). Agrega que lo que en verdad busca es un hombre que la proteja, porque lo efímero de su profesión la hace sentirse vulnerable. La confesión despierta en Carl instintos de macho alfa, semejantes a los que presumía el patriarca de Force majeure. Le promete a su novio que, en adelante, se sentirá segura a su lado. El capítulo cierra con esta promesa. Es importante no olvidarla, ya que la historia de la pareja se diluye en el siguiente capítulo, titulado “El yate”.

El siguiente episodio transcurre en un crucero de lujo al que Yaya es invitada solo por ser influencer, y se centra en exhibir las excentricidades de los multimillonarios a bordo; entre ellos, una pareja de ancianos que ha hecho su fortuna vendiendo armas, un viajero solitario que en un momento de euforia ofrece regalar relojes Rolex y, el más protagónico, un oligarca ruso llamado Dimitry (Zlatko Burić) que alardea de ser el “rey de la mierda” (vende fertilizante a Occidente). La tripulación no es precisamente un modelo de dignidad. El capitán Thomas (Woody Harrelson) pasa el día alcoholizado y encerrado en su camarote, mientras la jefa de personal Paula (Vicki Berlin) le ordena a su equipo humillarse o lo que sea necesario para satisfacer los deseos de los pasajeros. Remata su discurso recordándole al staff que sus esfuerzos serán recompensados. “¡Dinero! ¡Dinero!”, gritan todos al unísono, dando saltos que retumban sobre el techo de los cuartos de limpieza, donde pasan el día encerrados los empleados de rango más bajo. Ellos, plantea la película, son los oprimidos de verdad.

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¡Maldito capitalismo! –parecería decir Östlund, sin asomo de sarcasmo–. ¿Por qué habría de ser sarcástico –preguntarían muchos– si la riqueza mal distribuida está al fondo de la corrupción moral de estos personajes? El reparo a este episodio no es a su tesis socioeconómica sino a lo obvio de su representación. El borrachín Thomas –socialista de corazón pero al frente de un crucero de lujo– y el oligarca Dimitry –hijo del comunismo, y su más feroz detractor– intercambian citas de sus héroes políticos sin registrar que una tormenta zangolotea el barco: una metáfora muy transparente de un mundo en manos de líderes disociados e indiferentes. La secuencia previa es considerada por muchos la más trasgresora de la película: los pasajeros, más emperifollados que nunca, acuden a la tradicional cena del capitán. El movimiento del barco azotado por las olas provoca que –durante quince minutos en pantalla– los millonarios vomiten, vomiten y vomiten. El regodeo escatológico de Östlund cae en lo pueril. Mostrar a ricos vaciando las entrañas y perdiendo la compostura es una forma fácil, casi perezosa, de castigar a los malos del cuento.

Sin embargo, una secuencia del capítulo “El yate” compensa esta simplonería. En ella, la amante del oligarca conversa con una de las empleadas encargadas de atender a los huéspedes. Quiere compañía, e insiste en que se sumerja con ella en la alberca. Eso es imposible –responde la chica– no solo porque está vestida sino porque a los empleados no se les permite hacer uso de las instalaciones. La rusa se indigna: porque la medida le parece injusta pero, sobre todo, porque alguien que debería servirla se está negando a hacerlo. Esto último sería impensable. Paula ordena a toda la tripulación interrumpir sus actividades, ponerse un traje de baño y echarse un rato a nadar. Esta caracterización de Östlund del rico “empático” que impone su idea de bienestar, sin considerar las necesidades del otro y hasta empeorando sus circunstancias, es mucho más ácida que los simples retratos de viajeros enjoyados.

Es difícil comentar el tercer episodio de Triangle of sadness sin revelar el incidente que sirve a Östlund de transición. Su título –“La isla”– ya adelanta algo. En él, el director vuelve a contar una fábula con moraleja incluida y, de nuevo, incluye subtramas que la rescatan. Ahora la alegoría gira en torno a lo relativo de la riqueza económica y a la inutilidad de los rangos cuando se carece de habilidades mínimas. También, retoma la tesis ya planteada por El señor de las moscas, la novela de William Golding llevada al cine por Peter Brooks: en ciertas circunstancias, los humanos descienden a un estado de barbarie. En favor de Östlund hay que decir que este tercer acto evita la idealización del personaje otrora oprimido, planteando que, con tal de perpetuarse en el trono, nadie está a salvo de convertirse en tirano. Más importante, “La isla” recupera la historia de los modelos Carl y Yaya, dando sentido a aquel primer capítulo que prometía reflexionar sobre la belleza física como moneda de cambio, la desventaja masculina en ese mercado y cómo esto repercutía en los roles de género. El nuevo orden de la isla revela a Carl como el poseedor de más activos y, por primera vez, más cotizado que su pareja. ¿Recuerda el lector el desplante de dignidad del modelo al saberse manipulado por Yaya? Pronto se verá que había sido solo eso: un desplante. Como el paterfamilias que huía de la nieve en Force majeure y el curador de arte bravucón de The square, Carl se suma a la lista de personajes de Östlund que nunca podrán alardear de su propia virtud. ~


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