Koenraad Tinel: crear desde la contradicción

Durante los años treinta y cuarenta, la familia del escultor belga Koenraad Tinel fue una de tantas que apoyaron al nazismo. Su arte, el encuentro con las víctimas y la escritura lo ayudaron a hacer las paces con esa parte de su vida.
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No usa guantes. El frío lastima la piel, pero él avanza con calma bajo un cielo cerrado. Sus manos son de un rojo intenso. Dos perros ladran, corren de un lado al otro detrás del cerco. Koenraad Tinel se detiene, les habla. Uno de ellos se yergue y recarga las patas contra la cerca alambrada. Su cola cepilla la tierra, hace una nube de polvo. Tinel dice algo en neerlandés, lo palmea en la cabeza.

A la distancia se abre el Pajottenland, la planicie al suroeste de Bruselas, donde caballos pastan sin prisa y ahuyentan moscas con la cola. Aquí crecen repollos y coliflores, hay huertos de peras y manzanas. En los establos se amamantan los terneros. Esta es tierra de granjas y pastores.

Tinel abre la puerta de lo que algún día fue un granero y entra. No se detiene a exhalar aire tibio entre sus manos.

“Con estas manos trabajé de ayudante de carnicero en Alemania”, cuenta en Enfin libérés [Al fin liberados], el libro que coescribió con Simon Gronowski en 2013. “En el fondo las vacas bramaban. Era 1944 y huíamos de la ofensiva. Huíamos de los aliados.”

Se sienta al piano. Empieza a tocar despacio un minueto de Bach. Es un minueto que aprendió a los cinco años con su maestra Berthe Galinsky, una emigrante ucraniana que llegó a Bélgica a los dieciocho años; se inscribió en el conservatorio de Gante y se hizo de amigas, entre ellas la madre de Koenraad, quien le pidió ser la maestra particular de la familia. Los Tinel le apodaban Betty.

–De un día a otro dejó de venir a casa. A esa edad yo no sabía que era judía. Yo no sabía nada.

Sigue tocando. Su cabeza es lisa, bien afeitada. La luz de la mañana dibuja un círculo blanco en la nuca. Los dedos presionan las teclas sin error. Antes de la invasión alemana, Galinsky colocaba monedas sobre las muñecas de Tinel. Monedas que no debían caer al suelo.

–Hay cosas que no olvidas. Ochenta y dos años después y no olvido este minueto.

El escultor y artista plástico Koenraad Tinel nació en Gante, Bélgica, en 1934, hijo de Pieter-Frans Tinel, soldado en las trincheras de Flandes en la Primera Guerra Mundial. En octubre de 1914, su padre soportó la invasión alemana en Dixmuda y se hundió hasta el cuello en las heladas aguas del río Yser. Vio morir a amigos y enemigos; recibió medallas por su servicio a la patria.

–De la guerra mi padre volvió con un amargor en el alma.

–¿Alguna vez le preguntó por qué la guerra lo cambió? –le pregunto.

–Nunca lo entendí. Los alemanes habían sido sus enemigos en las trincheras. Dónde quedó eso, no sé. En la década de los treinta los alemanes se volvieron el modelo a seguir. Él quería una patria flamenca unida y en el nacionalismo alemán se veía un futuro. Pero no fue solo él, no, también tíos, primos, vecinos, todos. Todos hablaban de un Flandes unido.

Bélgica obtuvo su independencia de los Países Bajos el 21 de julio de 1831. Territorio trazado y re-trazado después de las guerras, fue un país dominado por España, Austria y la Francia napoleónica. Durante décadas, el neerlandés fue relegado como un idioma de poca importancia, apenas para el pueblo y sus quehaceres cotidianos. En la política, en la literatura, en las universidades el idioma siempre fue el francés. Maurice Maeterlinck, el único premio Nobel de literatura belga, escribía en francés a pesar de haber nacido en Flandes. Los años treinta fueron un periodo de fervor nacional, de un regreso a la lengua y cultura flamencas, a veces con tonos de xenofobia.

En 1931, Joris Van Severen –otro sobreviviente de la Gran Guerra– creó Verdinaso, un grupo católico de extrema derecha cuya retórica incluía el ataque a los judíos como enemigos eternos. Pieter-Frans trabó amistad con Van Severen y encontraron puntos en común en su visión nacionalista. Pieter-Frans leía y releía Mi lucha, comparaba a Hitler con el mesías y pidió a uno de sus hijos mayores que en una ventana colgara el anuncio: “Fuera los judíos.”

En Enfin libérés, Van Severen es descrito como un mujeriego que llegó a coquetearle incluso a Margareta Ebo, la madre de Tinel. “Eres la mujer de mi vida”, le susurró una noche entre broma y broma.

Margareta era una mujer de una belleza fascinante que atrajo la atención de varios hombres.

–Todavía tengo la foto que el hermano de Betty le dedicó amorosamente a mi madre –dice Tinel–. Ese es uno de los pocos recuerdos que guardo de él.

En esos años de radicalización de la familia previos a la guerra, Koenraad era muy pequeño y las memorias que tiene de su madre a veces no son tan precisas. En Enfin libérés,Tinel escribió que ella no compartía los ideales nacionalistas de su padre, pero que aun así lo obedecía. En enero de 2021, sin embargo, una noticia cambió eso. Tinel recibió un correo de un historiador que investigaba la vida de Van Severen. En el correo incluía la copia de una carta de Margareta Ebo a él, fechada en 1937, en la cual ella le expresa su admiración por Verdinaso y los ideales de extrema derecha del partido. Le asegura que toda la familia está dispuesta a pelear por la causa. “Ahora tengo prueba de que no era solo una esposa obediente”, me escribió Tinel. “Ahora sé que lo apoyaba y que fue cómplice de sus acciones”.

Berthe Galinsky nació en Kiev el 30 de mayo de 1904. En 1922, al final de la Revolución rusa, emigró a Bélgica y se alojó con su hermano Leonid en Gante. Ahí llevaba una vida apacible, lejos de los pogromos que vio en su niñez, y a los que estaba acostumbrada en Ucrania. En Bélgica pudo dedicarse a su pasión: la música. Por las tardes frecuentaba a su amiga Margareta, quien de inmediato percibió su talento y le pidió que aceptara ser la maestra de sus hijos.

–Las lecciones de Betty empezaron con mi hermano mayor, antes de que yo naciera –recuerda Tinel–. Por ahí de 1930. Sí, mi madre y ella se conocían de años.

En el 39 estalló la guerra, el país fue invadido y las cosas cambiaron para los judíos. Un día de junio de 1942, Betty tocó a la puerta de la Caserna Dossin, el campo de detención y expulsión creado por los alemanes en la ciudad de Malinas. Por voluntad propia se entregó a la Sipo-SD, policía y servicio de seguridad alemana. Betty creía que los alemanes la enviarían a trabajar a una fábrica.

Durante años, en el hogar de los Tinel se dijo que la maestra de piano había muerto en las minas de sal de Polonia, exhausta. Las minas de sal. Así se explicaban las desapariciones en casa.

El 15 de agosto de 1942, Betty abordó el tren 598 en Malinas con dirección a Auschwitz. Al llegar al campo de exterminio, fue ingresada a las cámaras de gas. Tenía 38 años.

“Cuando mi padre se enteró, se jaló los cabellos”, escribió Tinel en Enfin libérés. “‘De haber sabido los habría detenido’, gritó. Eso fue lo que dijo, él que siempre odió a los judíos.”

Elisabeth Vandendaele conduce la vagoneta de carga por un camino sinuoso de Brabante. La bruma desciende sobre los techos y los campos, apenas hay autos en este día de noviembre. Koen, como lo llama de cariño, se mudó a esta parte del país hace más de cuarenta años, luego de haber vivido y trabajado en Bruselas; después del divorcio de su primera esposa. En Repingestraat –la calle donde viven–, ella señala a la derecha.

–La finca Haras de Vollezeele –me dice–. Uno de los criaderos más antiguos de caballo belga de tiro. A finales del siglo XIX y principios del XX, esta zona de Flandes recibió compradores de caballos de todo el mundo. De acuerdo con el registro del patrimonio histórico flamenco, en 1910 se exportaron 34,599 belgas de tiro a Rusia, Francia, Alemania, Holanda, Italia, Suecia, Canadá y Estados Unidos.

La vagoneta vira a la izquierda y Elisabeth señala una figura de hierro con forma de oruga que se eleva hacia el cielo.

–Esa escultura la hizo él.

Elisabeth es una mujer delgada y de rasgos finos, sus ojos son de un verde oliva claro. Su voz es pausada y amable, parece ponderar cada palabra. Habla de sus años estudiando viola da gamba y música antigua, las horas y horas de práctica.

–Cuando mis hijos nacieron lo tuve que dejar. A veces una no elige, así son las cosas.

El auto se estaciona y dos perros salen a dar la bienvenida, olisquean las llantas y las puertas. A un lado de la casa se alza otra escultura en hierro, un grillo gigante; del otro, una reja guarda unas gallinas que picotean entre los musgos.

La entrada de la casa es elevada. Siete escalones conducen a la puerta donde vestido apenas con un chaleco aguarda un hombre sin cabello, fortachón y con ojos grandes de un verde menta profundo. Tiene las mejillas encendidas y sonríe, parece recién remojado en aguas termales. Es mi primer encuentro con Tinel. Desciende los escalones, camina sobre la grava.

–Venga conmigo –dice mientras se dirige hacia el granero–. Quiero que oiga algo.

Camina por el jardín sin prisa. El frío arrecia, corta la piel, pero él no lleva guantes. Después de la visita al granero y la interpretación al piano, avanza pensativo. Le pregunto por las esculturas de insectos.

–De joven me senté detrás del microscopio y dibujé las patas, los ojos, las antenas, ese era mi trabajo. Me marcó.

De pronto se detiene delante de una escultura en hierro oxidado.

–Así lo prefiero –confiesa–. Me gusta el color, la textura.

La escultura es de una mujer con cuello largo y una mano sobre un cubo. Se detiene delante de ella y levanta la vista. El único sonido es su respiración; de su boca salen rizos largos de vapor.

–Es un homenaje a Betty Galinsky. Es algo que estaba guardado aquí, muy adentro. Atrapado por muchos años.

El 11 de febrero de 2012, Tinel conoció a Simon Gronowski, cuya historia había leído en el libro L’enfant du XXe convoi [El niño del vigésimo convoy]. El 19 de abril de 1943, Gronowski y su madre fueron deportados de Malinas a Auschwitz en el tren número veinte. Con doce años, Gronowski fue uno de los pocos judíos que pudo escapar de las decenas de trenes que salieron de la Caserna Dossin con destino a Auschwitz. Su madre y hermana murieron en los campos de concentración. De ese encuentro del 11 de febrero surgió una amistad única, liberadora para ambos. Una amistad basada, y no, en el dolor del pasado.

Los dos hermanos mayores de Tinel, para regocijo de su padre, se alistaron en la SS durante la guerra. El mayor se unió a la Waffen-SS y partió a luchar al frente del Este, donde años más tarde perdería una pierna. El segundo formó parte de la Sipo-SDy trabajó en la prisión de guerra en Breendonk, así como en la Caserna Dossin. Este último se encontró con Gronowski el 14 de enero de 2013 en Gante. Walter Tinel estaba enfermo, era difícil saber cuánto tiempo más viviría. En Enfin libérés, Gronowski especula: “¿Me crucé con él en la Caserna Dossin? ¿Era él uno de los soldados que me empujó a mí y a mi madre con el rifle en la espalda para subir al tren en Malinas el 19 de abril de 1943?”

El 14 de enero de 2013 fue un día frío, con nubes bajas y grises. El aire del invierno lo cubría todo. Esa tarde se marcó en la memoria de Gronowski y los hermanos Tinel.

–Lo vi ahí, postrado en la cama, y lo tomé entre mis brazos –me dijo Gronowski en su despacho de Ixelles en marzo de 2019–. No sabía cuánto tiempo más iba a vivir así que le otorgué el perdón. Fue un perdón por mí, no por mis padres ni por aquellos que murieron en los campos. El perdón fue un regalo tanto para él como para mí.

Koenraad vio a los dos hombres fundirse en un abrazo y se unió a ellos. Los tres lloraron.

Tinel está de pie junto a una escultura monumental de seis metros. Explica el proceso creativo para su exhibición Parade, en el otoño de 2020 en Bruselas. Su taller de escultura –tiene otro de pintura– es una nave de unos sesenta metros por treinta. Del techo cuelga una polea a control remoto cuyo funcionamiento me muestra. Se le ve divertido. Hay una mesa larga con pinturas, herramientas, martillos, serruchos, sacos de yeso.

–Aquí paso horas y horas. Me pierdo.

La obra de Tinel es muy apreciada en Bélgica, sobre todo en Flandes, y empieza a ser descubierta en otras partes de Europa.

Camina hacia una antigua máquina cortadora de metal, la primera que compró con mucho esfuerzo. La enciende y demuestra con orgullo que aún funciona. Parece un niño que recobra un juguete perdido.

Sale del taller y avanza en dirección a la casa. De pronto señala a la izquierda, hacia el fondo de un camino resguardado por arbustos bien podados.

–Esa escultura es Elisabeth. La hice cuando ella se casó, en 1987.

Continúa avanzando. Entra a la casa y se dirige a la sala. En la mesa de centro yace un libro con los cuentos de Máximo Gorki. Tinel es un amante de la literatura rusa. En el verano de 2019 realizó un performance inspirado en Caballería roja, de Isaak Bábel. Con música de acordeón en el trasfondo, Tinel realizaba bosquejos impromptu sobre el escenario mientras un actor leía el texto.

–¿Por qué le gusta tanto esa obra de Bábel? –le pregunto.

Traga saliva, se anuda las manos. Explica que hacia el final de la guerra él y su familia vivían en un pueblo de Alemania del Este, en Turingia. Recuerda con claridad cómo llegaron los primeros soldados soviéticos, varios montando a caballo.

–Eran de Uzbekistán, Kazajistán, los Urales, tenían los ojos rasgados. Llegaron cantando. Eran unos jinetes magníficos.

Se suelta a tararear una canción por más de un minuto.

–No sé bien qué decían, nos entendíamos a señas. Eran muy amables, jugaban con nosotros los niños.

La canción parece haber desenterrado algo en él, algo en lo profundo de su memoria. Se suelta a hablar del periodo después de la derrota, los miles y miles de refugiados. Los soldados que volvían tullidos y a medio morir del frente.

–Había un joven soldado alemán de unos dieciséis, diecisiete años, no más. Jugaba conmigo –la voz se le entrecorta, la mirada se le empaña–. Yo hacía reír a ese joven soldado alemán. Estaba ciego.

A finales de 1945, Pieter-Frans tuvo miedo. Los agentes especiales soviéticos enviaron al enemigo de guerra a campos de concentración en Siberia. Una noche, la familia dejó el sector soviético y escapó hacia Heldburg, cerca de la zona estadounidense. Se escondieron en un camión cargado de vacas y cruzaron un bosque con la esperanza de no ser detenidos. En Bamberg, Baviera, la familia tuvo que mendigar para subsistir. Se resguardaron en galpones sucios por una o dos noches, pero pronto fueron echados a la calle. Los días sin comer se alargaron. Finalmente, el ejército estadounidense los colocó en un tren con destino a Bélgica. Era inicios de marzo, de 1946. En la ciudad de Arlon, su padre y sus hermanos fueron detenidos.

–Mis hermanos escaparon a la pena de muerte. Tuvieron suerte porque ya era 1946. Si los hubieran capturado antes su destino habría sido muy distinto.

Pieter-Frans y sus dos hijos mayores fueron enjuiciados y pasaron varios años en prisión.

“Por esos años las cosas iban mal”, escribió Tinel en Enfin libérés. “La mitad de mi familia estaba en la cárcel, yo iba muy atrasado en el colegio, hacía años que no tocaba el piano. Sentía nostalgia por los bosques de Turingia.”

El 5 de marzo de 1964, frustrado y con un amargo rencor hacia la vida, Pieter-Frans murió de un ataque cardiaco.

En 2009, Tinel publicó Scheisseimer [Cubeta de mierda], un libro en el que cuenta sin reserva el pasado de su familia.

–¿Sabe por qué escogí ese nombre? Cuando nos refugiamos en Alemania huyendo del avance de los aliados encontré una cubeta de latón en la calle. Mi padre la vio y se emocionó. “Es un gran hallazgo”, dijo y me abrazó. “En esta época de escasez nos será muy útil.”

Suelta una risita.

–Me imagino que ya adivinó para qué usábamos esa cubeta.

Tinel llevó Scheisseimer al escenario y lo convirtióen un performance. Delante del público se soltó a cantar canciones alemanas que había aprendido en la infancia. Canciones que ahora son prohibidas en Alemania por su carácter nacionalsocialista.

“Dejo que el público las oiga porque esas canciones son parte de mí. Son canciones que, para bien o para mal, han definido la persona que soy”, dijo en entrevista a la revista Zuiderlucht.

A los 87 años, Tinel posee una agilidad vigorosa, casi juguetona, se mueve por la sala como un cachorro inquieto. Lleva audífonos para amplificar el sonido, lo único que revela su edad. Por las mañanas come un pan tostado, se lleva un café al taller y trabaja hasta la noche.

–Es que la escultura me absorbe, me consume. A veces se me olvida comer.

El pasado familiar ha marcado su obra y su universo artístico, lo ha llenado de complejidades y contradicciones.

–¿Su madre alguna vez mostró remordimiento?

–Nada. Incluso después de la guerra todo giraba en torno a ella, lo que le habían hecho, lo que había sufrido. Nunca vi que se lamentara por lo que mi padre hizo en esos años.

–Y su hermano mayor, el que perdió la pierna, ¿alguna vez reconoció lo que había hecho?

Niega con la cabeza.

–En el libro escribió que su padre se jaló los pelos cuando se enteró de la muerte de Betty, que de haberlo sabido los habría detenido. ¿Podría hablar más sobre ello?

Hay un largo silencio. Su mirada se pierde en algún lugar impreciso del suelo.

Tinel ha expresado su rechazo total hacia la conducta de su padre. Aun así, no siempre es fácil. “Un hijo puede reprocharle muchas cosas a un padre, pero, al fin y al cabo, siempre será su padre”, escribió Gronowski en Enfin libérés.

Los segundos pasan, el silencio cae entre nosotros como finos copos de nieve.

–Los hijos de mis hermanos me vigilan por encima del hombro –señala después de un momento–. Digo algo a los medios y mis sobrinos están tocando a la puerta. Se enfadan por todo lo que digo sobre mis padres, mis hermanos.

–¿Su padre se arrepintió? ¿Es eso lo que quiso describir en ese pasaje sobre su padre y Betty Galinsky?

No hay respuesta. El tiempo discurre como una gota en la ventana. Un momento antes de cambiar de tema una grieta efímera se abre.

–No lo quería mostrar como un monstruo –reconoce, y se moja los labios–. Era mi padre.

Se llena los pulmones y exhala.

–Creo que tendré que revisar lo que escribí sobre él en el libro. No sé cuándo pero algún día lo tendré que hacer. ~