Una política exterior para América Latina

En la práctica, muchos de los nuevos presidentes latinoamericanos de derechas han delegado la política exterior de sus países a la Casa Blanca. Es un error que van a pagar en el futuro.
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“La mejor política exterior es la política interior,” declaró Andrés Manuel López Obrador en una reunión de diplomáticos mexicanos al comienzo de 2024. Parece que muchos de los nuevos presidentes latinoamericanos de derechas están de acuerdo con él. En la práctica han tercerizado la política exterior de sus países a la Casa Blanca. Es un error que van a pagar en el futuro. En América Latina es habitual olvidarse del mundo y sus conflictos, que parecen lejanos. Hábito correspondido: muchas veces el resto del mundo parece olvidarse de la región. Pero hoy no es el caso.

Donald Trump ha puesto a América Latina a la cabeza de las prioridades de política exterior de su administración, en su documento de estrategia nacional de seguridad publicado hace un año. A la vez anunció un “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe: “Que el pueblo americano –y no naciones extranjeras ni instituciones globalistas– siempre controlará su propio destino en nuestro hemisferio.” Un año después sabemos mucho más de lo que esto quiere decir en la práctica: una combinación de acciones militarizadas contra el narcotráfico, la represión de migrantes, un imperialismo descarado ejemplificado por el intento de apropiarse del petróleo venezolano, e intervenciones seleccionadas contra los intereses de China (cuando pueda) y en favor de fuerzas políticas latinoamericanas de derechas (cuando quiera).

En total, dieciocho países de la región se han incorporado como miembros del Escudo de las Américas, el ente que la administración ha formado para ejecutar el Corolario Trump. Este ofrece algunas cosas útiles, como la promesa de compartir inteligencia contra el crimen organizado. Pero aspira a tutelar a los países latinoamericanos en sus relaciones con China, con el escrutinio de inversiones, atención a minerales críticos e infraestructura digital. Desde luego que estos temas deben ser decididos por cada país según su propia evaluación de sus intereses soberanos. Solo el Brasil de Lula, México con Claudia Sheinbaum y Uruguay con Yamandú Orsi del Frente Amplio se han mantenido fuera del Escudo de las Américas. Puesto que la Venezuela de Delcy Rodríguez se ha convertido en una neocolonia de Estados Unidos, se supone que no hay necesidad de que entre al Escudo.

No es nada fácil manejar la relación con los Estados Unidos de Trump. La presidenta Sheinbaum la tiene más difícil que nadie dada la integración profunda, o dependencia si se quiere, de México y su vecino del norte. Ella ha mantenido unos estrictos límites de soberanía en la retórica, pero ha cedido bastante en la práctica, sobre todo en seguridad. Tomemos los casos de Brasil y Argentina: Lula ha resistido los aranceles punitivos de Trump y no acepta intromisiones en la política interna de Brasil. Por otro lado, Milei ha sido el más beneficiado por la administración norteamericana con la garantía de ayuda financiera que le permitió sortear las elecciones de medio periodo del año pasado y con la declaración de Trump respecto de que revisaría la tradicional postura de Estados Unidos de apoyo a la soberanía británica sobre las Malvinas.

Con la excepción parcial de la colaboración en la lucha contra el crimen organizado, poco en la agenda del Escudo de las Américas apela al interés de América Latina. La derecha latinoamericana se engaña si piensa que lo es. Si se ha quedado sumisa es en parte por miedo a las posibles represalias de Trump, que pueden ir desde la imposición de aranceles al retiro de visas usado como arma política. Tal y como pasó en septiembre con un juez peruano que había dado un dictamen favorable a una empresa china o con el fiscal general de Bolivia que estaba procesando a Fernando Cerimedo, un ideólogo de la extrema derecha latinoamericana, por violencia contra su pareja (el fiscal fue detenido poco después).

El Corolario Trump llega en un momento en que América Latina tiene, en lo general, gobiernos débiles, la política está polarizada, hay problemas estructurales sin resolver y hay una desunión diplomática. Esto ha disminuido su margen de autonomía y ha dado a la administración de Trump, que desdeña todas las reglas y límites internacionales, mucha ventaja en sus relaciones con la región. Esto se aplica aun a Brasil, como ha escrito Matias Spektor en Foreign Affairs. La incapacidad del Estado de controlar el crimen organizado en un territorio vasto ha hecho que “Brasil se esté convirtiendo en el objeto de las políticas de seguridad de otros países en vez de ser el autor de sus propias políticas”, según Spektor. Y el debilitamiento de sus instituciones (como el Supremo Tribunal) ha reducido su credibilidad para las inversiones de otros potenciales socios.

Esta pérdida de autonomía, o la renuncia a tenerla, es aún más nítida en países de menos peso que Brasil. Se encuentra presente en algunas decisiones de los nuevos gobiernos de Colombia y Perú. Abelardo de la Espriella, nada más llegado a la presidencia, anunció el cierre de catorce embajadas colombianas, entre las que se incluyen países de cierta importancia como Barbados, Sudáfrica, Malasia y Senegal. Perú tiene un servicio diplomático profesional respetado; sin embargo, el canciller nombrado por Keiko Fujimori, Carlos Espá, nunca ha sido un diplomático peruano sino director de comunicaciones de la embajada norteamericana en Lima por quince años. Aun así, es de notar que hasta ahora ningún país sudamericano ha reducido sus relaciones con China.

¿Qué hacer entonces? El problema para los que han renunciado a una política exterior propia es que en poco más de dos años Trump se va y es muy posible que los demócratas vuelvan a la Casa Blanca, si bien nada va a ser como antes. Conviene a América Latina definir una agenda internacional mínima. Esta debe centrarse en la defensa del multilateralismo, de la democracia, del comercio libre y de la solución de controversias por la diplomacia y no la fuerza, así como también en la responsabilidad compartida y la cooperación frente al narcotráfico y el crimen organizado. Esta agenda mínima, planteada en forma inteligente, debe ser capaz de atraer apoyos transversales. Para reducir el riesgo de dependencia, debe ser acompañada por el fortalecimiento de los vínculos de la región con otros socios como Europa, Canadá, Japón y Corea, por nombrar solamente algunos. Tanto la tercerización de la política exterior como la división dentro de la región son fórmulas para que América Latina retroceda. ~


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